Agua de azar

Parar en corto

Como bateador, Derek Jeter se despide sumando en veinte años más viajes al espacio que la NASA, pero como mariscal de campo, emperador del diamante, cónsul de la antesala y rey del "shortstop", no se va en realidad...

Para muchos, el beisbol es tan indescifrable como la rara manera de pronunciar en inglés las vocales o la americanización de apellidos latinos: ¿cómo explicar que la A en Apple es la misma letra aunque con diferente sonido para nombrar Apartment y por qué razón hubo tanto bully de mi infancia que insistía en pronunciar mi apellido como Jernaandís? En lo segundo hay mucha mala leche, pero de lo primero solo se me ocurre que se trate de ignorancia o desinterés: los mismos ingredientes que orillan a mucho villamelón a criticar la ópera como pura esquizofrenia donde no es ballet, ni concierto de musical a secas, ni teatro ni escenografía, sino puros gritos en italiano que nadie entiende, o los muchos críticos improvisados en domingos de museo que aseguran que la obra de Picasso bien parece una antología de dibujos a crayola de algún kínder. Eso sucede con el beisbol: quien asegura que es el deporte más aburrido del planeta generalmente no ha visto jamás un juego o, habiéndolo visto por azar, jamás entendió de qué se trata.

Peor aún, los más entendidos tampoco han agotado todas las diferentes maneras de explicarlo. Decía un legendario profeta del micrófono que el beisbol era “un ballet sin música, un carnaval sin colombinas, un teatro donde se construyen sueños y se esfuman deseos”. Más de un poeta ve en el diamante de arcilla en medio de la verde eternidad del pasto bien podado una metáfora del paisaje de Ulises, que ha de volver siempre a home, a Ítaca luego de recorrer las bases donde Freud diría que son los tres tiempos claves de la vida humana, electrizados o edipizados por un batazo, palo con el que se le pega o no a una pelota que ha de volar al etéreo o ser atrapada por los filósofos que juegan en los anchos jardines de la eternidad.

No es lugar para intentar explicar el juego quizá más inexplicable, pues solo quiero hacer un elogio de un tal Derek Jeter que desde esta semana ya tiene garantizada la inmortalidad. Sucedió que el pasado 25 de septiembre este ídolo fehaciente firmó una de las escenas mágicas, esotéricas, cinematográficas e increíbles si no fueran ciertas, que hacen del beisbol el magnético enigma que hipnotiza a sus fanáticos: el Yankee Stadium lleno hasta los pasillos, parte baja de la novena entrada y ambos equipos empatados en lo que podría convertirse en una pesadilla de madrugada. El beisbol no se acaba hasta que se acaba o hasta que cante la Gorda, decían los buenos cronistas, y al igual que en el tenis (pero a diferencia del futbol, baloncesto o nado sincronizado) no hay tiempo. Es intemporal. No hay pitazo final hasta que se logre un milagro como el que materializó Derek Jeter con un solo batazo al jardín derecho con el que empujó la carrera con la que los gloriosos Yankees derrotaban de una solo golpe a los Orioles de Baltimore… y con ello, en esos breves segundos, dar por terminada su brillante trayectoria personal, su carrera de deportista intachable, como caballero de otros tiempos. Derek forever!

Se sabe que Jeter entra a la gloria con .310 de bateo, 3 mil 465 hits, mil 310 carreras impulsadas, 260 jonrones, mil 923 carreras personales, cinco veces campeón del mundo con los Yankees, de quienes fue capitán desde 2000… Abreviaré con solo agregar que se sabe que fue novio de Scarlett Johansson, Mariah Carey, Jessica Biel, Minka Kelly, Jessica Alba y no pocos hits con Madonna, entre otros méritos para la inmortalidad. Lo que quizá no se ha ponderado con justicia es reconocerle su digna y callada, sincera y ejemplar humildad de decidir retirarse a los cuarenta años, cuando sus facultades quizá todavía le permitirían otras temporadas (quizá en otros equipos) para engrosar los números de sus estadísticas ya de por sí inalcanzables o por lo menos garantizadas para largo plazo.

Jeter jugó como nadie la posición de shortstop, traducido como “parador en corto”, pronunciado en el Caribe como chorestó y asociado generalmente con las exigencias del Ballet Bolshói. Se trata del enguantado que ha de impedir que la pelota caliente se vuelva un meteoro con rumbo a los jardines, el atajador de centellas que ha de combinarse coreográficamente con el segunda base para intentar los milagros de las dobles matanzas, el halcón capaz de brincar dos metros en vilo para atrapar cualquier pedrada y el interceptor de metrallas supersónicas; pero en Jeter se trataba, además, del sereno caballero que se acercaba a home sabiendo que habría de pegarle a la pelota blanca a como diera lugar: ya a los confines de la estratósfera, al rinconcito del diamante, al inalcanzable manchón invisible que divide a los jardines de la arcilla del diamante o en parábola hacia las bardas de toda eternidad.

Como bateador, Derek se despide sumando en veinte años más viajes al espacio que la NASA, pero como mariscal de campo, emperador del diamante, cónsul de la antesala y rey del shortstop, Jeter se va sin irse en realidad, pues se queda en la saliva, eso que siempre destilan los héroes de veras, las leyendas palpables, los ejemplos vivientes: recordarnos a todos que hay momentos en la vida de todo jugador, caballero andante, en que se precisa reconocer en silencio que las manecillas del tiempo ya parecen hélices o pétalos de un vuelo que se cansa… evitar cualquier posibilidad de cansancio, desgaste, fracaso o desencanto y, simplemente, parar en corto.

jorgefe62@gmail.com