Agua de azar

El noviazgo más largo del mundo

Con leer confirmamos que la terapia más accesible y barata para dejar de ser quien somos, o por lo menos para intentar ya no ser como somos, estriba en el atrevido vuelo de leernos a nosotros mismos como conciencias inéditas.

Ocurre que lejos de las becas y de los premios literarios alguien amanece hoy mismo habiendo intentado florecer durante la madrugada el párrafo que le falta a una novela incierta o hilar los versos que le permitan presentarse como poeta sin vergüenzas ni culpa alguna. Sucede que al inaugurarse una nueva edición de la Feria Internacional del Libro de Minería —así como cada vez que se inaugura cualquier festival que se dedique a la palabra, su lectura o los libros—, parecería una obligación honrar a los escritores que hoy mismo se enredan en la trama de un relato que no se deja desenmarañar fácilmente, los cronistas que han de signar esta misma semana la trayectoria minuto a minuto del atrevido milagro de invitar a una posible novia a recorrer los estantes repletos de libros, pergeñando monedas en un bolsillo que parece agujereado para comprarle un mínimo volumen de Rilke o por lo menos ir fardando en murmullos los títulos que ya ha leído y soñar que saliendo de la feria la puede invitar a empezar juntos una vida.

Ocurrirá que la Feria Internacional del Libro de Minería volverá a convocar a todos los fantasmas de los escritores que se han ido, los poetas muertos que heredan sus versos, los historiadores que nos dieron memoria y tanto novelista que corteja imaginación pura como si fuera adrenalina inevitable. Sucede entonces que el viejo Palacio de Minería vuelve a ser luminoso ombligo del epicentro histórico de la Ciudad de México, con su Caballito manchado por el extraño e imperdonable vitíligo que le ha dejado su piel de bronce como mal del pinto, con todos los otrora palacios iluminados en párrafos de sus propias biografías, y sucede entonces que los pasillos de la feria de libros se vuelven a colmar como improvisada estación de Metro sin rieles, sobrepoblados por madres que llevan a sus hijos para comprar bibliografías escolares, por padres que aprovechan ciertos descuentos para ponerse al día en manuales de derecho y algún libro de autoayuda, los jóvenes que buscan remates de clásicos, antologías hermosas o cuadernos dispersos, las ancianas que quieren volver a leer lo que les leían de niñas o cuando estaban recién casadas… y los escritores que pasan las horas supuestamente muertas precisamente dando vida a párrafos o rimas necias, escribiendo para que se cumpla que solo escribe el que escribe y que solamente lee el que lee.

Todo lo que se haga a favor de los libros, en cualesquiera de sus formatos o ediciones posibles —sea en el papel que empezamos a leer con las yemas de los dedos o en los libros que son objetos de arte mayúsculo, que se desdoblan como acordeones para que sus historias se vuelvan caracolas en la mente de quien los lea— merece no solo encomio sino apoyo y el esfuerzo no solo de visitar sino de comprar por lo menos un libro y procurar su lectura. Con leerlos completamos la magia de cada libro, infundimos la voz invisible que quizá imaginó el autor y encarnamos en el vacío los rostros de los personajes: la mirada distraída de ella, la mujer más bella del mundo, o el rostro en la sombra del asesino que acecha tras la cortina de un teatro abandonado, las lágrimas de un niño que ve dormir para siempre a su perro enfermo, el abrazo inconcebible que se dan dos viejos amigos que dejaron de verse hace 30 años en el andén de una estación de trenes, y el brillo de una pulsera que se le cae a la Condesa en la página 172 de un novelón que se ha de resolver precisamente en el párrafo exacto donde vuelva a aparecer esa misma pulsera en la vitrina de una tienda de empeño en París.

Con leer confirmamos que la terapia más accesible y barata para dejar de ser quien somos, o por lo menos para intentar ya no ser como somos, estriba en el atrevido vuelo de leernos a nosotros mismos como conciencias inéditas que han de redactar el imprevisible devenir de todos los días como quien va poblando una página en blanco, una tras otra, con el recorrido de palabras en tinta como hilo de hormigas alineadas que van hablando solas, hablándonos a cada tramo de las horas que transcurren sobre el diario vivir en una suerte de soliloquio en conversación con nuestra propia sombra.

No se me ocurre mejor remedio para intentar honrar al oficio que publicar aquí un cuento. Lleva por título “El noviazgo más largo del mundo” y dice así:

El hermano mayor del Gabo caminaba con prisa por el pasillo del aeropuerto de Medellín para abordar un avión programado para salir de la sala-puerta 11, pero sucedió que al pasar por enfrente de la sala-puerta dos le fue inevitable verla: ella estaba sentada, llorando y bellísima.

Así que el hermano mayor del Gabo llegó hasta la sala-puerta 11 y sucedió que su vuelo se había demorado inexplicablemente. Así que caminó de vuelta hasta la sala-puerta dos y se le acercó por primera vez en la vida, con una leve sonrisa, y apenas rozándole el hombro izquierdo le preguntó: “¿Te quieres casar conmigo?”, y así llevan más de medio siglo juntos desde ese instante, hasta el sol de hoy.

La única vez que pude estar con ambos me acerqué para intentar verificar el cuento que parecía increíble, y no solo lo corroboran sonrientes, sino que además añadían la guinda perfecta: ella nunca ha tenido que rendir explicación alguna por su anuencia instantánea y él jamás le ha preguntado por qué lloraba.

jfhdz@yahoo.com