Agua de azar

Vuela la esperanza

Todo el estadio se concentraba en ver cómo el balón trazaba su perfecta curvatura en el aire, un proyectil que buscaba el área teledirigido por el ánimo de gol inevitable…

La desolación mundialista por culpa de una engañosa naranja y la afortunada publicación de Tiempo de compensación. Para leer en la banca (Ediciones del futbolista, Ficticia/Mantarraya ediciones, 2014) me permite intentar un consuelo con la siguiente confesión: no sin pudor, a menudo la doctora me recuesta en su diván e intenta convencerme. Según sus teorías, todos los problemas que enredan mi vida cotidiana, cualesquier trastocamiento de mi personalidad y el impredecible guiño que pellizca mi párpado derecho sin aviso se deben a la pasionaria filiación que le profeso al F. C. León. No diré que es una religión para no mancillar mi devoción por la Madre Santísima de la Luz (patrona de León, cuyo manto casi curó de la ceguera a Rigo Tovar), y tampoco diré que es un fanatismo irracional (los resultados de la gloria demuestran que hay fundamentos de la lógica para seguirle yendo a mi equipo del alma).

He vivido prodigiosos instantes que convencerían a cualquiera de que el Nou Camp es en realidad un estadio con magia: el gol de cabecita hacia atrás de Uwe Seeler (aunque, jugando para Alemania, en el fondo fue un lance felino), la mítica desbandada por la izquierda de Salomone (que se salió del estadio y llegó a Silao en cuarenta y dos minutos: récord mundial), el vuelo suprahumano de Darío Miranda vestido de Pantera Rosa, iluminado por su tío el obispo. ¿Cómo no evocar la mítica estela de La Tota Carbajal o de Costa, Conrado, Battaglia en el brillo que resguardaba la mirada de mi padre, o los fantasmas de Chepe Chávez y Guillén, Mantegazza y Batocletti, que siguen apareciéndose en el espejo del sauna donde acostumbro bañarme los sábados?

No intento hilar en estos párrafos todas las anécdotas posibles en torno a la grandeza inconmensurable de mi León, ni mucho menos hacer una justificación clínica para la doctora. Lo que quiero registrar de una vez por todas es el milagro, aún no reconocido por Roma, del verdadero vuelo de mi esperanza. Muchos creerán que me refiero a la triste noche en que mi hermano Antoto tuvo a bien lanzar desde la tribuna una hielera de cervezas (para lo que quizá valdría aclarar que estaba vacía y, aunque reprobable el hecho, se debió a una ira colectiva por el evidente cochupo de un empate previamente pactado con el Toluca, nefando equipo que nos ganó un título con el catenaccio de Ricardo de León); otros pensarán que me refiero al reciente instante en que El Maza o Márquez saltaron como gacelas entrelazadas para rematar ambos un balón colgado o el vuelo del gringo imbatible para detener un penal… Pero no, el verdadero vuelo de mi esperanza se congeló en mi memoria una distante noche que ya ni encuentro en el calendario. Fue una noche templada en la que un León-Atlante no prometía más anécdotas que las predecibles: mi equipo volvería a eclipsar cualquier intento de triunfo de los descendientes del general Núñez (tal como el legendario 10-0 del 58 nos había condenado a ambos equipos para siempre: es decir, siempre le gana el León al Atlante y punto).

El nazareno marcó tiro de esquina y en lo que se cobraba ese córner (sin que pudiera imaginar que estaba a punto de cristalizar el vuelo de mi esperanza), el fiel aficionado verde que se ubicaba a mi derecha lanzó como neblina de su memoria la frase aparentemente innecesaria: “Esto me recuerda cuando representamos a México en los Panamericanos”, refiriéndose —¡claro está!— al hecho jamás repetido, histórico antecedente de orgullo leonés que la Patria olvida injustamente, ese heroico papel cuando el F. C. León representó a México en los Juegos Panamericanos, camiseta verde —cambio de escudo— y calzones blancos en una época en que México jugaba de camiseta color vino, rojo sangre con calzones azules. “¡Y por eso México juega de verde!”, exclamó el anónimo arcángel al instante en que se cobraba el córner, y así como todo el estadio se concentraba en ver cómo el balón trazaba su perfecta curvatura en el aire, un proyectil que buscaba el área teledirigido por el ánimo de gol inevitable que ya llevaba tatuado sobre sus cueros desde el instante en que salió de la falsa hipotenusa de la esquina abanderada, así también yo me concentré en ver el sigiloso acercamiento, auténticamente felino, de J. Concepción Rodríguez, cuya camiseta se veía más verde que nunca precisamente por la intensidad con la que preparaba el milagro: las manos extendiéndose como garras, la mirada fija en el balón que se colgaba en el aire, la cintura como una taquicardia zigzagueante que dejó boquiabiertos a dos rivales del Atlante que no se explicaban el fenómeno indescriptible: al filo de la media luna del área grande, Concho Rodríguez, lanzándose de palomita —“en plancha” dirían si jugara en el Real Madrid—, como ave libre siendo león puro en trance de un zarpazo monumental que le permitió sacudirse la melena en más que cámara lenta, cámara eterna, segundos interminables en los que todos vimos, absolutamente todos —compañeros del León glorioso, rivales del Atlante estupefactos, miles de espectadores enmudecidos, el Universo detenido en las pantallas de la NASA— el autogol más hermoso de la historia.

j.f.h.l.1962@gmail.com