Trampantojo

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Al finalizar el Día del Padre, hace quince días, recibí un regalo muy especial: Regresó mi hija Dania Paulina de una competencia en la que como equipo ganaron el segundo sitio a nivel nacional. Fue una noticia feliz. Era de noche, ya tarde, y me pidió que llevásemos a su amiga Athziri a su casa allá para Valdepeñas. La llevamos. Cuando regresábamos, Dania conducía e hicimos alto en el semáforo de Tabachines, sobre el Periférico. Todo estaba tranquilo y sereno… Cuando se puso la luz verde, avanzamos con calma y de pronto, detrás de nosotros, se escuchó el rechinido de un auto que desesperadamente buscaba frenar… hubo un segundo de incertidumbre que fue interrumpida con el golpe a nuestro auto… nos alcanzó y lanzó hacia adelante abruptamente y nos detuvimos súbitamente. En la sorpresa y perplejidad del momento bajé rápido e intenté acercarme al auto que nos chocó, el cual quedó muy averiado y maltrecho… Nada más verme, el chofer hizo maniobras alocadas para arrancar y huir. Lo consiguió y se alejó furtivamente cobijado por la noche y el alcohol que seguramente llevaba en la sangre. Llamé al seguro y el asunto se va resolviendo, tendré qué pagar el deducible y los causantes vivirán en la feliz impunidad de los irresponsables.

Fue el inicio de una quincena trágica. Lo digo porque durante este tiempo me ha tocado ser testigo, de cuerpo presente, de una infinidad –quizá no menos de 40 y no exagero- de  incidentes de tránsito –mayores y menores- a lo largo y ancho de las vialidades metropolitanas. Será el sereno pero observo que la gente anda apresurada y las condiciones de la infraestructura no son las ideales aunado a que existe una evidente carencia de cultura vial y más de la precaución para prevenir y actuar en tiempo de aguas. De entre ellos, en las redes sociales nos dimos cuenta de un par de accidentes que ocurrieron justo en el puente vehicular que va sobre el Periférico a la altura de Juan Palomar, por la Zona Real. Fueron choques de frente que dejan constancia de cosas que me motivan a la reflexión y me explico: Ese puente se diseñó para funcionar en un solo sentido hacia Valle Real, e inmediaciones. Alguna mente brillante concibió y dispuso que se habilitara con doble circulación –tal vez para facilitar y permitir la comodidad fresa de quienes salen de esos cotos de lujo para que no perdieran tiempo en sus traslados- lo cual constituye un absurdo tremendo que establece la posibilidad latente de accidentes constantes, contantes y sonantes.

En el análisis encuentro que hay una falla de origen en las decisiones de la autoridad cuyo papel debiera ser la de fungir como garante de la seguridad vial y de la eficiencia funcional del sistema de movilidad así como de propiciar condiciones de respeto a la cultura vial. Es triste descubrir y confirmar que adolecemos de un poderoso nivel de incultura cívica guiados por quienes no entienden ni alcanzan a vislumbrar su rol como entidades que están para promover y fomentar la civilidad. Pasa en toda la ciudad (pienso en el nodo Colón, en el puente de El Álamo, en los pasos peatonales, en las ciclovías, etc.). Ahora, más que nunca, se hace importante comenzar a realizar auditorías a la seguridad vial sobre la infraestructura e iniciar con programas de educación que permitan elevar los niveles de acceso a una mejor comprensión de la trascendencia que conlleva el circular y aprender a movernos a través de la trama urbana.

 

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