Agua de azar

Hasta aquí

Hernán Bravo Varela es un poeta con toda la barba (que afortunadamente no lleva como sombra en la cara) y un ensayista al que hemos de leer durante muchas décadas.

De vez en cuando conviene marcar una pausa en cualquier camino y marcar un hasta aquí. El recurso permite volver a caminar con más brío y serenidad, como quien cambia de página en un párrafo enredado por la vida, y también sirve para ubicar en su justa dimensión a quienes creen tener siempre la razón: a los impunes que negocian su perdón abusando de la confianza de quien —por nobleza de espíritu, nostalgia del pasado o simple intimidación— evita precisamente marcarle un hasta aquí a los abusadores de costumbre, los que apuestan a la amnesia para solventar o intentar borrar la culpa de sus hechos. Hasta aquí a los miedos, las verdades a medias y las formas que acechan contra el abierto camino de nuestro mejores versos; hasta aquí las falsas cuadrículas que dizque dictan cómo debemos ensayar o novelar la vida que caminamos, y hasta aquí las conversaciones que se fueron agotando en monólogos ya sin sintonía.

Esta sana claridad es precisamente la que da título al más reciente libro de Hernán Bravo Varela, poeta de veras, ensayista de alto vuelo y amigo entrañable. Hasta aquí (Almadía, 2014) es mucho más que un libro de poesía: es la minuciosa radiografía de una memoria viva, el testimonio de fantasmas y las cartas que un escritor escribe ya sin tener que obedecer a los cánones implacables de quienes le niegan narrativa a la poesía, quienes creen dictar la norma de la métrica políticamente correcta y los necios que no quieren, en fin, oír la música de la escritura que lleva en la piel este autor que desde la primera vez que lo leí he considerado mi maestro. Efectivamente, Hernán es mi amigo y espero que se lea que esa virtud que nos une no estorba la creciente admiración que profeso por sus letras: he leído cada uno de sus ensayos con lupa y en largos paseos aun antes de que los convierta en tinta, y he presenciado la vibración hipnótica que suscitan sus poemas, aun antes de que se viertan en el pentagrama de su pluma. Este es un poeta con toda la barba (que afortunadamente no lleva como sombra en la cara) y un ensayista al que hemos de leer durante muchas décadas.

Es inevitable pensar en música cuando se lee a Bravo Varela, pues es bien sabido que podría dedicarse a grabar por lo menos un disco al mes, consagrarse en escenarios de todo el mundo —ya como crooner sinatrense en inglés, o ruiseñor de tangos o dolida conciencia de todos los boleros—. Nadie canta como Hernán, pero él sí puede clonar a la perfección la voz de José José, los quejidos de Marco Antonio Muñiz, los enredos de Roberto Carlos, la temblorina entrañable de Armando Manzanero e incluso los chillidos de Paquita la del Barrio, y sí, Hernán podría dedicarse a repartir mil voces por el mundo. De hacerlo (de haber marcado un hasta aquí a tanta mala grilla literaria y dejar de publicar), podría ir guardando en un baúl toda la alta literatura que cuaja en papeles sueltos, versos en cuadernos, ensayos caminados y sí, dentro de 40 años volver a publicar y confirmar el valor de su obra, pero ha decidido marcar otro tipo de Hasta aquí, hermoso libro de Almadía con el diseño magistral de Alejandro Magallanes.

Aquí el poema con el que alguien, cualquiera, todos vamos transpirando dolorosamente la larga caminata final de un amor que se va quedando sin palabras, ambos esfumándose hasta que alguno de los dos marca un hasta aquí y aquí el poema que recrea el terror de infancia, cuando un hombre intentó robarse a un niño en una fiesta de cumpleaños. Es también el libro donde Bravo Varela escribe las cartas de una vida que ya no fue, o de las vidas que ya no pueden ser: la hermosa despedida a Juan García de Oteyza, con quien trabajó Bravo Varela en el Instituto Cultural de México en Washington, y la propia despedida de esa vida burocrática, del poeta que memorizaba el pulso del río Potomac, las caras de los indigentes y, a lo lejos, el perfil de Manhattan. Bravo Varela vuelve a declarar los altos vuelos de una poesía que ha sido reconocida en otras latitudes: publicado en España por Manolo Borrás en la prestigiosa casa de Pre-textos y hasta oscareado en el reconocimiento cinematográfico al soundtrack de la película Frida, donde hay tres canciones con versos de Bravo Varela, que hoy con tanta poesía en las venas, tantos ensayos por andar y tanta música callada por cantar en cada lectura con la que desmenuza el alma de San Juan de la Cruz o los versos memorizados de T. S. Eliot le marca un Hasta aquí a las posibles tribulaciones y pendencias que ha superado, a los que han intentado ningunear su imbatible vocación de veras y a quienes aún no se animan a leerlo.

Quiero que estas líneas sean un abrazo fuerte que intente saldar la impagable deuda de gratitud que le tengo por sus traducciones perfectas (de Oscar Wilde, del propio Eliot y de poetas que se volvieron entrañables porque precisamente los tradujo él) y por sus ensayos, como juego de tenis, de ida y vuelta, revelando el pensamiento andante de un joven sabio, pero sobre todo por sus versos, que dan ganas de plagiarlos y enviarlos a los buzones de tanto cantamañanas a quien me dan ganas de marcar un hasta aquí… pero mejor, me pongo de pie, intento un aplauso y mando el abrazo hasta al.

j.f.h.l.1962@gmail.com