Agua de azar

Tatuaje de Madre

Aparece cuando uno confirma que sus decisiones ante los engaños y la firmeza ante los abusos responde a la sabia tinta que llevamos bajo la piel como sangre.

No niego que hay hombres que dejan huella en la biografía de los demás, pero me concentro por hoy en las mujeres cuya sola presencia impregna sin tiempo la vida que las rodea. Hablo de quien construye en silencio —y a veces, en cada conversación— una suerte de apostolado por la vida en la que cualquiera puede contagiarse de su convencido tesón por asumir cada amanecer como un milagro y cada madrugada como meta. Hablo de quien puede edulcorar palabras, hilvanar recuerdos, evocar recetas antiguas o sugerir consejos con la aparición instantánea de una carcajada vital, y disimular con íntegra elegancia cualquier dolor que la aqueje. Hablo entonces de la mujer como madre que deja el tatuaje de sus virtudes, impresos los valores que nos distinguen de los demás, en la piel de sus herederos. Madre como tatuaje la estrella al hombro de quien prefiere la honestidad por encima del engaño, madre como tatuaje en quienes hablan incluso los conflictos en vez de actuarlos en la enrevesada y etílica confusión de la reacción sin pensar. Madre como tatuaje la preocupación constante por sus crías, que se extiende a sus nietos, pareja, hermanos y todo conocido cercano, a contrapelo de quienes simplemente parece que no tienen madre: esos que fardan condecoraciones militares o burocráticas creyendo que el éxito de sus mentiras y negocios son tatuajes, cuando en realidad no son más que manchas nefandas sobre su confusa conciencia.

La madre que sobrevive cualquier atentado a la memoria se vuelve tatuaje en las facciones que hereda en fotografías y en las palabras que conversaba de sobremesa o al filo de la almohada, charlas que se descongelan en el recuerdo en cuanto sus crías las repiten o al instante en que sus nietos ejercen con limpio criterio (con la inocencia que confiere el tatuaje que pasa de generación en generación) la distinción entre lo que debemos hacer y lo que podemos provocar. Tatuaje de madre cuando uno confirma que sus decisiones ante los engaños y la firmeza ante los abusos responde más a la sabia tinta que llevamos bajo la piel como sangre, que a la ira que contagian quienes creen tener siempre la razón.

Llevo como tatuaje el valor inquebrantable de mi madre, que sobrevivió a la amnesia provocada por un trombo cerebral y que cuadriculó mi infancia como la lenta travesía como testigo de una mujer que recuperaba palabra a palabra los nombres de todas las cosas del mundo. Ella también se fue tatuando sobre su biografía, en cada paso de su recuperación hasta hoy, signos y señales, las palabras mágicas, topónimos y gerundios con los que define lo que es verdadero, bueno y bello, heredando como tatuaje la capacidad para distinguir y evitar lo falso, lo feo de esta realidad enrevesada, y lo malo que nos rodea como humo de neblina engañosa. Es como si mi madre llevara como tatuaje en la piel de su cara la memoria viva de imaginación en flor que se le nota cuando sonríe tanto como cuando la veo dormida, y celebro cada día de su vida que alimentará memoria como madre.

También pienso en otra mujer entrañable que honro como madre ejemplar. Pienso en la mujer que ha sobrellevado con entereza el dolor y los quebrantos que provoca la misteriosa enfermedad llamada Lupus, como lobo invisible que repta por los cuerpos minando con dolores constantes articulaciones, pulmones, sistema nervioso, riñones, hígado y el rostro, que queda tatuado como una leve mariposa en flor a la que no todas las mujeres sobreviven y no todas logran transformar en huella que se vuelve legado, una roja mariposa que sonríe cuando ve en sus crías la dignidad heredada, el afán por multiplicar el tiempo y el compromiso diario de no dejar para mañana lo que hoy mismo puede amanecer. Quizá por eso el 10 de mayo, Día de las Madres, se dedica a la conciencia mundial sobre el Lupus.

Los periódicos dicen que Estela de Carlotto, Presidenta de la Abuelas de la Plaza de Mayo, ha sido informada de un milagro. A los 83 años de edad se ha confirmado que su nieto —secuestrado por militares al nacer— ha sido localizado: se ha llamado durante 36 años Ignacio Hurban, músico que se suma a los 114 hombres y mujeres que, tras una biografía adoptiva, allende el rencor y la ira, han sido resucitados en la vida que llevaban bajo la piel, quizá sin saberlo aunque muchos lo presentían. Doña Estela no cesó en su lucha por encontrarlo desde la infame mañana en que le fue entregado el cadáver de su hija Laura, asesinada por militares que colaboraban en el operativo de poner en adopción a los hijos de las víctimas y deshacerse de las madres como quien busca borrar un tatuaje indeleble. Quedan 400 casos pendientes, y conforme pasa el tiempo se reducen las posibilidades de que los nietos perdidos lleguen a conocer a sus abuelas, eslabón donde se origina por herencia de siglos el tatuaje que hoy lleva en la cara Guido Carlotto, otrora conocido como Ignacio Hurban, músico que había colaborado en un concierto de las Abuelas de la Plaza de Mayo, sin saber que entre el mar de cabelleras blancas envueltas en pañoletas como palomas que los profesionales del odio llaman locas, se hallaba la madre de su madre, con lágrimas tatuadas en el rostro donde basta tan solo tener de veras corazón para reconocer las facciones que nos nombran, los gestos que nos identifican, la serena dignidad ante el oprobio y la alegría dibujada en los labios de las mujeres que dejan huella, porque son espejo donde los hijos reconocemos la primera alegría de respirar. No puedo evitar que estas líneas sean una despedida para Laura, quien apenas tuvo a su hijo en brazos durante unas horas, antes de que se lo quitaran, antes de que la mataran y así, por ejemplo, quiero dedicar estas líneas a una doctora notable, pareja perfecta, madre y abuela incondicional, hermana amorosa y amiga incondicional que no necesito nombrar para que se sepa que me trató como a un hijo y que no pienso olvidar jamás el hermoso tatuaje de su ejemplo.

j.f.h.l.1962@gmail.com