Trampantojo

¡Pobrecito del patrón!

Los demonios andan sueltos. En fechas recientes hemos atestiguado una trepidante y divertida sucesión de acontecimientos y episodios jaliscienses en salsa roja que evidencian la puesta en escena de las más reveladora de las formas de expresión de los habitantes de este reino de Magusín y en donde, literal y explícitamente –como lo podemos verificar con esta entrega– tienen el mundo de cabeza, gracias a la lengua montaraz y refinada de personajes distinguidos de la política local. Han reaparecido en escena fantasmas, mitos y leyendas que pululaban, de modo latente y sin recelos, entre la clase gobernante y de la mano del patrón que todo lo ve, que es omnipresente, omnisciente y omnipotente... Si, así como el pantocrátor, pero en versión colorada: relumbrante y apasionada, como ese fuego que carcome y consume nuestras inocentes aspiraciones y ardientes deseos por descubrirnos a nosotros mismos y revelarnos tal como somos.

Se han desvirtuado los significados y ya no se entiende los que nos quiere decir el mensaje de los tiempos. Vivimos y asistimos en una dimensión de la realidad que ha trastocado los valores y ya nada nos amedrenta ni sorprende: Inseguridad y sinrazones por aquí, abusos y absurdos por allá, robos y asaltos por acullá... mientras, damos y damos vueltas, embriagados de felicidad, para olvidar y luego llegar a la curva de la alegría que nos redime, reconforta y nos salva del maligno que acecha y nos asecha con sus artes de prestidigitación y encubrimiento de la verdad que todo le describe al revés volteado.

Estamos patas pa'rriba. En todos los ámbitos gubernativos –y más en los municipales, sobre todo en Guadalajara y Zapopan– las cosas no tienen ni pies ni cabeza, caminamos sin rumbo ni destino. Andamos al garete y con la brújula perdida, como veletas al arbitrio, veleidades y ansias de poder de quien todo lo domina al ejercer un control absoluto sobre las conciencias y voluntades. Cabezas y lenguas le rinden pleitesía y tributo para acrecentar las reservas del patrón, ese que jamás verá por el bien común y a quien no le interesa lo que ocurra con todo aquello que no le genere beneficios. Hay que reconocerlo: El patrón dominante de la comarca es la esplendorosa y fabulosa corrupción, que todo mundo celebra. Es la deidad perfecta e invisible a la que todos le tienen fe y por la que son capaces de entregar el alma a cambio de privilegios obscenos y dignidades maltrechas, sin remilgos ni arrepentimientos. La corrupción es numen divino –sólo parangonables con los tesoros en la cueva de Alí Babá– de los menesterosos y ladrones... Pásenle, pásenle... cojan lo que tengan que coger, pero repartan... no sean culebras... ¡Pobrecito del patrón! ¡Dios salve a la reina!

gemmazul@hotmail.com