Agua de azar

El álgebra del misterio

Ante el imperio de las amnesias y la práctica de acomodar el pasado según antojos del presente, tenemos el escudo de nuestra memoria; ante las imposiciones del engaño, tenemos el silencio de nuestra conciencia.

Con el honroso pretexto de que un libro de cuentos titulado El álgebra del misterio (segunda reimpresión, Fondo de Cultura Económica, Universidad Iberoamericana, 2013) llegue hoy a su segunda reimpresión, me permito aliviar las aguas de este jueves con el prólogo con el que abre sus páginas. Lo hago por tres razones principales: quiero agradecer a todos y cada uno de los lectores que lo agotaron en su primera edición y primera reimpresión, considerando que es imposible que mi madre y mis tías hayan comprado todos los ejemplares (como se los pedí); quiero lanzar el anzuelo para los potenciales nuevos lectores de esas páginas y así augurarle corta vida a la recién nacida segunda reimpresión y, por último, no quería dedicar esta agua al cincuentenario del asesinato de John F. Kennedy, hablar del traje sastre de Jackie manchado de sangre, la trayectoria de la bala mágica, los viejos noticieros en blanco y negro, el mundo donde todo el mundo fumaba y tantos enigmas que en realidad también pertenecen al álgebra del misterio.

Hoy, como ayer, lamento que haya tantas instancias que distraigan nuestra cotidiana posibilidad de confirmar las magias del azar. Basta que uno se concentre en alguno de los muchos vericuetos de cualquiera de las realidades que nos rodean para descubrir que las tediosas rutas de las rutinas están rodeadas por paisajes ignotos, que los libros que damos por leídos en nuestros estantes contienen párrafos inertes que se nos escaparon en las lecturas del pretérito y que hay gestos y pensamientos deslumbrantes en las frases de las personas que damos por conocidas.

Lamento que haya quienes intentan forzar las coincidencias, fingir afinidades o forzar convergencias. Basta que uno no se ofenda por la presencia de equívocos inexplicables, que no nos alteren las simetrías y sincronías que se repiten sin cesar y que no nos amedrenten los vaticinios y premoniciones que se cumplen inevitablemente, para que uno viva la realidad de los sueños, la eternidad de un instante y la efímera belleza de cualquier momento monumental.

En torno al predecible desenvolvimiento de la costumbre se alzan las fórmulas invisibles del álgebra del misterio: una trigonometría siempre inconclusa que insiste en recordarnos que el umbral de lo fantástico está más cerca de lo que pensábamos, una matemática sin números donde las cifras son fechas que se nos han quedado en la memoria o músicas que abultan el placer de nuestros sentidos. Como una neblina privada y agradable, el álgebra de nuestros respectivos misterios determina qué cosas se volverán perdurables en nuestros sentimientos y qué personas vivirán para siempre en nuestras mentes. Sin formularios autoritarios ni sentencias irrevocables, el agua de azar que nos baña se encarga de configurar los nichos que correspondan a nuestras amnesias y los anaqueles que resguardarán nuestros recuerdos.

Ante el alud de información que nos embarga el cerebro, tenemos siempre el remanso de los datos aislados, las historias insólitas y las ocurrencias impredecibles. Ante el imperio de las amnesias y la muy socorrida práctica de acomodar el pasado según los antojos del presente, tenemos siempre a la mano el escudo de nuestra propia memoria. Ante las ruidosas imposiciones de la falsificación o el engaño, tenemos el silencio de nuestra conciencia.

Desde niño he sido propenso a detectar simetrías y chiripadas —“coincidencias inútiles” las llamó Bioy Casares—, que se me aparecen en los números telefónicos y en las fechas entrañables, en los nombres de los amigos y en los sueños que se prolongan en la vigilia. A diario me baño con agua de azar y descubro constantes confirmaciones de que los equívocos sin importancia que conocía Antonio Tabucchi y las apariencias que me unen a Antonio Muñoz Molina, más allá de sus letras perfectas, no solo existen sino que flotan entre la realidad y los deseos como una secreta fórmula de una ciencia indescifrable. El álgebra del misterio que conoció Pessoa es el azar mismo, el que justifica que nos siga apasionando una mirada de miel en los ojos y que nos sigan encantando los párrafos siempre desconocidos de un libro que se vuelve entrañable por la sola magia de que lo leamos en silencio. Hablo de la sensación de contemplar un muro enamorado con bugambilias, hablo de los planes de viaje que no tienen caducidad, sea para volver una vez más a Xalapa o porque vamos a conocer Venecia por primera vez en la vida. Hablo de los paseos que recorren nuestros mismos pasos y de las personas con las que se establece una afinidad eterna en el instante de conocerlas.

Desde siempre, y a diario, envuelto en las magias impredecibles del azar, expuesto a los vaivenes accidentales de lo cotidiano y propenso a las sincronías inexplicables, procuro sosegar las euforias que generan este tipo de epifanías y mantener una suerte de serenidad ante la adrenalina que puede generarse con tan solo imaginar un buen párrafo en la cabeza, con solo cruzar una mirada irrepetible o escuchar una frase que en ese instante se vuelve eterna. Sucede con las personas y con los párrafos, con la pluma fuente, la calle empedrada, la trompeta de Louis Armstrong o las partituras desconocidas de Jan Sibelius. Está en los asientos vacíos de un tranvía en Lisboa y en las desconocidas montañas de Perú. No tiene valor comercial ni cotiza en la bolsa de lo que llaman valores, no se puede cuantificar ni encasillar dentro de los estrictos cánones de cualquier credo. Es una felicidad etérea, una luminosidad oscura, una exclamación en silencio y un lamento sin lágrimas. Es algo muy parecido a la lectura y es lo que convierte a los besos en uno y el mismo, interminables... en el álgebra del misterio.