Agua de azar

El último sueño del Quijote

La costumbre cumple hoy casi tres décadas. Es casi una obsesión: leer El Quijote cada abril procurando concluir el día de San Jorge, el día 23, que es ahora celebración de su autor y de William Shakespeare por el azar circunstancial de haber muerto ambos en esa misma fecha aunque por calendarios distintos, en años diferentes. Se entiende que el ritual de este abril se cumplió entre mariposas amarillas y la maravillosa locura de los párrafos que se multiplican como un árbol genealógico en medio de la selva, pero pasó la fecha tradicionalmente límite y es hasta la víspera de un mayo que logro confirmar que uno siempre lee por vez primera los libros entrañables, así sea la enésima ocasión en que sus páginas inundan la lectura. Es más: los autores grandes escriben sus grandes obras en el instante mismo en que son leídos, de manera que en el preciso instante en que el lector deletrea en voz baja las primeras líneas de ese párrafo donde alguien congela el tiempo frente a un pelotón de fusilamiento o alguien dibuja los primeros trazos de la inabarcable geografía de la mancha tipográfica, se materializa en el vacío el autor que imaginó las primeras líneas de una novela al volante de un coche con rumbo a Acapulco o el poeta que soñaba entre las sombras de una cárcel en Sevilla las locas andanzas de un caballero andante.

Una vez más, al llegar al final con ganas de que la novela no concluya, leo que Don Quijote manda llamar al escribano para dictar su testamento. Quiere poner en orden el posible destino de su sobrina Antonia, declara albaceas al señor cura y al bachiller Sansón Carrasco, y libra de toda deuda a su fiel amigo Sancho Panza, pidiéndole perdone haberlo embarcado en la utopía de considerarlo escudero. Al parecer, se arrepiente de su locura, reniega de haberse llamado Don Quijote de la Mancha y del sobrenombre de Caballero de la Triste Figura y, al parecer, se resigna a morir como “Alonso Quijano el Bueno a secas (quien) fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no solo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían”, pero según informa Cervantes en uno de los penúltimos párrafos, al cerrar su testamento “y, tomándole un desmayo, se tendió de largo a largo en la cama. Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después de este donde hizo su testamento se desmayaba muy a menudo”.

Declaro entonces la posibilidad —verosímil aunque inverificable— que durante esos desmayos Alonso Quijano, el Bueno a secas, permanece inmóvil en su lecho ya casi de muerte, mientras Don Quijote de la Mancha aparece ya intemporal en los campos cercanos a Perote, habiendo desembarcado en Veracruz montado en Rocinante, armadura limpiada durante los 28 días de navegación con los que cruzó el Atlántico entreteniendo a los mareados con historias increíbles mientras comían manzanas para combatir la náusea. Es en las montañas que rodean a Xalapa donde se reencuentra con su fiel escudero Sancho Panza, recuperado su rucio perdido, aunque en otra dimensión permanezca al pie de la cama de su amo, incrédulo ante el testamento que acaba de escuchar de viva voz, renuente a aceptar que el desmayado caballero que yace tendido reniegue de la locura feliz que la había contagiado durante tantas páginas.

Imagino entonces que cabalgan de nuevo rumbo a la que fuera la región más transparente del aire, de cantera gris y piedra roja de tezontle, hospedados en ventas donde conviven con indígenas y mestizos, viejos conquistadores venidos a menos, y entrelazan sus andanzas en historias interminables donde los relatos de leones enjaulados se entrecruzan con las plumas verbales de quetzales convertidos en penachos y escudos de feroz batalla. Imagino entonces que cabalgan, hidalgo y escudero ya sin tiempo, hasta la madrugada de este abril por los versos de una monja iluminada y la novela que intenta corregir hoy mismo el anónimo escritor aún inédito o en la crónica del periodista que intenta fincar los motivos de una injusticia con la información que regala a sus lectores. Ahora que buscan los huesos de Cervantes, sostengo que el equipo de científicos podría ahorrarse no pocos euros con tan solo leer las últimas líneas del primer párrafo de Cien años de soledad, allí donde los fundadores de Macondo, guiados por el conjuro de un gitano encantador, rastrean con imanes el subsuelo de la selva y desentierran una armadura que parecía sonaja rellena de huesos como un montón de piedras. Los restos que buscan hoy los científicos son el fantasma de Alonso Quijano, el Bueno, llamado Caballero de la Triste Figura y de su autor nada manco, vestido de monje con la armadura de sus letras sobre el pecho y el corazón puro de su afecto atrapado en su puño derecho, cuando “José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer”.

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