Agua de azar

Vivir en Madrid

PARECE QUE LLUEVE buganvilias para quizá convencerme de que vuelvo a Madrid como quien nunca se fue de allí, con ganas de alfombrarle las calles con párrafos de cuentos morados, con otras novelas más allá del doctorado pendiente y con la música de mis hijos

Apartir del próximo jueves las aguas de azar de cada semana se vuelven trasatlánticas y fluirán puntualmente desde España. He sido invitado a ampliar mi colaboración en el diario español El País y volveré a Madrid, de donde salí hace quince años para venir a México, enfrentar un cáncer, despedir a mi padre, ver a mis hijos convertirse en hombres, sobrevivir dos infartos, publicar un puñado de libros, acompañar a dos perros orejones en sus tribulaciones diarias, gozar cada una de las tertulias con amigos escritores que no reniegan de la música y confirmar que la felicidad es un instante fugaz que se convierte en eternidad si uno lo desea con los ojos cerrados.

Tres lustros de aguas de azar confirman que se me concedió hacerme amigo y ya no solo admirado lector de un gaviero intemporal y de su mejor amigo que era el hijo de un telegrafista de mariposas amarillas; también de un poeta universal que grabó en rara voz sus versos sobre piedras de calendarios concéntricos; de un hombre que escribía letras como caligramas chinos; de un poeta que tejía cuentos perfectos para el principio de todo placer o novelas que se rescriben de generación en generación, y de otro mexicano universal que lo mismo enterraba espejos de infortunios que revelaba los secretos de una casona inexistente en la calle de Donceles.

Aquí me hice amigo de editores de las mejores tipografías, de los escritores que me enseñan el oficio en cada entrega de sus párrafos y de músicos trovadores que hacen microhistoria en cada una de sus canciones. Aquí me hice hermano de Lichi, que no pasa un solo día sin que escuche su prosa cantada en montuno callado, y de su hermano Rapi que, junto con los poetas Francisco Hernández, David Huerta y el pintor Rafael Sánchez de Icaza me salvaron literalmente la vida hace exactamente catorce años, siete meses y nueve días, tan solo por el hoy en el que intento que me perdonen tantos y todos los afectos que no puedo mencionar uno por uno, aunque intente reunirlos bajo el inalienable compromiso que contraje —sin que él lo sepa— con Juan Villoro: hace cinco años, al sufrir la peor cornada de un infarto, Juan escribió un hermoso lazo de amistad en tinta que sería digno epitafio de no haber salido publicado sin fecha de defunción y sin que me haya ido de este mundo. Pero sabiendo lo que opina y me quiere uno de los mejores escritores de este México, no queda más que intentar estar a la altura de ese afecto en cada línea que vivo, en cada paisaje del mundo y en este México donde intenté conseguir trabajo por todos lados, o recuperar una beca para seguir escribiendo sin tanto desasosiego y desesperación que causan tantas chambas y chambitas que al final no pagan, o las desesperadas esperas de largos meses en dependencias e instituciones que tampoco pagan... y por todo eso y por mis hijos —que son las dos mejores personas que conozco sobre este planeta— pedí la oportunidad que se me concede ahora en otro País, aunque vuelvo a España tal cual me fui hace casi treinta años: con una máquina de escribir al hombro, varios cuentos escritos en tinta morada, la ilusión de doctorarme como historiador y la idea de una novela que alfombrara con claveles la Gran Vía.

Quince años después, el agua de azar no ha de cesar ya nunca más, con mi gratitud trasatlántica por todos y cada uno de los periodistas que me han ayudado a navegarla en barquitos de papel periódico infalible sobre este mar de noticias de México que, ya sabemos, se leen siempre más terribles, sangrientas, telúricas y llorosas desde lejos. Afuera parece que la lluvia ha logrado que una buganvilia llore en morado al vaivén de la alerta sísmica que todo chilango lleva bajo la piel desde hace treinta años. Afuera, parece que llueven buganvilias para quizá convencerme de que vuelvo a Madrid como quien nunca se fue de allí, con intactas ganas de alfombrarle las calles con párrafos de cuentos morados en otras libretas y quizá, la sorpresa indescriptible de otras novelas más allá del doctorado pendiente y de la música que ha de florecer en la imaginación ilimitada de mis hijos y en la inmensa deuda de gratitud que contraigo cada jueves con cada uno de los lectores de esta columna, que continuará...


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