Agua de azar

En busca de Malik Bendjelloul

Me propongo llegar el domingo a Suecia para ver si alguien puede hablarme del verdadero paradero del documentalista galardonado, muerto a los 36 años con todas las películas posibles por delante.

Me hubiese gustado llegar a Estocolmo el próximo domingo y emprender la búsqueda sin mapas de Malik Bendjelloul, sin más pretexto que la admiración instantánea que contraje por su ya afamado documental Searching for Sugar Man (Buscando a Sugar Man, 2012). La película de Bendjelloul obtuvo el Oscar como mejor documental en 2013 y ganó el BAFTA inglés que otorga la Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de la Televisión, y además otros premios que no quiero recordar, pues es sabido que Malik Bendjelloul iba por el mundo en busca de historias para narrar, filmar tramas insólitas sobre las inciertas aguas del azar, hilando coincidencias inexplicables y conformando un rompecabezas de imágenes en el que las personas se vuelven personajes, las entrevistas como diálogos del inconsciente y el hilo fino de los milagros.

A finales de la década de los años noventa, Bendjelloul anduvo de aventón por las carreteras de Sudáfrica en busca de cuentos que pudieran convertirse en las películas que deseaba filmar como plan de evasión, biografía renovada y totalmente alternativa a la vida que había llevado hasta entonces en Suecia. Hijo de un físico argelino y de una pintora sueca, Malik había trabajado de niño-actor en una popular serie de la televisión sueca, y luego pasó a las filas de los reporteros de la televisión pública en Estocolmo, hasta que la chamba le colmó el plato y decidió producir y dirigir sus propios documentales, logrando notables retratos filmados de los cantantes Rod Stewart, Elton John y Björk, entre otros, hasta soltar amarras y, como un barco con bandera azul de franja amarilla, lanzarse a recorrer todas las geografías posibles en busca de esa historia que el azar nos tiene reservados a todos con el secreto encargo de que seamos capaces de narrarla. Muchos ni se enteran y otros, amedrentados por la magia, jamás llegan a lidiar con el misterio inmarcesible de narrar esos pedazos de vida, esos milagros encerrados en una mirada o el instante que se vuelve eterno.

Bendjelloul escuchaba una música pegajosa en la cinta que llevaba ya gastada en su automóvil el arcángel hasta entonces anónimo que le daba aventón en una carretera perdida de Sudáfrica. Resultó que el conductor llevaba como apodo el título de una de las canciones que escuchaba con devoción todos los días en esa cinta, de ida y vuelta al trabajo y de ida y vuelta a un tiempo que parecía ya olvidado: esa música había sido soundtrack prohibido, himnos memorizados por una inmensa mayoría que se había arriesgado a combatir el nefando apartheid que hoy parece mentira que era el orden de las personas y la ley de las cosas en Sudáfrica, en ese tiempo en que Mandela seguía preso sin que supiéramos cómo había envejecido tras las rejas, y sin que los campeonatos de futbol ubicaran realmente en el mapa a ese país que todos suponíamos por inferencias que estaba en algún lugar allá abajo.

Imantado por la música, Malik aprendió del conductor ya convertido en amigo que el cantante y compositor de las canciones ya casi memorizadas se llamó simplemente Rodríguez, un enigmático cantautor de guitarra a lo Dylan y melodías entrañables de origen mexicano que inexplicablemente había vendido miles de discos —la mayoría de ellos en forma clandestina— en la Sudáfrica de la represión constante, la censura imbatible y el absurdo maniqueísmo bicolor. Se decía que el tal Rodríguez se había suicidado enfrente de un auditorio repleto de fanáticos que coreaban sus canciones, e incluso había quien aseguraba que se había inmolado, envuelto en llamas con su propia música de fondo.

Malik tardó cinco años en cuajar el hermoso documental donde recorre la ruta del fantasma Rodríguez hasta dar no solo con las huellas de su vida, sino con él mismo, absolutamente ajeno al éxito que habían tenido los dos discos que llegó a grabar cuando quiso dejar de ser albañil. Malik lo encontró vivo y coleando, de albañil en el olvido, en las abandonadas calles de Detroit; el documental narra la aventura de su localización, el absurdo del anonimato cruel en el que caen las canciones que todos cantamos sin saber que las regalías no son para el cantante, o los libros que se lanzan a la mar del mundo editorial sin jamás volver a manos de sus autores con premios o reconocimientos, o siquiera la noción segura de que alguien los leyó en algún lado, en algún tiempo.

Ayer apareció muerto Malik Bendjelloul en su casa de Estocolmo; la policía descarta hasta el momento cualquier posibilidad de asesinato y no hay nadie que sepa las razones del cómo o los porqués. Me pregunto si en la repisa más cercana a su último instante de vida quedó fija la mirada de la estatuilla dorada del Óscar, el impávido, o si acaso se escuchaban sin cesar canciones de un pasado que logró salvarse del olvido precisamente porque nadie muere de veras mientras sea recordado por alguien. Millones de personas conocen ahora la fabulosa historia de Rodríguez y muchos tarareamos sus canciones como mantras contra la amnesia injusta de los olvidos inmerecidos, pero me propongo llegar el domingo a Suecia para ver si alguien puede hablarme del verdadero paradero de Malik Bendjelloul, cineasta nacido en Ystad, cerca de Malmö, documentalista galardonado, muerto a los 36 años con todas las películas posibles por delante en su casa de Estocolmo, a donde pretendo llegar el domingo para seguirlo buscando.

jorgefe62@gmail.com