Agua de azar

El año que fue trece

Esos 12 meses habrían de vivirse con adrenalina, lo que aquí se lee como bitácora de un vértigo en una montaña rusa que habría de frenarse en el último instante del último día de diciembre, cuando llegó el 14.

En un callejón oscuro de Nueva Orleans se escuchan unos disparos que no logran confundirse con los cuetes que dan la bienvenida a los primeros segundos del día primero de enero de 1913. La policía llega a la escena y arrestan a un niño de 12 años de edad que empuña el revólver. Lo llevan detenido a una correccional de menores donde pocos meses después, ante la desesperación que provoca su inquieta conducta, el director decide darle una trompeta para intentar entretenerlo (en vez de seguirle propinando azotes). El niño se llama Louis Armstrong y antes de que termine ese año —que para muchos parecía de malos augurios— ese infante ha de intentar copiar en notas musicales el vuelo inasible de una mosca imaginaria, y debuta con una orquesta que ya empieza a olvidarse del ragtime decimonónico e inaugura el acelerado jazz que ha de marcar la taquicardia de un siglo que amaneció con una premonitoria ráfaga de balazos.

Es el año de la víspera de una Gran Guerra imprevisible, o bien profetizada con el intenso electrocardiograma de tantas vidas que se aceleraban en discursos, partituras, pinturas, prosa y poemas. Serán 12 meses en los que coinciden sin conocerse durante apacibles paseos por los jardines de Schönbrunn en Viena, el joven revolucionario que ha de convertirse luego en el monstruo llamado José Stalin y un entonces anónimo pintorcillo de acuarelas llamado Adolfo Hitler. Allí mismo vive un piloto de pruebas para la casa Mercedes Benz llamado Josip Broz, que años después ha de tiranizar a Yugoslavia con el seudónimo de Tito.

El año inicia en París con largas filas de visitantes al Museo del Louvre que insisten en depositar ramos de flores marchitas ante el muro donde colgaba la Mona Lisa de Leonardo da Vinci, robada dos años antes, y recuperada en Italia antes de que termine este año enrevesado en que Pablo Picasso y Georges Braque asombran al mundo con eso que llaman “cubismo” en la gran exposición internacional con la que conquistan Nueva York.

Es el año en que Igor Stravinsky estrena La consagración de la primavera y Coco Chanel abre una tienda de ropa en París y Prada, otra en Italia. En su consultorio de la calle Bergstrasse número 13, en Viena, el doctor Sigmund Freud sorprende a los hombres de su tertulia de los miércoles invitando a participar con ellos a Lou Andreas-Salomé, la mujer que ha de preparar para las artes del psicoanálisis, la misma que había embelesado a Nietzsche, Strauss y a Rilke, quien en enero alquila una habitación en Ronda creyendo que el clima de España ha de lograr mitigar su melancolía. Meses después, el poeta ha de viajar a Viena y charlar con Freud, ya distanciado en abierto parricidio cometido por C. G. Jung al tiempo en que el padre del psicoanálisis escribía Totemytabú. Es también el año en que el nervioso e intranquilo Franz Kafka se queja de los tediosos horarios de la oficina de seguros donde trabaja de día y del poco silencio que logra convocar en su casa durante las largas madrugadas del año 13, cuando cuaja como telaraña un relato titulado La metamorfosis, al tiempo en que se desvive escribiendo carta tras carta, infatuadas todas, a Felice Bauer, a quien apenas había conocido por encima; luego, meses más adelante de ese mismo año, ha de volver a verla en Berlín, donde parece que se juntan todas las nervaduras de un caldero que habría de explotar sin que nadie pudiese precisar el cómo: ni el vetusto y envejecido emperador Francisco José y sus barbas apatilladas, quien reinaba sobre todo un mundo desde 1848, ni tampoco su sobrino Francisco Fernando, preocupado, profético e inquieto por tantas señales de anárquica intranquilidad social y política en Serbia.

Florian Illies es un periodista alemán, autor de varios títulos de inmensa popularidad, que ahora publica TheYear Before the Storm (Melville House, 2013), su primer libro traducido al inglés, que ocupa por hoy estos párrafos como acicate o aliciente para que algún valiente intentara completar el periplo con los meses del 13 que se vivieron en México, España u otras literaturas e historiografías concéntricas y adláteres a las que provocaron la minuciosa atención de Illies. El cronista alemán se concentra en los intensos panales que fueron París, Berlín, Viena o Trieste, y con imaginación literaria y refinada lupa de periodista lleva a sus lectores por un delicioso viaje donde quizá efectivamente faltan anécdotas de las andanzas de Pessoa y sus heterónimos en Lisboa, o los enredos de eso que llamamos La Decena Trágica y asesinato de Madero en la Ciudad de México, pero para el propósito propuesto por Florian Illies se cumple cabalmente con el ánimo de ofrecer en párrafos cortos anécdotas verificables y algunas conjeturas verosímiles aunque inverificables de tantas vidas, tanta biografía leída y tantos hechos trascendentales a lo largo de un año que habría de marcar precisamente el amanecer del siglo XX.

El año 13 en que Marcel Duchamp sorprende al mundo del arte con la enigmática desnudez de un cuadro que desciende por una escalera como neblina de un tiempo por venir, para luego renunciar a la pintura y decidir expresarse en versos enrevesados. Al mismo tiempo, el pintor Oskar Kokoschka se refugia literalmente en el seno de la recién viuda Alma Mahler en un óleo viviente, donde se entrelazan como fatalidad los celos y la veneración, durante los mismos días en que Gustav Klimt sigue viviendo con su madre a la edad de 51 años, y en Praga un científico llamado Albert Einstein no soporta ya la vida en pareja con su Mileva, y en otras ciudades pasa lo mismo con Arthur Schnitzler o Hermann Hesse, quien busca refugio en la única medicina que intenta remediar desasosiegos para los escritores: eso que llaman “literatura”, que entrelazada con el hilo de los días configura la rara historiografía de ese año en que Charles Chaplin firma su primer contrato cinematográfico, o Henry Ford introduce la producción masiva en línea de su automóvil para todos, y tantos que habrían de vivir con adrenalina el decurso de ese año que aquí se lee como bitácora de un vértigo en una montaña rusa que habría de frenarse el último instante del último día de diciembre, cuando llegó el 14.

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