Agua de azar

Fuera de sí

Las dos caras de la máscara, entre la comedia y la tragedia, se quedan hoy mirando al vacío, sin palabras ni voces clonadas.

Robin Williams llegó a la Tierra a finales de la década de los setenta, envuelto en un huevo inmenso. Se llamaba Mork, venía del planeta Ork, donde los bebés nacen en la tercera edad (en la teleserie, su padre era interpretado por su ídolo, el genial Jonathan Winters, recién nacido a los 60 años de edad). En esa época en que John Belushi, Dan Akroyd, Gilda Radner, Chevy Chase, Bill Murray y demás santos invencibles del mejor humor estadunidense dominaban las pantallas de la televisión parecía poco probable que Mork, el alienígena incontenible de chistes en ráfaga, imitaciones instantáneas y gestos de hule en la cara, pudiera alcanzar el inmenso éxito que logró cuando sus programas llegaron a los 60 millones de espectadores a la semana.

No son pocos los cómicos estadunidenses que han llenado de inolvidable felicidad el hipotálamo de quienes los admiramos y que, de pronto, deciden esfumarse de este planeta con una salida trágica y los ojos se llenan de sal. Robin Williams pasó la última tarde etílica y psicodélica con John Belushi en el famoso Chateau Marmont de Los Ángeles, horas antes de que el genial Bluto Butarsky acabara con su vida en un vendaval de cocaína mezclada con heroína escanciada con mucho bourbon. Robin Williams fue coetáneo de Chris Farley, quien se hinchó las narices de nevadas de cocaína y marejadas de whisky en el hígado hasta reventarse el pecho (luego de haber cenado siete cortes de carne roja con medio kilo de mantequilla encima). Y, sin embargo, parecía que Robin Williams enfrentaba por ciclos los demonios de su depresión y adicciones tan parecidas a las de esos genios, y así lo demostró cuando brincó de las pantallas de la televisión a las grandes telas del cine.

Robin Williams dejó suficientes personajes entrañables y actuaciones ejemplares en las pantallas grandes como para que en estos días en que se percibe una generalizada tristeza por su muerte no nos podamos poner de acuerdo sus admiradores para decidir cuál es de veras su gran papel. En realidad, Robin Williams encarnó una amalgama ecuménica de todos ellos, pues en cada actuación no dejaba de ser él mismo, aunque hiciera el papel disfrazado de niñera gorda o terapeuta con barba (que le valió un Óscar), o pordiosero enloquecido o médico frenético resucitador de catatónicos sin remedio. Era, al mismo tiempo, el genio azul de Aladino y el entrañable profesor de literatura que recitaba como nadie los mejores versos de Walt Whitman para inmediatamente intercalar imitaciones de John Wayne, hablar al vacío como iluminado o bailar como loca de carroza, mariposa sin jaula.

Williams era de hule, y parecía que había logrado confeccionarse un caparazón irrompible, capaz de imitar al personaje de sí mismo cuando interpreta al desconsolado marido que viaja al más allá en busca de su esposa, que murió por propia voluntad en un mar al óleo de dolor y depresión. Hoy sabemos que el propio Williams decidió su partida con el nudo cerrado de esa misma enfermedad y sí, parece que al filo de su sonrisa todos veíamos la brillosa saudade de una tristeza constante, el miedo a la soledad e incomprensión, el pavor al fracaso y los vacíos que parecían disiparse en cuanto aceleraba la taquicardia de su humor desatado, y entonces: venga el desfile de mil voces, los chistes en ráfaga, la libre asociación de las palabras, el rap de la adrenalina imparable, todas las caras y disfraces posibles, la nariz roja, los tirantes de colores, la gesticulación a la velocidad de la luz, relincha un caballo en los labios de quien intenta describir a una mujer horrenda y de pronto el llanto de un bebé a la mitad de un chiste donde imita a tres presidentes al mismo tiempo, y luego, aunque parezca inverosímil, algo muy parecido al albur con sus juegos de palabras, los contrasentidos, los aforismos a la Groucho Marx, la gimnasia rítmica del humor más allá del pastelazo fácil capaz de convertirse en parlamento serio de personaje serio en una escena en serio, ya tan lejos de la serie de televisión.

El público se vuelve a veces implacable y exige la clonación del mismo chiste, la repetición constante de la misma imitación y confunde con chistes —y con desatinada frecuencia— los momentos y las palabras que uno quiere decir en serio. A menudo, el costo que paga el bromista por el hecho de serlo se paga con el impuesto inapelable de quienes simplemente no lo dejan abandonar ese papel. El alcoholismo y variadas adicciones que habían torturado a Robin Williams fueron advertencias de que por debajo del maquillaje había cicatrices de silencio y soledad, miedos infranqueables y toda la neblina dolorosa de la depresión que terminaron finalmente con su vida.

Es muy triste cuando se van los actores que han logrado hacer inolvidables a los personajes entrañables de nuestra más íntima memoria cinematográfica, pero me parece aún mayor el desconsuelo cuando el que se va ha sido un provocador de alegrías constantes, proveedor de carcajadas abiertas y gozne enigmático entre lo que se llama humor de veras y parlamentos en serio. Las dos caras de la máscara, entre la comedia y la tragedia, se quedan hoy mirando al vacío, sin palabras ni voces clonadas. A mí me parece que esa máscara ya sin ojos cree ver las estrellas, la Luna más grande posible y, en medio del terciopelo interminable del espacio, un huevo galáctico como nave amniótica donde viaja ya para siempre, en posición fetal, el niño que tanto nos hacía reír. Supongo que vuelve al planeta soñado donde quizá encuentre la serena paz que tanto necesitaba en medio de todo el ruido de los escenarios y todas las luces del circo enloquecido desde donde lo echo de menos.

j.f.h.l.1962@gmail.com