Agua de azar

Las alas de flores amarillas

Mañana será el primer día de los primeros cien años de una soledad interminable. Escribo estas líneas con infinita tristeza, con la atrevida osadía de escribir escribiendo a la sombra de un escritor que vive ya desde hace tiempo su merecida eternidad y también como si con estas palabras diera un abrazo para Mercedes, Rodrigo, Gonzalo y toda su familia, todo Macondo y todos los mundos que son los millones de lectores que lloran sobre sus párrafos.

En alguna ocasión le comenté que mis padres perdieron a una hija antes de que yo naciera y antes de que se publicara Cien años de soledad y que me propongo llevarle un ejemplar al más allá, llegado el momento, para que mi hermana pueda leer ése y todos los maravillosos párrafos de Gabriel García Márquez en esa niebla intemporal donde imagino toda una legión de autores inmortales ya contertulios de Gabo: William Faulkner contrastando la geografía de Macondo con su novelado condado de Yoknapatawpha, Francisco de Quevedo cotejando los bemoles de una muerte anunciada, Ernest Hemingway al aplauso del oficio del mejor periodismo posible y su paso a literatura pura, el Dante paseando entre nubes con el relato ya intemporal de un amor eterno aunque naciera en los tiempos del cólera o Miguel de Cervantes al descubrir que su novela madre de todas las novelas comparte al fantasma de un caballero andante cuya armadura quedó oxidada no en los Campos de Montiel sino en algún lugar de la selva de cuyo nombre no quiero acordarme.

Gabriel José de la Concordia García Márquez nació en Aracataca, Colombia el 6 de marzo de 1927 y llegó a México hace más de medio siglo para fincar para siempre todo lo que tienen de universal sus letras. El periodista minucioso, lector voraz y cronista puntual se convenció de querer escribir para ser querido, para ser cada día más querido por sus amigos y por los afectos instantáneos que establecen sus páginas al paso de las generaciones y por encima de las fronteras. Lo sabe el campesino chino que imagina las tramas en caracteres milenarios y el estudiante veracruzano que ha padecido aguaceros que parecen durar toda la vida, lo saben las mujeres austríacas que parecen volar con el primer vals y los camareros de París que han atendido las madrugadas de los poetas desvelados; lo saben los cientos de taxistas en Buenos Aires o México que no le cobraban el viaje al escritor que había demostrado en todos los idiomas el milagro absolutamente convincente de un ángel amarrado a la panza de un árbol en medio de un patio y la epifanía de una mujer que al tender las sabanas se eleva en vuelo hacia las nubes y lo sabe el maestro agnóstico de geografía en una escuela de Madrid que sin embargo podría jurar ante un tribunal que en verdad existió un gitano llamado Melquíades que recorría el mundo entero ofreciendo inventos y cosas de encantamiento, y lo sabe la taquimecanógrafa jubilada en Manhattan que se conmueve cada vez que recuerda a José Arcadio Buendía derritiendo pescaditos de oro.

Pertenecemos a una generación que soñaba viajes al espacio mucho antes de que alguien alucinara en vivo el alunizaje y ya desde entonces — incluso, desde antes— García Márquez era ya un escritor que había convertido a los paisajes más diversos del mundo en espejos de su literatura y los habitantes de cualquier paraje podrían identificarse con la saga maravillosa de sus cuentos y novelas, sus publicaciones en periódicos, revistas, entrevistas y todos los sabores que emanaban de cada una de sus andanzas. Para miles de lectores, como en los principios de Macondo, el mundo era tan reciente, que muchas cosas había que señalarlas con el dedo.

Cuando la Conquista de Nueva España, Bernal Díaz del Castillo no encontró mejor manera para entender las insólitas escenas y escenarios con los que se enfrentaron los soldados españoles que creer recordar que ya las había leído en el libro de Amadís. De igual manera, pero de la mano de la prosa perfecta de Gabo, sus lectores fuimos asimilando que las mentiras que se contaban entre tatarabuelos embusteros no eran locuras sin chiste sino eurekas similares a las que sintió José Arcadio Buendía al descubrir por sí mismo que la Tierra es redonda como una naranja. El universo se volvió legible, y todas las sorpresas del mundo entendidas como si fuesen cosas que ya se habían leído de la pluma de García Márquez. Ante cualquier asombro, uno no puede menos que sentir que se acerca a tocar el hielo y que esa experiencia se volverá inolvidable, aun frente a los pelotones de fusilamiento que depara el destino.

Gabo fue un hombre enamorado de una mujer incondicional que lo apoya y entiende desde el primer instante de su memoria compartida, fue un padre generoso y creativo que encendió la imaginación de sus hijos y nietos, tanto como la ilusión de miles de lectores que con sólo leerlo se contagian de las ganas de contar lo vivido y vivir para contarlo. Gabo fue un periodista comprometido con informar a sus lectores con veracidad puntual e investigación de niño curioso los laberintos de un dato, tanto como el paisaje de una biografía y fue un amigo inquebrantable de sus amigos, a pesar de que no todos los demás compartieran sus fidelidades.

Hoy mismo en una niebla incierta viajan en un tren sin tiempo Carlos Fuentes y Gabo escuchando una cátedra de Julio Cortázar sobre el jazz. Llegan a la misma estación donde Fermina Daza vuelve a mirar a los ojos a Florentino Ariza, el Otro verdaderamente enamorado de ella y fiel ya para toda la vida, superada la sombra del Dr. Juvenal Urbino, marido en discordia y en el andén otros amores contrariados a la sombra de la abuela desalmada de Eréndira cándida, del Coronel sin correspondencia en el mundo y así se irán sumando en nubes todos los personajes de la literatura ya incombustible de un hombre bueno, Premio Nobel de Literatura que escribía siempre con flores amarillas sobre su escritorio como mariposas que volaban con cada sílaba que va hilando en el instante mismo en que hoy nace el próximo nuevo lector de sus páginas, siendo ya el primer día de los primeros cien días de los primeros cien años de una soledad interminable, pero compartida y yo no puedo parar de llorarlo.

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