Agua de azar

Visión de Reyes

ESTÁ VIVO CADA vez que se sabe leído, más por el acierto de la editorial Casimiro al publicar 'Comprensión de España', donde se retrata a don Alfonso en sus textos españoles, sus charlas de café, sus paseos como reflexiones

Alfonso Reyes llegó a Madrid el 2 de octubre de 1914. Un año después, que es como decir ayer, publicó Visión de Anáhuac. Me gusta ver su sombra que aún deambula por la calle de General Pardiñas, el entrañable barrio de Salamanca que se va abriendo a su paso no como la cuadrícula aséptica que rodea al Parque de El Retiro, sino como el conglomerado de sabores y olores que tanta vida le dan a Madrid: don Alfonso que se detiene a ver cómo desempacan melones en una frutería y decide tomar un café en una vieja cafetería donde alguien confunde por un momento su sombrero. El hombre que avanza vestido con un traje de tres piezas viene de París, de un exilio disfrazado de trabajo como segundo secretario en la embajada de México, representación del gobierno del usurpador general Victoriano Huerta (que le había ofrecido al joven Reyes ser su secretario particular, y que para bien de las letras no aceptó) y entonces —desde entonces— Reyes se perfilaba a convertirse en lo que Héctor Perea ha definido como "el más español de los escritores mexicanos".

Lo veo subir por Alcalá con carrete si es que hace calor y lo imagino claramente de abrigo, a las puertas del Ateneo, si acaso ha empezado la rasca del frío que baja de la sierra sin piedad y como aviso de lo que será el invierno. Se le escucha en cada uno de los párrafos en los que fue desgranando una suerte de preocupación por España, no el asombro eléctrico del turista de hoy en día, sino la mirada interesada del lector de las calles y contertulio de cafés donde se discute la realidad y los errores, el poder y la desolación del mundo que ya vivía la Gran Guerra. Está vivo cada vez que se sabe leído, más por el reciente acierto de la madrileña editorial Casimiro, al publicar Comprensión de España, una breve antología reunida por Sebastián Pineda Buitrago, que retrata a don Alfonso en sus textos españoles, sus charlas de café, sus paseos como reflexiones donde se confirma que el ensayo es no más que pensamiento andante —quizá por eso esel centauro de los géneros, como decía el propio Reyes.

Lo podemos repetir como mantra contra el síndrome del Jamaicón: algo tiene México que, de lejos, se acerca. No hablo de la baba simplona de la añoranza boba, sino de la nostalgia digerida que conforma la íntima etimología de la palabra saudade: esa feliz tristeza como lánguida neblina que a veces llena de agua salada los párpados, pero que siempre aclara como amanecer los rostros de la distancia. Reyes pensando en México en la medida en que ya participaba en tertulias invaluables al lado de Ortega y Gasset, Unamuno, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez y Pío Baroja, con los libros de Cervantes y de Quevedo, con quienes comparte esa suerte de preocupación crítica por España, y así una claridad incisiva sobre México y todo lo hispanoamericano. Por ello es que escribe el libro que escribe hoy hace exactamente cien años: una Visión de Anáhuac que le advierte al viajero que se detenga para mirar de lejos, tan de cerca, el idílico paisaje de nuestro paisaje, el sabor de la piña y el color indescriptible del mamey, la caligrafía perfecta con la que un tlacuilo trazó los canales de la Gran Tenochtitlán, el vuelo de las aves que no son más que colores en medio de la grisura distante con la que los mira el ensayista que pasea mentalmente no solo por las apariencias de México en lejanía, sino por las entrañas más íntimas de su esencia. ¿Qué es México y en dónde queda para el mexicano que viaja lejos de ella?, es pregunta que nos hacemos todos los que vemos con vergüenza a los paisanos empulcados a dos calles del Museo del Prado, sin visos ni ganas de visitarlo, pero también pregunta que se hace el preocupado becario que hoy mismo abre las fojas de un legajo en el Archivo de Indias en busca de otro laberinto histórico que explique la memoria que compartimos de aquí y de allá, los paisajes que se parecen, las calles que se entrecruzan, el agua del azar que fluye en cada una de las sobremesas de una tertulia donde un poeta de quién sabe qué orilla ha decidido leer en voz alta el poema de una rosa que se abre, dulce flor de Castilla que florece en un lugar que parece inventado: allí donde se juntan dos lagos y sobre el que al paso de los siglos se instala la ciudad más grande del mundo, intacta en la memoria de quien ha transitado, ya para siempre, la región más transparente del aire.


jorgefe62@gmail.com