Agua de azar

Sombra del mundo

Así como Nir Baram ha pulsado las contradicciones de la llamada propaganda del miedo, así también ha procurado despertar conciencias porque abre la suya, desafiante y tolerante, hasta en los silencios que caben entre sus párrafos.

Vista desde un planeta aparentemente lejano, la sombra del mundo se pierde en la negra madrugada interminable. En espera de otro amanecer, parece solo despertar desolaciones, pero cuando se proyecta sobre la cara de ese planeta aparentemente distante desde donde alguien observa su rotación y traslación, esa canica azul muestra los rostros cambiantes de sus millones de habitantes.

Nir Baram es uno de los mejores escritores del mundo de hoy; columnista lúcido del periódico israelí Haaretz, nació en Jerusalén en 1976 y treinta años después su segundo libro fue finalista del prestigioso Premio Sapir. Nos hicimos amigos en México al presentar, junto con Jorge Volpi, su novela Las buenas personas (Alfaguara, 2013) durante la FIL de Guadalajara de ese mismo año. Pura agua de azar: tanto Volpi como Baram hablaban de sincronías y paralelos en sus respectivas próximas novelas; la de Baram, La sombra del mundo (Alfaguara, 2015) ha sido presentada en estos días y pronto se reconocerá debidamente la importancia de su trama paradigmática.

La sombra es la piel misma del mundo que habitamos hoy, escrito como quien mira en tiempo real la ominosa posibilidad que nos depara el futuro cercano. Es la desolación del paisaje destructivo del neoliberalismo económico y la redención de quienes aún conservan su dignidad; es el hartazgo en tinta de una nueva forma de la violencia donde se escuchan hasta la estratósfera los lamentos de tantos miles de jóvenes que no vislumbran un futuro mínimamente seguro para sus sueños, y es también la narración del descarado imperio de las empresas ya sin bandera fija que drenan a diario los talentos de sus empleados con la mano ya no tan invisible que les garantice ganancias constantes, mientras los esclavizados de diversa manera crean mantenerse fieles a la ética que se les enseñó en sus hogares. Es también el escenario multinacional de millones de lectores que han celebrado la novela, más que como llamada de atención, como retrato en lágrimas de seres que no niegan sentimientos puros en medio del desahucio: por un lado, la megaempresa global sin nombre pero con siglas que se especializa en artimañas electorales o grilla política, y por el otro, la historia de un revolucionario grupo de jóvenes desesperados que se proponen convocar a una huelga mundial que cambie las caras del mundo para siempre. En medio, se entreteje la vida de Gabriel Mantsur, empresario en quiebra, inversionista arruinado por promesas y burbujas impalpables de la economía que conocemos todos.

La fina prosa provoca que señores de poderosos despachos lean esta novela como llamarada de una nueva izquierda revolucionaria, al tiempo que no pocos progres liberales la tilden de manifiesto derechista. Es un atributo de las obras que llegan a sacudir la conciencia: hablar de la violencia que ya vivimos no como un recuento aséptico de la ruina del capitalismo utópico, sino como un relato entrañable que puede apuntalar, por contraste, los mejores valores éticos que quizá nos salven a todos. Lejos de moralinas, Nir escribe como quien vive la vida leyendo al mundo, consciente de que su país ha caído en un callejón agotado con los políticos populistas, los líderes enardecidos que solo ven como solución geográfica para Israel el enfrentamiento con sus vecinos. Así como Nir ha pulsado las contradicciones de la llamada propaganda del miedo, así también ha procurado despertar conciencias porque abre la suya, desafiante y tolerante hasta en los silencios que caben entre sus párrafos. Escritor coherente ante este mundo tan otro al que ayudaron a construir su padre y su abuelo, ambos funcionarios con rango de ministros en gobiernos laboristas de Israel.

Nir Baram parado en un planeta llamado Literatura con mayúscula, y lo que miran sus ojos engañosamente tristes se escucha como música en tinta. Allí donde se supone que las estrellas prefieren el silencio de las censuras, la callada suma de las ganancias y los embargos de los endeudados, Baram compuso como sinfonía La sombra del mundo donde viaja la melodía dramática de la desolación de tantos seres al tiempo que se escucha la íntima tonada donde se fragua la nueva definición para la esperanza. Que no se engañen el lector ni los políticos necios: esto no es estrella fugaz ni espejismo de asteroides, sino el inmenso planeta azul que, desde la nave del novelista, parece girar una vez más hacia la órbita que merecemos, al filo del abismo de todos los tiempos.

jorgefe62@gmail.com