Agua de azar

Entiendo que no entiendo

Sueño de opio o cráter de ozono, lo cierto es que la taquicardia de estos días acentúa confusiones, caldea opiniones y enreda toda explicación.

El incierto biorritmo de la semana insinúa en algunas latitudes la desaparición del otoño y de la primavera; es decir, el planeta se encamina rápidamente a pasar directamente del verano al invierno y viceversa, dado que el fenómeno no se debe a la aceleración en la rotación sobre el eje ni a una variación en la traslación, sino al calentamiento que niegan los políticos y payasos que aseguran que todo es un invento chino. Sueño de opio o cráter de ozono, lo cierto es que la taquicardia de estos días acentúa confusiones, caldea opiniones y enreda toda explicación: son días de la lenta desaparición de Bob Dylan, una vez que se anunció su Premio Nobel, y la abrupta desaparición de Javier Duarte, una vez que se le concedía licencia como gobernador del estado que ensangrentó y ordeñó durante los pasados años. De la voz tipluda y aguda de Dylan queda en suspenso el misterio que explique si su reclusión se deba al rechazo, renuencia o renuncia, y de la voz tipluda de Duarte queda el recuerdo imborrable de que se ufanaba en admirar al dictador Francisco Franco, y no sería extraño que se encuentre escondido en una suerte de personalísimo Valle de los Caídos, de todos los caídos de la gracia de la corrupción impune, el autoritarismo ilimitado y el cinismo funcional.

Entiendo que no entiendo, lo cual ya parece ventaja sobre tantos que simplemente no entienden que no entienden, pero eso no aligera la madeja enredada donde de pronto se suman semanas de absoluta confusión sobre confusión. Al tiempo que proliferan imágenes de asaltos en las calles, los gobernantes se concentran en hablar de la sincronización de semáforos; al tiempo en que crecen las especulaciones sobre lo que sea, proliferan los profetas de las afirmaciones contundentes. En tanto siguen las narraciones de secuestros y simulacros, escasean las explicaciones racionales y todo se desata en increíbles ocurrencias: un bardo nefando decide celebrar el centenario de un oprobioso equipo de futbol plagiando el himno de otro equipo de futbol (como si los tiempos e internet no mostraran al instante la banalidad de su cochupo), una pandilla de dementes aislados, esparcidos por diferentes regiones de Estados Unidos, deciden sembrar el terror disfrazados de payasos y sus videos —verídicos o simulados— se vuelven contagio en callejones mexicanos. En realidad, entiendo que no entiendo lo del hermano incómodo de Obama, el Dr. Jekyll y Mr. Roemer en la Unesco, la verborrea machista de Trump —que en más de una cantina de México le valdría para una ronda— o la irracional oleada venezolana que esconde su rostro de violencia en la Universidad Autónoma de Madrid para gritarle a Felipe González y Juan Luis Cebrián adjetivos irracionales, y todo el sinsentido que de pronto parece nublar estos días que deberían ser de otoño.