Agua de azar

La mancha vista de lejos

La Mancha soñada por Cervantes se lee como una gota de tinta que se diluye en geografía de vida; de lejos, la mancha que ya no merece vivir ni leerse de México es una sola gota de sangre que traza no más que un mapa de muerte.

La mancha que leo en un libro de Miguel de Cervantes Saavedra es la comarca entrañable que va de las faldas de Toledo y se extiende por los llanos de Montiel, pasa por filas de molinos en Campo de Criptana, una cueva en Argamasilla de Alba donde el llamado Manco de Lepanto ideó la aventura de su Quijote, en las Lagunas de Ruidera, en la callada quietud del Toboso, de paredes encaladas y ribetes de azul añil, como en la venta que parece intacta —siendo no más que invento de novela— en un lugar llamado Puerto Lápice… y así por una nervadura de caminos que llegan hasta ver el mar en Barcelona. Pero la mancha que veo en ese recorrido se leen claramente como literatura pura que va más allá de La Mancha geográfica e, incluso, mucho más allá de la mancha tipográfica: Cervantes es autor que aparece en sus propios párrafos como escritor que afirma traducir legajos ajenos en árabe de imaginación interminable y Quijote-Sancho son personajes en tinta que inauguran en papel la inexplicable maravilla de saberse escritos.

Escritor y novela rebasan la frontera que supuestamente nos divide entre el ensueño y la realidad, allende la mancha tipográfica donde se alinean las letras, por encima de los márgenes donde sus lectores vamos anotando sincronías, azares y horarios de trenes o inclusive, más allá del papel mismo: allí donde la memoria se enreda con la imaginación para quizá brindarnos el alivio de volver realidad lo que algún día se soñó o soñar despierto lo que ni dormidos habíamos podido imaginar.

Leída La Mancha, de lejos intento recorrer sus páginas bajo el intenso calor que transpira en estos días la geografía de España; leída la mancha más íntima que llevo tatuada en el pecho, me duele sentir tan de cerca el intenso dolor recurrente que llega de México. No son molinos de nixtamal los gigantes engreídos que abusan de su impostada autoridad para suponer que el silencio es el mejor velo para callar u olvidar despilfarros injustificados, crímenes irresueltos o mentiras reveladas; no son gigantes ni remedo de inmensos Indios Verdes los molineros enanos que ejercen la sutil insinuación de la censura, la calladita vigilancia ilegal de quienes sienten que son sus enemigos o esa efímera seguridad (dizque confianza) en sí mismos. No es cosa de encantamiento que se sucedan cada vez más a menudo las noticias desde México de espeluznantes crímenes atroces, atropellos al vuelo, torturados a granel y tiros de gracia; parece conjuro de hechiceros y magos invisibles que la vida en México —con todo y la indignación de cada día— transcurra de lejos como el latido esperanzado en quienes de veras confiamos incluso en la distancia de que todo estará bien: hablo de los afectos cercanos por quienes nos consta que sudan tinta honrada, hacen lo que tienen que hacer y no se callan ante los horrores que ven; hablo de quienes pueden decir la palabra honestidad ante el espejo y no tienen necesidad de robarle ni el tiempo a los demás. ¿Cómo es posible que habiendo tanta gente buena junta se electrifique de pronto la realidad con testimonios, imágenes y huellas que revelan cinco cadáveres de personas ejecutadas previa tortura, y que los supuestos asesinos huyan y queden filmados escapando, uno de ellos en un coche Mustang de la peor película? ¿De veras queremos seguirle aplaudiendo discursos vacíos a quienes solo pueden pronunciarlos si los leen en pantalla? ¿De veras queremos elevar el nombre de México asegurando que hay peores países en el mundo?

La mancha que siento de lejos es en realidad un corazón que parece romperse cada vez que leo o veo a la distancia todo aquello que sangra en México no solo en tinta, sino en las venas con que se escriben los nombres de los muertos miles, los rostros de miles de desaparecidos, las caras infames de los supuestos responsables, el recurrente recurso de las distracciones y los enredos, las instantáneas líneas de investigación que parecen luego convertirse en hilos sin averiguación alguna, los simulacros de corbata o guayabera, las frases huecas, la impunidad descarada, la soberbia engolada, el desprecio engominado, la corbata chueca o la obesidad sin vergüenza del poderoso y sus intocables.

La Mancha soñada por Cervantes se lee como una gota de tinta que se diluye en geografía de vida; de lejos, la mancha que ya no merece vivir ni leerse de México es una sola gota de sangre que traza no más que un mapa de muerte.

jorgefe62@gmail.com