Agua de azar

De gravedad

Es de gravedad que las obras de cualquier artista pasen a ser pasto de opiniones de nacionalismo recalcitrante por parte de quienes ni siquiera las conocen.

Celebro con sincera admiración todos los premios que ha obtenido merecidamente la película Gravity, y en particular el reconocimiento ya muy atrasado que le debían a Emanuel Lubezki (que ahora todos llaman El Chivo), siete nominaciones y finalmente ya con la estatuilla de oro que otorga Hollywood. También considero encomiable y más que merecido el Oscar de Alfonso Cuarón como mejor director por esa película que tiene muchos aciertos, pero que ha suscitado las anécdotas y curiosidades más enrevesadas y surrealistas.

Empecemos por el periodista subnormal que en una conferencia de prensa preguntó a Cuarón y Lubezki sobre “las dificultades humanas y técnicas de haber filmado en el espacio”. El prodigioso instante de desconcierto fue salvado por el propio Cuarón que, habiendo dirigido una mirada cómplice a Lubezki, le respondió al ingenuo que efectivamente había sido difícil considerando que estuvieron “tres meses en el Soyuz y había que subir las cámaras” y un etcétera que se ha convertido en largas carcajadas en YouTube, a pesar de que el periodista subnormal diga ahora que su pregunta fue intencional y que, desde luego, él sabía que se trataba de una broma.

Una vez concluida la fiesta de los Oscar, llama la atención el alud de ocurrencias demenciales en torno a la película y su director. Está el inexplicable contingente que se ha intolerado porque esperaban que Cuarón mencionara el conflicto social de Venezuela, “debido a que es mexicano” y está el nutrido grupo de inconformes porque el director no dedicó su premio precisamente a México, y me atrevo a suponer que debió mencionar La nave de los monstruos con la genial actuación de Piporro y las supersexis extraterrestres que bajaban de una nave espacial con bolsa y peinados de crepé o quizá también mencionar a los Polivoces o Clavillazo en cualesquiera de sus muchos intentos por flotar en el espacio exterior en una nave de hojalata. Hay quienes se quejan de que habló en inglés y los que le critican precisamente la manera en que habla inglés o los que se emocionan con las palabras en español que le lanzó a su mamá también y hay quienes opinan sobre los pormenores de premiar la fotografía de una película que esencialmente depende de computadoras y escenarios impalpables y los que agradecen que sea la primera película sobre el espacio sideral que respeta la verdad inapelable de que lejos de nuestra atmósfera no hay sonido, con lo cual todas las explosiones de la guerra de las galaxias y todos los capítulos de los perdidos en el espacio se acaban de extinguir en un vacío irrefrenable.

Las cosas como son: la película Gravity obtuvo siete premios Oscar, de los cuales dos salieron del teatro en ambas manos de su director Cuarón y no hay razón alguna para demeritar el orgullo y la felicidad que esto genera. Sin embargo, es de gravedad que en este mundo globalizado, la canica azul que vemos en silencio desde las estrellas, se preocupe por nacionalizar el arte, mariachizar el tema con reclamos donde se confunde la cultura del nopal con la cultura cinematográfica y así con los cineastas nacidos en México a quienes se juzga por el idioma con el que se proyectan sus obras en pantalla o las tramas de sus guiones, y así también con una actriz africana-norteamericana que en el Lupita lleva ya el manto para que algunos necios intenten explicar su oficio como un asunto exclusivamente azteca. Es de gravedad que las obras de cualquier artista pasen a ser pasto de opiniones de nacionalismo recalcitrante para una inmensa mayoría que ni los ha leído o que ni siquiera acudieron o pudieron acudir a las salas de cine donde se proyectaron sus obras.

Fabrizio Mejía Madrid ha recordado con lucidez el cuento “Calidoscopio” de Ray Bradbury. El cuento narra la tragedia de un puñado de astronautas que naufragan en el inmenso silencio del espacio, intercomunicados con sus radios, ya sin las mochilas de oxígeno y tan sólo con el aire que le queda circulando en sus trajes. Bajo los cascos, los astronautas a la deriva intercambian sus últimos parlamentos sobre el sentido de la vida y la proximidad de la muerte, las cuentas pendientes entre ellos… y, salvo el final o desenlace (que en pluma de Bradbury es no sólo poético sino genial) el cuento tiene más de un paralelo y semejanza con el guión cocinado a cuatro manos entre Alfonso Cuarón y su hijo, Jonás. No sale en el cuento Sandra Bullock en calzones ni George Clooney abandonado a su suerte sin dejar de parecerse a mí, pero sí hay muchas tangentes similares y exhorto a su lectura, fácilmente localizable en internet entre los muchos cuentos de Bradbury que flotan en el espacio.

No acuso de plagio ni mucho menos quiero intentar empañar los triunfos de un cineasta que ya se volvió histórico. Sólo quiero insinuar que a los miles de espectadores que hemos admirado Gravity no nos vendría mal saber si acaso Jonás o el propio Alfonso Cuarón tuvieron en algún rincón de su hipotálamo el recuerdo de ese cuento titulado “Calidoscopio” de Ray Bradbury o que nos compartieran lo que parecería una obviedad: toda historia –así sea la trama original de una aventura en el espacio—se finca en las lecturas que nos han nutrido desde que todos convertíamos una caja de cartón en nave espacial, con el cepillo de dientes como micrófono para hablar a la base en Houston o Marte y el ventilador como retropropulsor conectado a las antenas de la vieja televisión en blanco y negro. Digo que parecería sano bucear entre las muchas páginas de la literatura que ha nutrido precisamente la posibilidad de que toda trama cinematográfica se vuelva una obra de arte y no negar o silenciar u obviar que los libros de H.G.Wells, Julio Verne, Isaac Asimov o un solo cuento de Ray Bradbury los lanzaron al espacio en tinta y papel mucho antes de que existiera tanta tecnología. No reconocer tanta magia es de gravedad.

jorgefe62@gmail.com