Trampantojo

¡Eeeh... Puuutooos!

La memoria es difusa y el relato raya en el anecdotario de las leyendas urbanas, ese universo  platónico y perfecto del imaginario colectivo. Fue hace muchos ayeres y anteayeres, en los albores del siglo XXI. Ocurrió, además, en el lugar predilecto de la mexicanidad para generar lo más granado y representativo del folclor nacional: nuestra queridísima tierra olorosa a tierra mojada y sitio dilecto de la cultura, la sazón, los sabores y los saberes del México de nuestros recuerdos en el lugar de los que nunca perdemos ni nos rajamos y que, cuando perdemos, arrebatamos.

La mexicanísima expresión de moda tuvo su origen en el estadio Jalisco, en un tiempo impreciso y pluscuamperfecto… Cuentan los cronistas que fue quizá durante un encuentro entre las selecciones de Estadios Unidos y la mexicana, hace 10 años… otras voces sugieren que fue motivado por la desazón causada cuando un arquero de santa memoria saltó al equipo archirrival… y el grito fue una epifanía en tres tiempos: por capricho, por orgullo y por placer. No, no es un grito homofóbico -ni de odio humano-. Lo es de llanto, dolor y desventura por el bien perdido, y de reclamo por la afrenta. Es la traducción de un natural odio deportivo existente entre bandos contrarios en la cancha y en las tribunas. Tiene la agresividad inmaculada propia de las enardecidas aficiones que, sin embargo, al final del partido, salen a tomarse y ponerse las coronas para celebrar, a veces juntos, el triunfo o la derrota.

Nadie en el mundillo del fútbol queda ajeno a su influjo, es un asunto de costumbres arraigadas para celebrar la fiesta del balón, como la ola y la chiquitibum. Para un portero es casi un honor escuchar el susurro de los ángeles que le reconocen así su valor y valentía por atajar los embates del equipo de los amores. Es una recriminación a él por su calidad futbolística, como cancerbero del infierno, que no permite el acceso a la gloria del gol y de ese modo juega con los sentimientos y las emociones de la raza.

Es un acto de liberación de la energía contenida en el alma, producto del entusiasmo y la euforia que conducen al gozo de la prole y de la fiel, del rico y del pobre, sin distingos ni poses. La sonora y sagrada manifestación no alude ni tiene connotaciones sexuales ni de desprecio, es, más bien, señal inequívoca para indiciar a los que se pasan de lanzas, que son ojetes y gachos por no estar con nosotros. Se le aplica a todo aquel que osa sobrepasar los límites contra nuestras aspiraciones, deseos y aficiones. Se grita por el gusto de divertirse y se nutre con la alegría que levanta pasiones. Vaya, es como el “Cielito lindo”: Se canta desde el corazón. Así pues, mis estimados FIFIS: No sean p...asados de lanza.

 

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