Agua de azar

Shalom

Celebro a todas las personas que hoy viven por primera vez la experiencia de vivir y sobrevivir, sobrevolar y volar esta FIL que es una y la misma, ahora por primera vez dirigida por Marisol Schulz.

No es la primera ni la última vez que utilice la palabra hebrea Shalom como título y saludo para estas páginas que pretenden seguir su curso como rio continuo y constante. No es la primera ni será la última vez que escribo estas líneas en máquina sin acentos y al vuelo de las prisas desde la carpa máxima de la FIL-Guadalajara y sin embargo parece que no ha pasado el tiempo y que los fantasmas de todos los escritores que se ha adelantado, la larga nómina de sus libros intactos, las portas relucientes y los párrafos sin estrenar acaban de llegar a las manos de una lectura por primera vez. Por allá se asoma la sonrisa en la mirada y el mar en los labios de la mujer más bella del mundo que parece iluminarle la página al escritor que deambula en la misma madrugada de siempre, renovado en cada letra y en cada sílaba que se forma en la conjunción de lectura compartida, ejemplar a cuatro manos y todos los escritores vivos que deambulan por delante como en la pantalla de un cine.

Hoy celebro la voz queda y quieta, la serenidad y tersura con la que habla y escribe David Grossman y celebro cada una de las letras de Amos Oz, mago en páginas esmeraldas y celebro la dentadura perfecta y la cabellera plateada de Mario Vargas Llosa, a quien aplaudo desde la butaca de un teatro como autor de una hipopotámica obra de teatro y la espléndida puesta en escena donde Ana Belén volvió a demostrar que precisamente no pasa el tiempo. Celebro el merecido premio al mérito editorial para Marcelo Uribe, al timón de la nao de toda una Era inamovible en títulos y autores intemporales e indispensables y celebro el merecido Premio Sor Juana Inés de la Cruz para Ana García Bergua y cada uno de sus párrafos y personajes, el edificio de sus cuentos y la villa poblada por sus novelas.

Hacía tiempo que le debía abrazos a Álvaro Enrigue por sus páginas en largos sets, punto por punto ganado en la raya donde se vencen los que no son escritores de veras como él en cada uno de sus saques As, top-spines y reveses de ensayo, novela y oficio y celebro que veo la alargada sombra de Juan Villoro, cada día más pródigo generoso, al filo de izarlo en hombros con el Premio Fernando Benítez… veo a todos los escritores que leo y que admiro en los pasillos de esta FIL que parecería la misma que vi inaugurarse hace 27 años, si no fuera porque cambian los stands y los estanquillos, varían los países invitados, crecen los lectores y surgen pantallas electrónicas donde parece que todos los niños leen o escriben o por lo menos hacen la finta de que van leyéndonos en un caleidoscopio interminable de novelas con cuentos que se enredan con ensayos y ese poema, único e irrepetible que se forma en los labios para que lo pronuncie el lector como si lo acabara de escribir.

Celebro a todas las personas que hoy viven por primera vez la experiencia de vivir y sobrevivir, sobrevolar y volar esta FIL que es una y la misma, ahora por primera vez dirigida por Marisol Schulz, primer libro de Merlina Acevedo, primera vez que se invita a Israel como país de honor, y de aquí que no hay que confundir con el noble pueblo judío que no necesariamente habita o transita el territorio israelí: Woody Allen habita Manhattan y Paris, las pantallas en blanco y negro y las páginas de sus cuentos y guiones perfectos, tanto como Franz Kafka habita Praga con una libreta robada de tapas moradas donde va hilando la terrorífica aventura de todos los que han de padecer procesos en contra, castillos en el aire y la metamorfosis del alma… pero Israel es la tierra de Amos Oz y David Grossman, del genial Etgar Keret, ardilla que salta de cuento en cuento multiplicando los confines de lo que llaman eternidad, el sentido de las palabras que se filtran en cada uno de los distinguidos y notales traductores que nos han permitido leer la literatura y cultura de Israel como si fuesen versos de una lengua milenaria que se escuchan con sabor a dátil y miel, que se saborean en palabras que parecen llevar más jotas que un baile y un carraspeo que no es más que el sonido de los sentimientos comunes que unen y diferencian al mismo tiempo a todos los lectores, tanto como la pantalla invisible del tiempo donde parecería que somos los mismos, que no aquí no ha pasado nada… que nunca antes nadie había querido saludar como quien se despide, honrar como quien calle con el silencio más respetuoso y celebrar cada autor y cada libro con el inmarcesible y polifacético afán de murmurar Shalom.