Agua de azar

Orquesta vacía

Pienso en la postura soberbia y autoritaria de un efímero director de un canal de televisión llamado Raúl Cremoux, que ha enfangado los destinos de lo que fuera Canal 22, un medio entrañable de expresión para la cultura.

Para el encore, una noche de concierto en Viena, Leonard Bernstein se plantó delante de la orquesta y dirigió el cuarto movimiento de la sinfonía 88 de Haydn tan solo con los gestos de su rostro. En vez de batuta, la cara; en lugar de mover los brazos, el guiño de sus ojos emocionados y la sutil sonrisa para luego fruncir ligeramente el ceño o izar la mandíbula ante un bemol. El testimonio queda ya para siempre en los archivos de YouTube y podríamos aprender de la ocurrencia: lejos de abandonar su deber, Bernstein está precisamente dirigiendo a todos y cada uno de los músicos de la orquesta perfecta —todas y cada una de las notas— con la confianza ya garantizada en los ensayos y por cumplir con lo que el propio director (conductor, en inglés), Bernstein, explicó: “… uno no solo debe lograr que toque la orquesta, sino hacer que quieran tocar. Exaltarlos. Elevarlos. Hacer que su adrenalina fluya, ya sea implorando, exigiéndoles o enrabietándose con ellos. No se trata de imponerse como dictador, sino más bien proyectar sus sentimientos en torno a ellos”.

Se sabe que en tiempos de Haydn no existía aún la figura del director profesional como conductor a sueldo para guiar la partitura colectiva de un mural inasible: en aquellos tiempos, el primer violín afinaba a los demás y se arrancaba en solitario como faro para la navegación de sinfonías. El poema se iba derritiendo no a solas, sino con la degustación colegiada de que todo músico hace lo que tiene que hacer. Aunque otros directores han realizado el ocasional milagro de dirigir tan solo con gesticulaciones, la noche en que Bernstein elevó esa epifanía en Viena suscitó una luminosa conversación entre Robert Krulwich y Ezra Block en la Radio Pública Nacional de Estados Unidos. Según Block, Bernstein está apreciando la música y su perfecta interpretación, “porque recordemos que la música de Haydn es como un reloj. Su música se deja ir sola… Además, estamos ante una de las mejores sinfónicas del mundo, que interpretan música que conocen tan bien como si fuera parte de su ADN. Bernstein solo los deja ir”.

Darwin precisó que el instinto de nuestras expresiones faciales evolucionó en un “lenguaje de la emoción” mucho antes de que inventáramos palabras. Muy por encima de los animales, los humanos hablamos mejor con el rostro. Bernstein en Viena: aquí está un Director con mayúsculas que no necesita aletear su poder para transubstanciar el universo en música, el lenguaje sin palabras que mueve al mundo. Bernstein también condujo música de otros compositores con el movimiento en taquicardia de todos los poros de su piel, y también sabemos que el director ruso Valery Gergiev llegó a dirigir música de Prokofiev con un palillo de dientes, pero la noche de Viena es música sin tiempo de Haydn que parece inundar el desahucio y desolación en el que parece hundirse México.

Pienso en la postura soberbia y autoritaria de un efímero director de un canal de televisión llamado Raúl Cremoux, que ha enfangado los destinos de lo que fuera Canal 22, un medio entrañable de expresión para la cultura que, finalmente, es lo único que nos salva de tanto inepto político, tanto ruido de corrupción y prebendas, tanto instrumento desafinado de soberbia, estulticia y autoritarismo. Queriendo minimizar el vado del silencio al calificar de mero problema laboral de una minoría lo que a todas luces es eco de una preocupación mayor, se evade la discusión en torno a probadas y ridículas muestras de censura y define a los noticieros culturales como escaparates exclusivamente dedicados a las bellas artes (donde todo lo feo de la cultura de nuestra realidad es mejor mantenerlo calladito) en vergonzosos simulacros de entrevista (con preguntas previamente pactadas como respuestas atinadas), donde apela a la crisis económica para afirmar sonriente que una comida con los colaboradores solo alcanzó para un pinche menú de frijoles con arroz, al tiempo que no se aclaran contratos millonarios a favor de familiares cercanos, producciones tontas y viáticos injustificados.

En japonés, la palabra karaoke significa orquesta vacía y así será el concierto de la cultura mexicana si seguimos permitiendo directores, directivos, funcionarios disfuncionales, mentirosos, corruptos y evasores que creen que agitando batutas como si se supieran la melodía están a tono, callados en la torre inaccesible de sus palacios y casas blancas, pues no transpiran más que desprecio y burla con gestos e insinuaciones que no merecen acompañamiento.

jorgefe62@gmail.com