Agua de azar

Hasta luego

Nuestro colaborador, luego de años de labor ininterrumpida, hace una pausa en su "Agua de azar". La suya no es una despedida, sino solo un hasta pronto. Suerte, Jorge.

Con estas líneas llega a su fin la columna Agua de azar que inició su navegación con el nacimiento de MILENIODiario, hace varios lustros. Salvo pocos jueves —que se cuentan con la mano y marcan al menos dos infartos, luego de un cáncer— procuré no faltar ni una sola semana a la cita con gratitud creciente por quienes me leían y una confirmada esperanza en que cumplía el afán de poner en tinta sincronías y coincidencias, escribir el azar sin hache que en sucesivas semanas parecía errata: pero estos párrafos no siempre transpiraban el perfume de la flor de los naranjos, ni como bálsamo para los nervios y tampoco como elíxir para ciertos postres. El propósito de las aguas era celebrar las vidas de escritores ya sin vida, eternizados en el estante entrañable donde he de seguir leyéndolos de madrugada y aplaudir —rara vez criticar ni mucho menos, denostar— los libros de escritores vivos, coetáneos y contemporáneos que me llenan de admiración… y envidia. También quise con esta columna digerir la incurable melancolía con la que despedí a mis muertos para precisamente tenerlos ya para siempre a mi lado, como una flor que retoña de tarde en tarde cada vez que se miran sus pétalos y en otras semanas, intentar poner precisamente en tinta las vidas bizarras, inexplicables biografías de almas errantes, amores imposibles y eso que llaman soledad como si no fuese la infalible presencia de uno mismo en cada silencio.

En brotes inesperados hubo más de un jueves en que me resigné a la aceptación dolorosa de no ser ya necesario para quienes me llegué a creer indispensable, a contrapelo de la conmovedora aparición semanal de un nuevo lector que me escribía algún correo o me confiaba de viva voz el entrelazamiento de su voluntad, memoria o imaginación con cualesquiera de mis párrafos. Hubo muchas semanas en que confieso haber escrito con prisas, directamente en la pantalla, olvidando la confección escrita a mano y en tinta morada que puebla las libretas originales de todas las aguas del azar como electrocardiograma de una vocación, mapa de ansias como hormiguitas alineadas renglón a renglón o simplemente lluvia de jacarandas que suelen llover por las tardes para que no se olvide que las calles lloran morado.

En más de una semana, la columna me servía —sin censura ni instrucción alguna— para expresar mis opiniones libremente, desahogar mis iras y compartir alegrías, denunciar injusticias y por lo menos no dejar sin tinta los abusos de quienes siempre creen tener la razón. En realidad, me doy por vencido: estamos condenados a la clonación cíclica de políticos mentirosos, funcionarios disfuncionales, empresarios del abuso, autoritarios sutiles o despiadados y una inmensa neblina de ignorancias, amnesias y desidia que al parecer se imponen sobre todo afán por seguir intentando escribir en voz alta. Veo que no hay remedio ante quien roba impunemente, engaña en cada sobremesa, miente hasta en las falsas etimologías de las palabras con las que logra negociar salvoconductos o una nueva oportunidad para disfrazarse. Me doy por vencido, aunque pretendo seguir escribiendo —con menos prisa— los libros que en realidad intentan convencerme o convertirme en escritor de veras y creo entonces un deber dejar este espacio para otra voz quizá más optimista que esté dispuesta a vivir la adrenalina extenuante, aunque fascinante, de hablar en páginas cada ocho días con una incierta pero fiel, imprecisa pero infaltable, legión de lectores que definen con exactitud la diferencia entre prójimos y próximos.

Me honra que Antonio Muñoz Molina prologó una antología de la primera década de Agua de azar (Escribo a ciegas, Trilce, 2012) y que próximamente, Juan Villoro me confirma la alternativa con otro hermoso texto que sirve de prólogo para Solsticio de infartoy otros instantes, segunda selección de aguas de azar que circulará bajo el sello de Almadía. Me doy cuenta que semana a semana intenté honrar la admiración y el afecto que le profeso a estos y otros escritores, que me duele hasta el Sol de hoy haberme despedido en estas páginas de mis maestros Luis González, José Luis Martínez y los historiadores decanos de Madrid, tanto como lloro haber tenido que escribir adioses para Salvador Elizondo, María Luisa Elío, Eliseo Alberto, Carlos Fuentes, Álvaro Mutis, José Emilio Pacheco y Gabriel García Márquez, entre otras pérdidas tan grandes a contrapelo de la feliz saudade con la que intenté dar la bienvenida a escritores jóvenes que ya son también mis maestros. Aquí me despedí de amigos y de hermanos, la última sonrisa de mi padre y los primeros pasos de algunos niños que ya son hoy lectores. Con Agua de azar intenté compartir todos los libros, toda la música, tantos cuentos, todo poema, algunas películas, muchas ideas y no pocas preocupaciones que se me filtraban en la pluma como desasosiegos, catarsis, entusiasmos y desvelos, pero en realidad ha sido no más que el espejo donde constan las canas, el paso de los años y el peso con el que me reventé las arterias para luego adelgazarme en una renovada versión de mí mismo que creí resucitaba mi corazón y su avispero. Aquí rompí toda forma de anonimato y dejé constancia del triunfo de mi derrota ante el alcohol y otros demonios, aunque hoy veo probable que no me he quitado de la saliva el amargo sabor de seguir siendo el mismo que creí haber logrado olvidar.

No hay medida para la inmensa gratitud que le tengo a los lectores de esta columna y a los directores del periódico que me dieron siempre mi lugar. Con casi quince años de entregas semanales, Agua de azar es la música para la microhistoria maravillosa con la que Santiago se volvió hombre, autor de sus propios ensayos y Sebastián, que llega también a la mayoría de edad, dueño de todas las mejores cuerdas para la música de su vida: mis hijos han sido mis primeros lectores y mejores críticos, la cuadrilla de confianza con la que juntos hemos lidiado amores contrariados, ilusiones esfumadas y noches en vela, pero también la polifonía a tres voces de tantas carcajadas, tantos viajes que se volvieron crónicas en párrafo y tanta vida que nos une. Miento si digo que no lloro sobre estas páginas, pero es sal que se mete bajo los párpados mientras una mínima sonrisa intenta mostrar felicidad y agradecimiento. Supongo que me leo mejor en libros, así que no digamos Adiós, sino hasta luego.

j.f.h.l.1962@gmail.com