Agua de azar

Serpiente de nube

En Mixcoac estaban el lugar donde “los muertos eran más que los vivos” y la biblioteca del abuelo Ireneo, donde Paz aprendió a conversar con los difuntos, desde Góngora y Quevedo hasta Pérez Galdós.

Entre 1914 y 1937 Octavio Paz vivió en Mixcoac. Del año en que estalló la Primera Gran Guerra al año en que el poeta viaja a la Guerra Civil de España, muchas imágenes de ese lugar han quedado plasmadas en sus poemas y en sus recuerdos, testimonios de un lugar que ya no es el mismo y de un tiempo que ya pasó. Paz ha recorrido muchas laderas y laberintos, su obra abarca las más diversas expresiones y realidades. Como homenaje en su centenario hoy camino este breve recorrido por Mixcoac, espacio ahora porción de la ciudad más grande del mundo, y por los primeros tiempos —primeras letras— de este gran poeta.

Hace 100 años, Antonio García Cubas escribió que Mixcoac era “un pueblo (que) por su amenidad y por sus barrios de Atepuxco y San Juan, es uno de los sitios de recreo de los habitantes de la capital. Sus huertos y jardines producen excelentes frutas preciosas y variadas flores”. Lo que fue pueblo y hoy es enjambre añadido de megalópolis toma su nombre del dios prehispánico Mixcóatl, cuya etimología significa “serpiente de nube” y cuya representación es la Vía Láctea. Dios guerrero, Mixcóatl tuvo templos dedicados a él en la gran Tenochtitlan y aparece representado en los códices pintado de azul y cubierto de estrellas. Mixcóatl no muestra la cara: la lleva cubierta con un antifaz negro que es el cielo de las noches. “Mixcoac fue mi pueblo: tres sílabas nocturnas”, sílabas azules de un lugar que hace 100 años quedaba a una distancia de 50 minutos en tren de la Ciudad de México.

Era un pueblo aparte, una ínsula imaginaria en un México indefinido. Desde la capital, se llegaba a Mixcoac en tranvías amarillos que corrían sobre un terraplén, y desde Mixcoac Paz viajaba a la ciudad del Colegio de San Ildefonso en esos trenes que se volvían lectura de poesía, filosofía, política y novelas. En Mixcoac estaban el lugar donde “los muertos eran más que los vivos” y la biblioteca del abuelo Ireneo, donde Paz aprendió a conversar con los difuntos, desde Góngora y Quevedo hasta Pérez Galdós. En su casa aprendió francés con la tía Amalia, “ virgen somnílocua (que) me enseñó a ver con los ojos cerrados, ver hacia dentro y a través del muro”. El espacio se ha alejado de él mismo, se vuelve poema donde las paredes, el fresno, el pozo de agua… absolutamente todo se desvanece en una claridad de laguna mental. El barrio y la casa ya no son el idéntico lugar donde el joven poeta callaba al lado de su madre, “niña de mil años, madre del mundo, huérfana de mí (…) pan que yo cortaba con su propio cuchillo cada día”, y su padre, “montado al potro del alcohol”, destrozado sobre las vías de un tranvía que ya no pasa por aquella estación polvorienta de moscas donde una tarde al joven poeta le entregaron sus pedazos en un costal.

Lugar de libros y fresnos “que me enseñaron,/ bajo la lluvia, la paciencia,/ a cantar cara al viento vehemente”, árboles maestros, como su abuelo Ireneo, que le enseñó “...a sonreír en la caída/ y a repetir en los desastres: al hecho, pecho”. Mixcoac, marcado con la ancha calle de la Campana que daba al río de Mixcoac. “Era la mejor calle de Mixcoac. Casas sólidas de comienzos del siglo XIX. Muchas tenían ventanas de cuerpo entero, rejas a la andaluza, visillos blancos y persianas de madera”, o la calle de Las Flores cubierta de árboles frondosos y corpulentos en una de cuyas aceras se erguía el Colegio de las Teresianas y en donde, a la hora de entrada y salida de clases, se escuchaban “Voces de mujeres y piar de pájaros, revoloteo de alas y de faldas”. Mixcoac, compendio de arquitecturas: las casas de ladrillo que fueron el Colegio Williams y el Barton; la construcción morisca que se levantaba cerca de la vía del tren y que a Paz le parecía La Alhambra de Granada en pleno Mixcoac. Pueblo de familia, libros, artesanía y puestos de fruta. Pueblo fantasma repleto de patios con macetas, pájaros enjaulados y de las proyecciones del antiguo cine Jardín, pueblito de “parques y plazuelas, las graves poblaciones de álamos cantantes y lacónicos olmos, niños gorriones y cenzontles”.

La Vía Láctea de tres sílabas en azul nocturno era también el hogar de la higuera del jardín selvático de su casa. Medidora del tiempo, la higuera pasaba seis meses ennegrecida y el resto del año reverdecía; sus frutos negros, como antifaz de Mixcóatl, también ocultaban otro color: el rojo. “He pensado que comer higos es comer sol y comer noche (...) treparme en la higuera y escondido en el follaje, pensar que navegaba y exploraba el espacio. La higuera, por supuesto, no se movía ni un milímetro del suelo pero, yo arriba, en una rama como si fuera el mástil de un velero, veía el horizonte, veía las nubes y exploraba todo el tiempo”. Como un higo, como culebra de estrellas, es “un antifaz de sombra sobre un rostro solar”, desde donde Paz optó por la aventura de las letras y descubrió la poesía, en un territorio poblado de aventuras: las fiestas guadalupanas del pueblo con fuegos artificiales que iluminaban la noche, el descubrimiento de montículos prehispánicos, las voces y los colores del mercado, el olor y las formas de una panadería, las estaciones de tranvías, la casa de Valentín Gómez Farías que ahora lleva el nombre de su mentor José María Luis Mora; la casa de Joaquín Fernández de Lizardi, en donde se escribió la primera novela mexicana, o el patio del convento de Santo Domingo de Guzmán, en donde, a pesar del tiempo transcurrido, “es hermoso y contemplarlo al atardecer serena el ánimo”.

El espacio es el polifacético poblado del antifaz con estrellas, espectro de un pueblo cuyas antiguas calles ahora se han vuelto ejes viales que acortaron la distancia y los tiempos, el Zócalo y el Zacatito, volviéndolo ciudad. Desde este lugar salió Paz a un exilio temporal en Los Ángeles, California, y de Mixcoac salió para España en 1937. La diáspora lo llevó a conocer otros jardines y otras palabras; su espacio se ha multiplicado.

jorgefe62@gmail.com