Agua de azar

La verdad sobre el caso de Harry Devert

Hace dos semanas desapareció el ciudadano francés, quien pretendía llegar al Mundial de Brasil 2014 luego de un larga aventura en motocicleta; pero tuvo la mala ocurrencia de cruzar Michoacán rumbo a Zihuatanejo.

Jöel Dicker, escritor suizo de 27 años de edad, publicó en París hace dos años una novela que al día de hoy lleva más de dos millones 200 mil ejemplares vendidos, traducida a más de 30 idiomas y que apenas empezará a circular en Estados Unidos, Inglaterra y Canadá en una ya muy esperada traducción al inglés, pues se trata de un thriller absolutamente gringo, de los que tienen páginas con imanes que parecen hipnotizar a cualquier lector en ese raro síndrome de las historias que no lo sueltan a uno y que uno simplemente no puede soltar. La verdad sobre el caso de Harry Quebert (Alfaguara, 2013) se presentó en México durante la pasada FIL de Guadalajara, y consta que al autor se le hizo saber la innegable envidia que suscitaba entre muchos de sus colegas de la pluma, así como también se le preguntó, ante un numeroso público, si de veras piensa seguir escribiendo (pues evidentemente la crítica carroñera se frota las manos para hacerlo pedazos en vista de los miles de lectores que devoran las 800 páginas del libro como si ya supieran que será una teleserie de éxito o una película de gran taquillazo).

En realidad, se equivoca cualquier crítico literario que quiera comparar a La verdad sobre el caso de Harry Quebert con todo el tiempo perdido de Proust o la prosa del Siglo de Oro español, y también es injusto que por el éxito como contagio se menosprecie a este libro que cumple el propósito esencial que soñó su autor al sentarse a inventarla: una historia que parte del asesinato de una hermosa joven en un amnésico y somnoliento pueblo del noreste norteamericano, enamorada de un hombre mayor, escritor y maestro de escritores y la enredada relación de un joven escritor —revelación de la literatura mundial con su primer libro— que decide escribir otro gran libro al enterarse de que acusan del asesinato de la musa precisamente a su Maestro — con mayúscula—. En medio, una sabrosa trama que se enreda y desenreda, donde todos los personajes parecen culpables hasta que en la última página se revela la verdad que anuncia el título. No digo más en torno a las muchas virtudes que tiene una novela que no solo hace leer al más renuente, sino que puede provocar en cualquier lector (como sucedió conmigo) un irrefrenable impulso por entregarme en la primera comandancia de policía al sentir en la página 347 que yo mismo podía haber sido el culpable del crimen.

El caso es que Jöel Dicker no solo es un autor talentoso y ha sabido sortear el alud de publicidad, entrevistas, viajes, ajetreos y críticas con donaire y elegancia, sino que además nos hicimos amigos, y consta que es un ser entrañable, joven hasta en la madurez con la que sobrelleva el difícil oficio de seguir escribiendo por las noches cuando parecería que los lectores, groupies, analistas y entrevistadores ya solo quieren que pose para fotografías y responda a las mismas preguntas que le formulan en más de 30 idiomas. Sin embargo, Dicker contrajo un particular amor por México, y al tiempo que narraba cómo inventaba cada uno de sus personajes, cómo hacía los nudos para enredar la madeja de su trama y cómo encontró el desenlace magistral, no dejaba de asombrarse de la irrealidad de la realidad de esta tierra con tacos al pastor (que no probó), tequilas que se sirven en llamados “caballitos”, narcotraficantes que decapitan a pobladores inocentes, ciudadanos que se arman hasta con bazucas para defender sus hogares como guión de Los siete magníficos, tierras al óleo, cerros morados, lagos hermosos y letreros por doquier que indican fielmente en dónde se ubica el tan mentado “Punto de reunión”. Así el impacto, en alguna de nuestras conversaciones caímos inevitablemente en el lugar común de confirmar que en México la ficción parece a lo mucho paralela o tangencial a la realidad o realidades increíbles que parecen rebasar toda imaginación.

Desde hace dos semanas ha desaparecido en Michoacán el ciudadano francés aunque avecindado en Estados Unidos Harry Devert, que pretendía llegar al Mundial de Brasil 2014 luego de un larga aventura en motocicleta. Montado en sus dos ruedas, con un largo diario de motocicleta a escribirse con cada trama de los miles de kilómetros que le faltaban para llegar a Copacabana, Harry Devert tuvo la mala ocurrencia de cruzar Michoacán rumbo a Zihuatanejo, quizá imantado por la imagen utópica de ese mar que se volvió sueño en el cuento de Stephen King, luego convertido en película llamada TheShawshank Redemption (traducida como Sueños de libertad en México). Harry Devert no imaginaba (para tal caso, a cualquiera le cuesta creer) que llegaba a una tierra amenazada por una organización del crimen organizado que disfraza a sus miembros como caballeros medievales (cruz roja, ritos de iniciación, rapto de mujeres y pillaje incluidos), anchas comunidades ciudadanas que han tomado las armas en defensa propia ante la ausencia real del poder federal, y luego espasmos publicitados del Ejército mexicano retomando plazas públicas que habían sido abandonadas por las policías locales.

Este diario ha hecho eco de los muchos periódicos internacionales que ya han asumido la alerta que lanzó la novia de Harry Devert, quien, a través de las redes sociales y en una reciente entrevista para Telemundo, narraba lo que parecía una inverosímil aventura en la que ni el propio Devert se imaginaría caer por tamaño peligro de trama, escenario y circunstancias. Se suman a la bizarría de esta novela verídica las fotos de Devert vestido de charro, con cerveza Corona y botella de tequila al canto, moño bien amarrado y sombrero digno de foto en sepia, sonriente entre amigos que fueron anfitriones efímeros a su paso por este enrevesado país maravilloso, con repetidos ejemplos de coincidencias insólitas, mentiras verdaderas y afirmaciones falsas, donde la vida no vale nada e incluso las escoltas oficiales pueden convertirse en sicarios disfrazados. Aquí donde ahorita es en realidad hasta luego, y el pretérito parece resucitar en tantos presentes, esta tierra de diverso paisaje que embelesa incluso a un minucioso autor suizo tanto como ha hipnotizado a poetas surrealistas, cineastas soviéticos, pintores ingleses, motociclistas europeos y a no pocos mexicanos que hacemos sinceros votos para que alguien revele cuanto antes la verdad sobre el caso de Harry Devert.

jfhdz@yahoo.com