Agua de azar

Una armadura en la selva

Me propongo que para todos los abriles que pueda, se lean entrelazadas ambas novelas para honrar la deuda de gratitud impagable que tengo con sus dos autores inmortales, ambos entrañables y ejemplares…

Llevo el nombre de un caballero inexistente. Ha tiempo que la lógica de la modernidad y la inteligencia de los teléfonos forzaron la exclusión del santoral oficial la figura literaria de san Jorge, caballero andante que libró feroz batalla en la Capadocia medieval para salvar a una doncella que merece ser Emperatriz y, de paso, convertir en amigos a todos los habitantes de su aldea. El 23 de abril se ha convertido en la fiesta del libro y de la rosa para conmemorar a Miguel de Cervantes y a William Shakespeare, quienes murieron hoy mismo aunque la diferencia en los calendarios determina que no se volvieron eternos el mismo año. También se recuerda al Inca Garcilaso, muerto en misma fecha y condenado al olvido de saberse ya casi no leído por nadie, y tengo para mí que el 23 de abril debería servir para celebrar a todos los escritores que se han vuelto inmortales en abril —como Sor Juan Inés de la Cruz, Mark Twain y ayer mismo, Gabriel García Márquez— o casi, como Adolfo Bioy Casares, Octavio Paz y Carlos Fuentes.

Mi infancia está marcada por la lenta recuperación de la memoria de mi madre, que salió de una larga amnesia auxiliada por su hermana Lola, apuntalada por los afanes de mi hermana en una labor diaria por ayudarla a recuperar el nombre de las cosas, los rostros familiares y su biografía entera. Vivíamos en otro idioma, y por la edad nosotros también teníamos que señalar todas las cosas con el dedo y se complicaba definir la realidad donde una silla más robusta que las demás se llama sillón, que el agua adquiere nombres por su color y que se sirve en lo que parece florero pero se llama jarra. En la adolescencia, mi madre volvió a habitar todos los nombres del español y a la fecha su memoria florece y se hilan en recuerdos de incontables historias, aunque el tiempo se encarga de ir sembrando de olvido muchas sombras entre tantos árboles. Fue en la adolescencia cuando la lectura de Cien años de soledad empezó a convencernos de que nunca estamos solos. Entre las plagas que azotan a Macondo está el insomnio que provocó que llegaran a sentarse a la mesa los habitantes de los sueños ajenos: al no poder dormir las Úrsulas y los José Arcadios, los Aurelianos y tantos nombres que sobrellevaban la vida como sonámbulos, solo podían soñar despiertos y los fantasmas de sus sueños deambulaban en la vigilia como hologramas compartidos por los demás; por esto José Arcadio, el patriarca, “con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanga, guineo. Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar el día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad”. Fue haciendo un diccionario viviente: colocaba letreros de una realidad escurridiza, donde todo habitante veía pastando a un animal cuyo letrero daba instrucciones: “Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con café y hacer el café con leche”.

En la primera lectura de mis Cien años de soledad y en todos los párrafos con los que precisamente intento abatirla, he leído al mundo con un inmenso compendio de nombres con sus respectivas inscripciones de uso, incluso con los nefandos capítulos de todo abuso imaginable, resucitada la sana convicción de que vivir es leer la vida, toda la que nos rodea incluso con los muertos que se nos convierten en sueños, y amanecer cada madrugada con la vocación convencida de que es uno quien redacta las páginas del diario, capitulando los afectos que le dan sentido a la trama y escribiendo con pasos hacia la verdad las claves que pueden desenmarañar cualquier enredo sin adelantar desenlaces ni preocuparse por el punto final.

Faulkner leía cada año el Quijote y, a sugerencia de Carlos Fuentes al iniciar mi doctorado en Madrid, desde hace 27 años acostumbro que abril sea para leer el Quijote de Cervantes por primera vez, cada vez la primera y cada abril confirmar que esa, la madre de todas las novelas, se escribe conforme es leída. Uno lee en murmullo el instante en que Cervantes hila las palabras de un párrafo con una pluma de ganso afilada por siglos, y es inevitable revivir la infancia donde a mi madre le sugerían leer en voz alta las páginas de esa misma novela, al mismo tiempo en que la alternaba con la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo. Por algo me creo historiador y elegí estudiar esa carrera, pero también así me fue el día en que en plena cátedra intenté convencer a un profesor de la anécdota inverosímil en la que Hernán Cortés se enfrenta a los molinos de viento en Cholula, o el pasaje donde Alonso Quijano y su fiel escudero se acercan a los volcanes para tocar el hielo en busca de azufre para los cañones de su hueste imaginaria.

Este abril, la lectura del Quijote ha sido entre mariposas amarillas y el gitano Melquíades que intenta evitar que el cura y el barbero quemen la biblioteca en algún lugar de la Mancha. Me propongo que para todos los abriles se lean entrelazadas ambas novelas para honrar la deuda de gratitud que tengo con sus dos autores inmortales, ambos entrañables y ejemplares… tanto como el caballero san Jorge o el Caballero de la Triste Figura, cuya armadura quedó oxidada en algún lugar de la selva de cuyo nombre no quiero acordarme, tan cerca de Macondo y tan cerca de la metáfora del valeroso varón que intenta honrar con una rosa la belleza de la mujer sinpar, abatiendo así cualquier dragón que se me ponga delante.

jorgefe62@gmail.com