Agua de azar

Shooting Star

Mañana será un nuevo día, un año nuevo… una vida que ha de escribirse con sílabas de otra saliva. Quizá ya sea demasiado tarde para preguntarte todas las cosas que quizá te urgía escuchar que te las dijera en silencio o a voz en cuello.

Canta el profeta Bob Dylan los versos que caben para terminar este año. Tal como él, he visto hoy noche una estrella fugaz y pienso en ti. Me acuerdo de ti al ver que se escurre la estrella sobre el terciopelo negro, como quien disipa una imagen. Estabas intentando abrir el telón y pasar hacia otro mundo. Un mundo que yo jamás conocí. Siempre me pregunto si acaso llegaste a cruzar hacia allá y hoy noche vi pasar nuevamente la estrella fugaz y pensé en ti.

Aquí y ahora, desde donde termina este año me quedo mirando por donde vuelas y pienso en ti, pero también pienso en mí. Me pregunto si yo sigo siendo el mismo, sabiendo que yo ya no soy el yo que fui, al filo de ser quien seré. Me pregunto si me convertí en lo que siempre deseabas que fuera, ¿le atiné a la guinda que señalabas como mi destino o me pasé de la raya con la que supuestamente me limitabas? Hoy vi pasar una estrella fugaz y me quedé pensando en mí mismo.

Pienso en el instante en que te has ido con la última sonrisa en la cara y pienso en la decisión final que asumió un amigo entrañable, al final de su túnel, confiado en que ya nada tenía solución, ya sin importarles el dolor como círculos concéntricos que dejan en todos los que quedamos, como cicatriz sin palabras, sin explicación alguna. Pienso en el dolor que quizá ya no sienten quienes se adelantan y el dolor que ya no quiero percibir, sustituido ya por calladas alegrías que rompen la distancia, la mirada intacta del mar, el ritmo con el que camina uno en plural o la conjugación de una respiración cuando se comparte en la madrugada.

Canta el apóstol con voz de nariz acatarrada que se escucha una campana cuando pasa esa estrella disparada, como si fuese el último carro de bomberos huyendo de un infierno impostado. Tanta gente buena rezando y en silencio. La última tentación y el último recuento de los días; quizá incluso la última oportunidad para escuchar el sermón en la montaña o el último radio donde suena una música rara donde cantan los profetas al cerrar un año más de vida pura.

Me quedo mirando la estela que deja la estrella como si fuese la sombra con la que te esfumas, la luz que queda de todo pretérito que se aleja de uno para intentar abrirse a otro mundo, una galaxia entera donde se guardan recuerdos y la baba de la nostalgia que hoy ya no tiene nada que ver con la saliva de nuevas palabras. Conversación que se inaugura, la sabana intacta de los sueños, el mar que se instala en medio de la madrugada como pulso de vida y me quedo mirando el espejo negro de la noche donde parece transcurrir la película de una vida entera, proyectada como en la sala de un cine, donde ya no parezco el que caminaba con prisa, el que hablaba de rencores y enconos. El silencio de hoy facilita la sensación convencida de que uno en dos puede respirar la tranquila paz de la serenidad, ajena a todo desasosiego.

Cierra el profeta Dylan cantando que hemos visto la estrella fugaz que se dispara sobre el incierto futuro de la noche interminable que apenas intentaremos inaugurar juntos, con la mano abierta, entrelazados los dedos incluso de lejos. Mañana será un nuevo día, un año nuevo… una vida que ha de escribirse con sílabas de otra saliva. Quizá ya sea demasiado tarde para preguntarte todas las cosas que quizá te urgía escuchar que te las dijera en silencio o a voz en cuello. Quizá las diga sin que me puedas ya escuchar, aunque confío en que de reojo mires que aquí sigo bien y todo va para mejor, quizá escuches como murmullo lo que ya no se dice de mi y lo que yo mismo puedo decirme al espejo.  Mañana amanece, empieza un año de vida nueva, una vía láctea totalmente soñada que se vuelve palpable en la clara mirada amarilla de luz que parece verde de tanta esperanza, envuelta en la cabellera negra de la noche, pintadas las canas como estelas, aliviada la espalda de tanta carga que ya no pesará mañana, aliviados de todo peso que sobraba.

De niño cantaba a voz en cuello que aquí siempre pasa algo, que por allá hay alguien que amenaza con agredirnos o con la punta de una pistola como dedo que aletea en discusión necia. De niño, encaraba el año que llega cada año nuevo  convencido de que nadie puede estar bien si todos están mal y convencido de que todo el ruido que puede llegar a aturdir se licúa con el silencio palpable de la serena voluntad en paz, las ganas de callar y una sonrisa dormida.

La lenta acumulación de libros leídos y conmemoraciones cumplidas durante este año que languidece estará a punto de renovarse con los centenarios por cumplirse y nuevos libros, las escenas desconocidas y tanta vida conversada que estarán por aparecer en cuanto vuelva a sonar la campana, sin incendios ni oleajes. Transcurre la tinta de todos los días con la convencida melodía de una música callada y todas las huellas que dejamos en la arena parecen pegarse a las suelas de los sueños como constancia de los paraísos que caminamos juntos. En el silencio de un santuario de soledad compartida los murales describen el paso de tantas promesas que uno mismo se puede cumplir sin alardes con tan sólo ser fiel a los mejores deseos que conforman la estela de las estrellas de todos los que se han ido, cruzando el telón de la noche eterna en busca de otros mundos. Ojalá estés allá y contemples otro tipo de luz, otros silencios y la calma que ansiabas desde aquí. En el santuario de la soledad hay una sinfonía ya compartida de silencio y complicidad callada, donde ya nada ni nadie altera la sonrisa con la que miro a la noche por donde creo que te escabulles, te escapas y me miras de reojo para verificar si estoy o no bien. 

Mañana será otro día y se acercan las horas para que llegue el año nuevo como página en blanco, a redactarse cada instante como párrafo pausado. Mañana vuelve la noche renovada, donde quizá de lejos vuelva a mirar la estrella fugaz que me recuerde tu rostro.