Agua de azar

"El Niño de Oro"

El antiguo huarachero se perfilaba para convertirse en diputado federal, mientras que a su dizque primera dama se le barajaba lanzarse ella misma como alcaldesa de Iguala; pero me voy a dar el gusto de celebrar que esos sueños ya les fueron truncados.

Es común que al visitar cualquier ciudad o pueblo de México el habitante capitalino reciba con sorpresa un alud de información política local: el taxista de León le sabe por lo menos dos chismes a la alcaldesa; el botones de un hotel en Ciudad Victoria tiene opinión sobre los movimientos de cierta corporación policíaca; el locatario del mercado de Minatitlán recuerda las andanzas de un alcalde de décadas pasadas, mientras que los chilangos nos quejamos debidamente de todo enredo del Gobierno del Distrito Federal, pero pocos sabemos el nombre del jefe delegacional.

Una inmensa mayoría de mexicanos no sabemos quiénes son nuestros gobernantes e incluso desconocemos el palmarés académico que fardan cuando son candidatos y que se olvida al llegar a sus escaños: poco importa si el diputado local ha leído el Código Penal o si el Presidente de la República realmente cursó estudios universitarios. Valen madre los tres libros básicos que podrían presumir haber leído en su adolescencia, en cursillos de autoayuda o en el baño. A la gran mayoría de los políticos y gobernantes no los conocemos, aunque se dan a conocer con cíclicas confirmaciones de imbecilidad, despilfarro, ostentación de funciones, abusos de autoridad, impunidad funcional y muchísima palabrería hueca.

Agradezco a Víctor Hugo Michel la gentileza de presentarnos al presidente municipal de Iguala, hoy prófugo de la justicia, José Luis Abarca, y erizarnos la piel con el escalofriante currículum de un Don Nadie que llegó a desempeñarse como un Ramsés en tecnicolor. Como un Juárez al óleo, el joven pastorcito Abarca vendía huaraches y sombreros de palma en el mercado. Pero lo que él quería era lucir camisas finas abiertas sobre la cruz del pecho guerrerense, llevar chofer o quizá comprarse una moto como los actores del cine. Inexplicablemente, el sombrerero Abarca se convirtió en joyero, Niño de Oro en un estado que lleva en el subsuelo potencial minero y alguien, quién sabe quién, le dio cauce a sus aspiraciones dentro del PRD.

Según la crónica de Michel, ahora todos niegan haberlo conocido o haber recibido favores del meteoro de la política local: así llegó a la presidencia municipal de Iguala, casado con “la simpática y gentil” María de los Ángeles Pineda Villa (vinculada con el crimen organizado), ambos siempre sonrientes, de la mano en actos de conmovedora efervescencia política, mientras el sombrero loco se azotaba detallazos estratégicos como el de mandar construir un complejo deportivo que lleva el nombre del H. C. Gobernador del Estado, Ángel Aguirre, cuya cara de chicharronero no lograr mitigar la bemba de vergüenza con la que intenta dar la cara ante el horror, enredo, vergüenza, oprobio e infamia con la que una inmensa mayoría de mexicanos (y ancha resonancia internacional) no podemos creer el absurdo entramado donde los policías de una población obedecen órdenes de una organización criminal, llenan el paisaje de cobros de piso y fosas clandestinas, uniformes y máscaras de mentiras, el imperio del dinero por encima de cualquier noción de moral o justicia.

El prófugo Abarca era conocido por su delicada frase: “Me voy a dar el gusto de matarte”, como metáfora de su ambición: al antiguo huarachero se le perfilaba la posibilidad de convertirse en diputado federal, y de allí, a las estrellas, mientras que a su dizque primera dama se le barajaba la coyuntura de lanzarse ella misma como alcaldesa de Iguala. Pero me voy a dar el gusto de celebrar que esos sueños ya les fueron truncados, y aunque busquen asilarse en alguna cueva de la selva guerrerense o en ese paraíso de todo cultivador de mentiras que se llama Las Vegas, deseo fervientemente verlos tras las rejas, unidos ya para siempre, tejiendo una nueva línea de sombreros de paja para tantos presos que estarán ansiosos por darles la bienvenida y recrear el baile del pasado 26 de septiembre, cuando la parejita de Iguala danzaba sin freno una vez ya girada su orden de secuestrar, matar, quemar y enterrar en la selva a media centena de estudiantes normalistas, maestros en potencia.

El verdadero tesoro de este país sigue transpirando en el empeño, esfuerzo y sacrificio de todos los estudiantes y maestros, en las páginas de los libros que esos no leen, en la música de la tenacidad y honradez que no necesariamente se baila después de los discursos. El verdadero tesoro de este país está en los nombres de los desaparecidos, quizá ya bajo tierra como manantiales de plata y en nuestros hijos que no merecen heredar las viejas formas clonadas de la política con revólver, el comercio masivo de ilegalidades y privilegios, el imperio de las mentiras y tanta basura como la que ha de estar royendo que es gerundio la parejita prófuga en algún estercolero clandestino, cobijados con un montón de propaganda electoral como único abrigo, y allí, con su carita de triste monolito fracasado, El Niño de Oro.

j.f.h.l.1962@gmail.com