Agua de azar

Oaxaca

Una década, y así pasen más y más, esta Feria Internacional del Libro es entrañable a contrapelo de otras más grandes, de tres pistas, todo el circo, trajín de derechos, trabuco de traducciones; aquí lo que se lee es que se lee.

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He decidido leer a Oaxaca como una ciudad que se vive como libro, caminar sus calles viejas del corazón antiguo como páginas de pergamino enrollado en el Convento de Santo Domingo o pliegos de papel tallado a mano en un taller de Francisco Toledo. He decidido leer cada atardecer con el anuncio de noches que han de ser de temperatura opuesta a la de los párrafos soleados con los que el sol quema las horas: aquí, el libro de las páginas que se escriben en colores y sabores difíciles incluso de pronunciar con la saliva común; allá, los rostros de indígenas que parecen intactos, inmunes al paso de los siglos… aquí y allá, todo el estado inundado por la Feria Internacional del Libro de Oaxaca (FILO), que año con año se consolida como una de las ferias más entrañables, quizá la más por lo que tiene de congreso, reunión de fantasmas donde se convocan y reúnen, los llaman y llegan autores difuntos, espíritus ha tiempo esfumados y escritores de carne y hueso presentes en cada carcajada y cada conversación.

Una década, y así pasen más y más, esta FILO es entrañable a contrapelo de otras ferias más grandes, de tres pistas, todo el circo, trajín de derechos, trabuco de traducciones… Aquí lo que se lee es que se lee. En primer lugar, por el alud conmovedor y constante de los lectores que no solo visitan la feria (antes, con la curiosidad inocente de ver y solo ver) para comprar los libros que sus presupuestos familiares permiten (considerando que el libro no ha logrado considerarse como objeto indispensable de la canasta básica de todo hogar). Hablo de lectores de Oaxaca que en cada presentación aprovechan la oportunidad de hablar con los escritores y pasan de mano en mano el micrófono, no tanto para hacer preguntas, sino para asentar una pequeña conferencia ellos mismos o confesar alguna inquietud. Está el hombre que le dijo a dos poetas que no tenía el gusto de conocerlos, luego de haberlo escuchado leer su poesía, y confiesa que “ni le gustaría, porque me enamoraría de ustedes”, y la señora que vendía gelatinas y se paseó por la presentación de un libro precisamente porque no es misa sagrada ni ceremonia acartonada, y terminó vendiéndole gelatinas a los escritores en escena. Sobre todo, está el nutrido contingente de jóvenes lectores y niños ávidos de letras que todos los días colman no solo las actividades de todas las mañanas, sino que además celebran con sonrisas las visitas diarias que se programan para escritores de todos los tamaños a las universidades, escuelas, primarias, secundarias y terciarias para abonar y fertilizar el milagro de tanta literatura.

En segundo lugar, pero no en ese orden, la ciudad de Oaxaca se lee como libro por la encomiable labor de editorial Almadía —a cuyo timón está Guillermo Quijas—, pero en realidad todos y cada uno de los arcángeles que se desviven por asentar con hospitalidad e interés el paso de cada minuto no solo para los autores, conferenciantes y presentadores, sino también para cada miembro del público, cada lector que recorre los locales de todas las demás editoriales participantes con el afán de leer, regalar un libro, regalarse unos párrafos que sean el mejor boleto para viajar en el tiempo, el medio de transporte más barato y accesible de cualquier mercado, el pasaporte para una mejor vida. Almadía, la casa de páginas que merecen conservar su olor en un perfume que podría delatarnos como lectores, con diseños de Alejandro Magallanes en cada portada que merecería considerarse un objeto de arte, enmarcado al lado de los estantes donde los párrafos de los grandes autores contemporáneos parecen leerse de manera más íntima y coloquial, más cercana y transparente que como se leen en las tipografías impostadas de editoriales elefantiásicas que se olvidan de saludar de mano a sus autores, procurar la existencia de los ejemplares de su sudor y abonar las andanzas de sus obras futuras.

Vine a Oaxaca para leer y ver a escritores que solo se me concedió abrazar en tinta. Creí que habría oportunidad para una larga caminata con Juan Villoro, pero un imprevisto lo llevó a otros paisajes; así también el poeta Francisco Hernández, de quien se quedaron por lo menos ocho versos memorizados en la cantera verde de un templo intemporal, y así el mismo Quino, al que quería yo confesarle mi infatuación con su Mafalda, y no pudo venir más que en video… Pero se me concedió confirmar que el genio César Aira existe de veras, y que se ríe con alegría, si bien reservado como los magistrales párrafos con los que apuntala cada una de sus obras indispensables; y pude estrechar con gratitud cada verso que ha soñado Darío Jaramillo Agudelo como pétalos de una imposible flor que dibuja una nube aquí mismo, en Oaxaca… El libro que vive todos los días Fabrizio Mejía Madrid es la crónica diaria donde dialoga con Diego Osorno que se inquieta por las diferencias entre puro cuento y crónica-crónica… En estas páginas soleadas he vuelto a confirmar la admiración que se combina con el afecto que le tengo a Valeria Luiselli, y el abrazo que tuve que enviar de lejos para Álvaro Enrigue por razones que merecen otros párrafos, en realidad razones que sabemos sus lectores desde la primera vez que lo leímos.

Oaxaca, libro abierto donde campearon los versos de raro aroma de mezcal de un tal Julio Trujillo, quien los dice a media voz como quien habla con la luna, y luego, sin aviso, a la vuelta de una tuerca de circunstancias enrevesadas, la vida me ha concedido leer-vivir otra amistad a primera vista: Hernán Ronsino, genial escritor joven argentino que ha logrado hilar en palabras la sombra ausente del pretérito, el fantasma de Cortázar, la vida de su pueblo y el idioma con el que se construye todos los días un sueño llamado Buenos Aires, y así como recién lo conozco, así se me concedió volver a ver a Martín Caparrós, tan solo para confirmar lo mucho que lo admiro y aprecio su más reciente libro-crónica-novela-biografía de todo aquel que come la vida a puños, todos los males y tanto bien que se puede decir. Casi lo mucho que me hubiese gustado decir, de no haberme quedado mudo, en el largo abrazo que le debía a David Olguín… Por allá parece levitar Francisco Hinojosa, y en una plaza sonríe como siempre sonríe Élmer Mendoza, mientras me voy caminando con Emiliano Monge a charlar en una universidad donde creían que éramos Quijote y Sancho, inventados por una ciudad embelesada en libros que se lee a sí misma como un sueño.