Agua de azar

¡No se olvida!

UNO SE ALEJA de México y quisiera dejar atrás la retahíla de abusos, arranques irracionales, estulticia etílica, emociones equivocadas y delirio constante con el que cualquiera puede creerse intocable por ocupar cualquier puesto burocrático

Era ya la madrugada del 2 de octubre y en el silencio volvía a escucharse el eco de esa consigna que se acostumbra repetir como recuerdo de tanto irracional sinsentido que llovió con sangre Tlatelolco en 1968, y que este año se inauguraba también como reclamo de hartazgo ante tanto sinsentido irracional que rodea a los muertos de Ayotzinapa, justo al año exacto de sus desapariciones. Era ya la madrugada de lo que parecía una víspera para un nuevo amanecer, cuando de pronto empezaron a trinar los mensajes en las redes: Raúl Cremoux salía por la puerta trasera de Canal 22 en medio de un fango donde quedan sin aclaración sus acciones o decisiones de censura informativa, tráfico de influencias, posible malversación de fondos públicos y ese sutil autoritarismo con el que, quizá, se creyó no solo intocable sino inmaculado hasta la madrugada del 2 de octubre.

Llega a la dirección del Canal 22 don Ernesto Velázquez Briseño, quien ha tiempo finca un reconocido prestigio al frente de TV UNAM y, en particular, en la difusión y promoción de todo eso que llamamos cultura, sin los ambages necios que intentó imponer la mente pacata y mentirosa de Cremoux en el 22. Cremoux creía —quizá de motu proprio y no necesariamente porque se lo ordenaba el Presidente de la República— que todo canal cultural solo debe proyectar noticias, imágenes y reportajes en torno a las bellas artes, escondiendo o edulcorando todas aquellas notas que podrían ensombrecer una cartilla de civismo al viejo estilo priista. Entre ballet, recetas de cocina, preguntas pactadas para entrevista y uno que otro solo de violoncello, se intentaban tapar con el dedo de un solfeo las noticias sobre violaciones a la libertad de expresión, represiones a diversos grupos sociales y demás sombras de la realidad mexicana contundente, tal como todos nos hemos callado el asqueroso antecedente que empaña la trayectoria del propio señor Cremoux.

Así pasen las décadas, no se olvida el enredo de mentiras y conjeturas, tergiversación de los hechos y maquillaje de simulacro que lo rodeó cuando declaró haber sido secuestrado por motivos irónicamente argumentados como atentados contra la libertad de prensa. En su momento, Carlos Marín hiló todos los cabos sueltos de ese fango y 20 periodistas fueron convocados por el entonces presidente Salinas de Gortari a una conferencia donde el entonces secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios, demostró tener literalmente todos los pelos de la burra en la mano para que —una vez más—todos acordaran, sin tener que hacerlo en voz alta, un respetuoso silencio... que se prolongó y estableció como para que veinte años después vuelva el personaje a ocupar la palestra como si nada hubiera pasado en su pasado.

Con Ernesto Velázquez es de esperarse que el Canal 22 vuelva al ánimo inicial con el que no pocos escritores, poetas, pintores e intelectuales en general pelearon por su creación, y dejar de una vez para siempre las oprobiosas prebendas y miserables pretensiones de quienes se agacharon ante el nefando divo mexiquense de los medios maquillados, quien además —y al parecer— no solo mentía en sus entrevistas previamente pactadas y en sus justificaciones frágilmente elaboradas, sino en su propio currículum de ensoñación (colgado en internet). Al parecer, monsieur Cremoux no obtuvo el grado que dice haber obtenido en París... y no vale la pena alargar más este párrafo. Si acaso, repetir que así pasen las décadas, no se olvida y no se debe de olvidar nunca el delicado filamento con el que se instalan las mentiras, los plagios, los abusos y el injustificado abuso de quienes creen siempre tener la razón.

Repito: era la madrugada del 2 de octubre y al vecino le vinieron a traer una serenata con mariachi estéreo. Este mexicanísimo tipo de sorpresa corre el riesgo de que el nivel etílico de la estudiantina no siempre sincroniza con el silencio con el que ya descansan en sus camas o empacan sus calladas maletas para un viaje al amanecer los habitantes incautos, tan alejados de la Noche mexicana. Los vecinos llamaron a las patrullas y las señoras ebrias que se creyeron por esa noche vernáculas se apoyaban en un junior de mirada imbécil de evidente analfabetismo funcional escudado en lo que quizá le han dicho que lo hace parecer guapo. Era tan lamentablemente ridícula la escena, que fue fácil suponer que —una vez que los mariachis callaran— solo la ira y un buen balde de agua fría podría hacer reaccionar a los alcoholizados jamás bienvenidos; y sí, una de las señoras, indudablemente divorciada, optó mejor por subirse al vehículo de la huida, pero el nefando juniorsete optó por resistirse no solo al arresto de los policías, sino a la poca cordura que le quedaba a los vecinos para exigirle que se fuera con todo y la otra enloquecida borrachita que se colgaba de la reja de la casa del vecino como si se la llevaran en un vagón de ferrocarril a un campo de concentración. Yo no quería que esa madrugada tocara al son de esa despedida no solo injustificada sino realmente inmerecida, y me preocupa (un poco) que mi vecino seguirá viviendo allí, donde por lo menos dos locas y un divo deleznable ya saben que intenta dormir todas las noches sin molestar ni meterse con nadie... pero todo me viene como agua de azar: uno se aleja de México y quisiera dejar atrás la retahíla de abusos, arranques irracionales, estulticia etílica, emociones equivocadas y delirio constante con el que cualquiera puede creerse intocable por tan solo ocupar cualquier puesto en el escalafón de la ancha y amplia burocracia o con el que cualquiera puede perder las mínimas huellas de lo que fue una dignidad por la juerguita ocurrente con la que se pagan los mariachis o se fardan necedades amenazantes, pero todo, absolutamente todo eso, se puede (y debe) dejarse atrás aunque —en realidad— ¡no se olvida!


jorgefe62@gmail.com