Agua de azar

Letras derretidas

No es lo mismo leer en la nieve o al filo de un aguacero de otoño las palabras que van danzando en el verano lo que no pudieron narrar en primaveras pasadas.

Me gustan los veranos que derriten las letras de las novelas que se suponían memorizadas. Al calentarse en la relectura, parece que vuelve incluso el olor a su tinta y la textura del papel —un poco más amarillo que en la primera aventura—, y en las yemas de los dedos se palpa el braille de todas las vidas que han transcurrido sobre los párrafos transpirados, las comas ondulantes y ese punto y aparte que aparentemente se leía como puntos suspensivos en un ayer con menos canas. Sobre la embarcación del sofá, el lector se acomoda al timón de un recuerdo intacto y los personajes que hace años eran modelos a seguir detalladamente se han convertido en jóvenes atrevidos, con menos años que el que lleva encima quien los lee; la trama se derrite entonces en pasajes que no se habían subrayado y los paisajes se identifican caligráficamente con las vistas que uno ya ha tenido ocasión de ver.

Visto lo visto, oído el oído del autor que habla en silencio a cada paso de la historia que se va desenrollando sin rollos y sin engaños, la novela eterna que cada verano hay oportunidad de volver a recorrer como quien se escondió de niño en la vieja armadura al fondo de un salón, y desde la visera del yelmo escuchó una confidencia entre el mayordomo y la anciana y entrañable tía ya viuda, y uno se vuelve cómplice del destino enrevesado de un diamante o de una piedra lunar. Lo que sigue es la Legión Extranjera, y el calorón de 50 grados a la sombra de un camello para vengar una a una las muertes de los hermanos honrados y limpiar con sangre y sudor todas las injurias que se habían inventado las voces de todos los necios en el capítulo catorce, y al amanecer la otra novela, la que recorre la selva de asfalto donde un hombre recorre calles donde lo miran miles de ojos atónitos y luminosos como la propia culpa.

En el verano las novelas que uno lee o relee se van fundiendo a una temperatura que vuelve blanda la dura página donde alguien redactó una decepción o pone en sofrito las líneas de los amores enredados, los olvidos necios y las palabras al aire que dice hasta la eternidad una mujer entre el vapor de los trenes de un andén que ya no existe. Al salir a la página enésima, el lector ensortijado por el estío ve a lo lejos el avión de hélices inquietas que ya prepara su despegue al filo de una pista en blanco y negro, y al voltear la página suda la frente del perezoso lector que ha decidido salir del compartimento del vagón para visitar el salón comedor del tren que lo conduce hacia la fresca madrugada de una historia intemporal, donde vuelves a memorizar los nombres de cada uno de los personajes porque sabes perfectamente que cada uno de ellos sigue siendo sospechoso en la encrucijada indescifrable de un crimen que solo un sabio detective será capaz de resolver.

No es lo mismo leer en la nieve o al filo de un aguacero de otoño las palabras que van danzando en el verano lo que no pudieron narrar en primaveras pasadas. Es el verano de la dioptría que trastoca la melancolía de un verso escondido en los labios de un personaje que cabalga hacia el amanecer entre nopales como siluetas de otro cuento, y es la alegría incontenible de un caballero andante que confunde con doncellas las sombras de una encina en medio de la nada, y por el mismo calor del verano, por la misma calentura que va llenando la orilla de las páginas, el lector parece ser capaz de levitar sobre las nubes perfectamente narradas por un autor en otra lengua que han llegado traducidas a las manos de un hoy que quiere soñar con el ayer donde no se fraguaba el mañana incierto de la vida que sigue girando en derredor, con su tedio incontestable y sus crímenes y desgracias imperdonables e insulsas que nada tienen que ver con la melaza hipnótica de las novelas que encierran lo mejor e incluso lo siniestro, lo todo y el todo de la condición de los lectores que saben navegar el verano en libros… a diferencia de tanto imbécil político o funcionario corrupto o empresario usurero o mandamás delincuente que supone irse de vacaciones como descanso para su estulticia incurable, ignorancia supina y desgraciada irremediable.

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