Agua de azar

El último novohispano

Contra toda forma de la amnesia, contra todo abuso de la imbecilidad, Guillermo Tovar de Teresa movilizaba intelectos e incluso fortunas en abono de la conservación de los tesoros del pasado.

Duele mucho escribir aquí que el genio de Guillermo Tovar de Teresa se ha extinguido a los 57 años, con tantos libros que le quedaban por escribir, con tanta sabia savia que esparcía en cada conferencia y conversación, con tantas batallas que le quedaban por librar en defensa del patrimonio cultural y artístico de México… y dejando ya imposible una larga sobremesa que nos debíamos ambos. Fui, como todos, un lector asombrado por la lucidez concisa y la precisión erudita de un sabio que parecía llevar paso a paso al lector de sus hallazgos por los laberintos de un pretérito desconocido: Tovar revelaba fachadas de templos delante de los ojos del espectador en el atrio mismo, y dibujaba con descripciones inteligentes los motivos del barroco, sus sentidos enrevesados, los engaños a la vista, los juegos de palabras. Fui, además, su amigo, y entre 1991-1995 se me honró con ejercer el cargo de secretario general del Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, órgano colegiado (ahora multiplicado y redinamizado bajo la batuta de Ángeles González Gamio) producto de una generosa alternativa del propio Tovar de Teresa al ser nombrado en 1986 Cronista de la Ciudad de México. Sucede que ese título, instituido inicialmente por Carlos V en el siglo XVI, había visto una notable transformación sustancial en su ejercicio: para Tovar la ciudad más grande del mundo ya no podría ser únicamente pasto para crónica de un solo historiador y se había vuelto páramo inmarcesible que exige el concierto colectivo de más de una veintena de plumas que se preocupen por su preservación y la constancia de su memoria.

Guillermo Tovar de Teresa nació el 23 de agosto de 1956, aunque no es hipérbole afirmar que nació en el siglo XVI y que fue testigo de la primera destrucción de la antigua capital de México-Tenochtitlan, y visor esmerado de cada una de las sucesivas destrucciones que ha sufrido y padecido esta ciudad utopía del Nuevo Mundo, encarnación del sueño del arquitecto Alberti (irrealizable en Europa), soñado por el virrey de Mendoza y, según Miguel de Cervantes Saavedra, Venecia de América, “espanto del Nuevo Mundo”.

Así como ideó la fórmula colectiva de la crónica, así también no dejó nunca de ser en realidad el solitario batallador, caballero desfacedor de entuertos culturales donde partía una lanza no solo por descubrir la autoría verídica de un cuadro renacentista, sino por paleografiar la diminuta letra de un pretérito que parecía esconderse en un mapa de biblioteca empolvada. Diría que Tovar fue de veras el último novohispano, si no constara la ferviente preocupación que transpiraba todos los días en defensa de monumentos, edificios… memoria mexicana de hoy. Contra toda forma de la amnesia, contra todo abuso de la imbecilidad, Tovar de Teresa movilizaba intelectos e incluso fortunas en abono de la conservación de los tesoros del pasado, preservación de la memoria que sudan los muros de tezontle y cantera… y recientemente el oprobioso baño de esmalte innecesario con el que mancillaron el célebre Caballito de Tolsá, consciente de que su batalla era no solo contra la negligencia o el aisevá de quien tomó la decisión de lavarle la pátina del pasado a una valiosa estatua, sino consciente de que blandía la batalla en un país donde la mayoría de los ciudadanos desconocen quién es el jinete y de dónde a dónde ha cabalgado ese caballito anónimo para la memoria colectiva que lo volvió entrañable. En este país, donde una inmensa masa de gente no entiende que no entiende, se apaga ahora una luz que nos ayudaba a entender por lo menos que no entendemos, pero que podríamos entender mejor si leyésemos la realidad guiados por gambusinos de archivos, aventureros de bibliotecas y faros de reflexión como lo son sus libros.

Hace apenas un mes se presentaba el minucioso y detallado bosquejo biobibliográfico de Guillermo Tovar de Teresa, firmado por Xavier Guzmán Urbiola y finamente editado por Diego García Elío en su sello El Equilibrista. Si no constara a quienes lo conocimos, diríase que se trata de la biografía novelada de un personaje fantástico, el relato irreal de un niño incansable que a los cinco años se declaraba independiente en su propio hogar, ya habitante de las bibliotecas de su abuelo y tertulias de los mayores. El niño incandescente que impresionó al presidente Adolfo López Mateos, quien lo condecoró con una medalla de oro que sería antecedente del pago puntual que recibiría como sueldo, a partir de los 12 años de edad, como asesor en historia colonial del presidente Gustavo Díaz Ordaz. Es la biografía bibliográfica y la bibliografía biográfica entrelazada, difícil de desenmarañar del hombre que vivía 28 horas al día (cuatro o incluso cinco más que los demás) leyendo las partituras del pretérito con la misma obsesionada pasión con la que se sabía de memoria sinfonías enteras de Mozart y Haydn, con la delicada minucia con la que podía silbar tres o cuatro instrumentos diferentes de cada uno de los seis Conciertos de Brandeburgo de Bach (con una técnica asombrosa, en la que inhalaba y exhalaba sin dejar de silbar) y, en particular, con la decidida pasión con la que era capaz de entramar al pasado, mirarlo como quien mira una pantalla de computadora en el aire invisible y dividir los temas en el perfecto teatro de su memoria (como si fuesen eso que ahora llaman hipertexto) y contextualizar el discurso del devenir del tiempo mexicano, novohispano, hispanoamericano e incluso mundial, al derivar, por ejemplo, un trinomio donde se despejan lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero en este mundo donde impera precisamente lo Horrendo, lo Malo y lo Falso.

Allí donde hubo un edifico barroco invaluable se ha erguido un adefesio revolucionario institucional; acá, donde hubo un templo de fachada churrigueresca, han abierto un estacionamiento donde venden churros; allá, donde florecía la memoria lúcida de un cronista intemporal, parece acercarse la nefanda neblina de la amnesia y nos hallamos al borde del olvido, en el desamparo de oscuridad donde la memoria parece exigir que hoy mismo urge leer cualquiera de los libros que nos deja el sabio luminoso Guillermo Tovar de Teresa que, hasta hoy, descansa en paz.