Agua de azar

Previa primavera

Que nadie dude de que la primavera que ya viene nos trae un nuevo milagro de palabras, una obra al filo de torearse como si fuera un sueño ya largamente anhelado…

Al amanecer un marzo luego de un día que parecía noche intranquila cualquier lector puede sentirse convertido en un monstruoso insecto. Muchos años después, frente al paredón de varias pantallas gigantescas, el lector recordará el día en que su padre le demostró que el hielo es una piedra que llora. El lector buscará a su padre en un pueblo quizá llamado Comala, perdido entre un montón de piedras y lo encuentra en un lugar de la mancha tipográfica de cuyo nombre específico no quiero acordarme. Ni modo, qué le vamos a hacer. Aquí nos tocó leer: en la región menos transparente del aire donde se confunden las noticias con pesadillas ya consuetudinarias, donde los economistas no atinan a disculpar todos los errores de sus finanzas y los políticos se ufanan impunes ante su propio espejo de escorias. Amanezco aquí y en un presente donde presiento primavera como si acabara de cumplir veintiún años o ando rondando los diecisiete a tantas décadas que persiste el desvelo de una noche como cabellera de ojos verdes.

Amanece marzo y parecería que la partitura de los días se nos enreda en cada posible remanso de serenidad como una necia telaraña que empaña la palabra esperanza. Uno sueña que lee la descripción de una mujer que desciende por una montaña nevada y se derrite el hielo con su sonrisa. Decía Borges que entre las muchas cosas que había vivido quedaba como hecho central la existencia de las palabras, por encima de haber podido nadar en un río, el gozo de montar un caballo, enamorarse a diario de la mujer impredecible que ayer nadaba en dos océanos y hoy saluda en medio de una nevada o la contemplación de amaneceres y atardeceres, que en el fondo son uno y los mismos dependiendo desde qué punto del horizonte se contemplen.

Palabras son las desgracias que se nos desgajan entre las manos como realidades irrefutables y palabras los ánimos que justifican el largo instante de un abrazo en medio de la noche. Palabras las buenas intenciones de todos los justos seres anónimos y huecas palabras las justificaciones necias de todos los réprobos y reprobados que han robado de la calma ajena. Palabras las canciones que nos llenan la memoria de imágenes que parecían perdidas y palabras van poblando el calendario utópico de todo lo bueno por venir.

Parecería que marzo ha querido amanecer con la confusión de olvidar la primavera inevitable que llegará dentro de pocas semanas. Nostalgia de futuro, añoranza de lo aún por vivir o anticipación de flores, lo cierto es que marzo parece negar con sus locuras la primavera prometida que viene llegando a la vuelta de las esquinas. Se nos volvió a olvidar que la Ciudad de México es un valle de jacarandas que lloran por las tardes para que la lluvia las convierta en alfombra morada de las calles; se nos olvida dedicarle a diario unas pocas palabras, o el merecido silencio, a los cientos de víctimas que mueren a diario no sólo en los lejanos conflictos de los noticieros internacionales sino en el muy cercano luto que mancha a cada vez más vecinos de este y todos los Méxicos y se nos olvidan las palabras cuando dejamos que la garganta se nos inunde de rabias.

Es posible que estas semanas sean calendario propicio para volver a ponderar las palabras que nos dieron patria: la letra de los himnos y las promesas incumplidas de tantos discursos en el vacío. De allí pasar a realizar una honesta criba de todas las palabras hechas párrafos de tantos libros que no nos sirvan ya más en el estante y desempolvar los viejos volúmenes de la literatura intemporal que realmente nos brindan alivio y aventura para cada madrugada inesperada. Sería fantástico poder sentarse con el respectivo editor de cada guión personal, único y biográfico, y calibrar todas las palabras que se supone orientan el decurso de cada vida: eliminar entonces la palabra empeñada que en realidad no se empeñó y borrar el eco de la supuesta declaración de una incondicionalidad, posponer la caducidad de una promesa innecesaria y volver a calcular la palabra que se le asignó a un compromiso.

Hablo del sencillo ritual de vivir asido a las palabras de los libros que nos fermentan la conciencia y despiertan la imaginación. Todas las palabras que hiladas con sus respectivas letras confirman el supremo invento humano del abecedario; todas las palabras hilvanadas y entretejidas con música que confirman la música que nos acompasa incluso sin audífonos. Hablo del coro de las voces que nos rodean y todas aquellas que escuchamos en la danza lejana de las estrellas y hablo de todos los versos que se rezan en lo más íntimo de una angustia pasajera; hablo de los párrafos que conforman la literatura personal de un universo intransferible, aunque contagioso y a compartirse por todo lector que nos acompañe.

Ante ello, todo escritor no tiene más remedio que asumir el honesto martirio de la página en blanco, la adrenalina inaplazable de poder concluir párrafo a párrafo unas páginas que sustenten el desasosiego y las ganas de ser Otro, rebasar esta vida y sus guiones preestablecidos. Uno no tiene más que remitirse a las páginas pobladas por la grandeza ajena, contemplar desde el tendido de nuestra respectiva lectura las grandes faenas verbales que han cuajado tantas figuras del toreo literario y con sincera admiración izarlos en hombros no en abono de una adulación fácil, sino con la atrevida intención de imaginar que uno mismo es capaz de esperar su propio libro de gloria, entorilado en la puerta de los sustos, a la espera de que una primera línea —a porta gayola o en el centro del ruedo— demarque el inicio de otra faena. Que nadie dude de que la primavera que ya viene nos trae un nuevo milagro de palabras, una obra al filo de torearse como si fuera un sueño ya largamente anhelado… y para ello, desde hoy, previo a la primavera nueva que en realidad se extiende de la del año pasado, doy mi palabra.

jorgefe62@gmail.com