Agua de azar

Niño de Navidad

Pete Hammill cuenta la historia de Lev Augstein, infante que llegó a Brooklyn hablando "yiddish", con un tatuaje en el antebrazo izquierdo que confirmaba que venía del Infierno donde pereció su familia entera.

Por un azar inexplicable, volé a la ciudad blanca en medio de una leve nevada, mitad nostalgia y mitad hielo que no hiel. Por un azar inexplicable, la noble institución que me invitó y tramitó el pasaje de avión sostuvo monólogo con un correo hackeado que ya no puedo consultar, y me encuentro de pronto en medio de una nevada en la ciudad blanca donde viví hasta los 14 años. Por ese azar inexplicable, habiendo llevado a mi hermana por primera vez a la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, me reúno hoy con mis hermanas de afecto, ambas hermanas mayores que siempre han proyectado sombra de consejos y calor de apoyo total a mis andanzas, dibujos y párrafos, amores e incluso desgracias.

Los días han servido parar volver a abrevar del sabio ejemplo y pautado humor del Maestro Ángel Gil-Ordóñez —diría que es como mi cuñado si no fuera mi hermano—, quien dirige la notable Orquesta Sinfónica de la Universidad de Georgetown, compuesta  de medio centenar de alumnos y graduados (con visos a sumar 70 filarmónicos elementos) unidos por el amor a la música (sobre todo si consideramos que no hay uno solo que estudie música, sino todas las demás licenciaturas y maestrías posibles, tocando lo que cada quien toca por puro amor a la música). Convivir con Ángel ha sido siempre la mejor oportunidad para poner en orden mis párrafos: discípulo de Sergiú Celibidache, Ángel transpira el sosiego que se precisa para leer la partitura del mundo, la serenidad para sobrellevar el tempo cambiante de las circunstancias y conversaciones, la batuta precisa para dirigir, si no el clima, si el ritmo de un silencio, las penas que pasan y la carcajada inesperada.

Su labor al frente de la Orquesta de Georgetown ha permitido por primera vez un concierto conjunto con los milagrosos integrantes de una orquesta vecina del barrio, la de la escuela de música de Duke Ellington (niños y jóvenes de color… negro… en esta ciudad tan blanca), concierto memorable que a nadie se le había ocurrido con anterioridad, y tan memorable como el reciente Mesías, de Händel, convocando a todos los asistentes a unirse al coro, monumentalizando lo ya de por sí monumental que contiene la música. De grande, yo quiero estudiar en Georgetown y quizá tocar el fagot en uno de los conciertos que dirige Gil-Ordóñez, borrando de un plumazo en fa menor el pavor que me sembraron las varias filmaciones de El exorcista que llevan como escenario las escalinatas y fachadas neogóticas de este barrio entrañable que se camina como quien flota dibujado a lápiz por encima de calles empedradas, casitas alineadas en acuarelas bañadas por la nieve que no deja de encanecer la cabeza y los recuerdos de quien anda como si no pasara el tiempo.

Es inevitable. Se acerca la Navidad —más aún en medio de prados nevados que rodean monumentos blancos y templos inmensos que parecen sueños griegos— y el olor a pino, los moños rojos y tanta mejilla ruborizada me llevan directamente al instante de mi infancia en que redactaba la carta de los deseos bocabajo, al pie de un árbol de luces con la prisa de adrenalina helada por salir a construir la fortaleza blanca e imbatible, iglú esquimal improvisado donde con mis amigos nos pertrechábamos para esperar ataques inexplicables de vietnamitas o nazis, apaches o corsarios de parche en el ojo y pata de palo. En la nieve toda pendiente se volvía vértigo del trineo con el que soñábamos romper la barrera del tiempo y amanecer de pronto envejecidos, todos juntos, con todas las generaciones en su edad intacta como si aquí no pasara nada. Hablo del bosque en Virginia, apenas se cruza el río, que a alguien se le ocurrió llamar Mantua (signando para todos los niños que crecimos en su espesura, buscando claros, un sino italiano inexplicable) y hablo de Georgetown y Foggy Bottom corazones entrañables del llamado Distrito de Columbia, de calles estrechas y casitas alineadas, farolas de otra luz mucho más antigua. Hablo del niño que intenta evitar la baba fácil de la cursilería y el melodrama para intentar signar con gratitud el renacimiento inesperado de una vida. Intento explicarme: hace exactamente un año, habiendo sufrido un segundo infarto que no fue mortal pero cercano, viajé a Polonia en la nieve con la intención de cumplir una promesa en Auschwitz que ya es libro de próxima aparición, ya anunciado con distinguidos autores israelitas en la FIL.

De vuelta de ese viaje, dormía unos días en Berlín a pocas calles del sitio donde seguramente me concibieron mis padres hace medio siglo… y empecé una nueva vida, una bitácora de calladas intenciones y propósitos que quedaron signados en una libreta de tapas moradas, poblada de párrafos y dibujos hoy robados por la inconsciencia. Entre otras dietas me propuse bajar 50 kilos de peso por cada 50 años de vida, escribir párrafos que ya no pueden quedar pendientes y, sin saberlo, por ese mismo azar inexplicable, amanecer de pronto bajo la misma nieve en la ciudad blanca donde crecí.

Por el idéntico exacto azar inexplicable con el que nieva hoy, me encuentro de bruces con The Christmas Kid andother Brooklyn Stories, de Pete Hamill, autor entrañable, amigo de México a quien leo como quien pone bocinas en cada página para escucharle las voces y aprender de cada párrafo. El cuento que da título a este nuevo volumen de cuentos inicia el saldo que pretende cubrir Hamill con todos los amigos de su infancia en Brooklyn, en ese ayer que ya ni parece recuerdo, donde la nieve sigue siendo la saliva helada del tiempo para todos los que hemos de recordar con mesurada nostalgia y sana saudade el tiempo congelado en que escribíamos cartas, y se nos revelaban los secretos de vida en mínimos detalles como los que esconde el cuento “The Christmas Kid”, la historia del niño Lev Augstein, quien llegó a Brooklyn hablando yiddish, con los ojos abiertos de par en par, sin más familia que un tío que lo hospedaba en un pequeño departamento… y un tatuaje en el antebrazo izquierdo que confirmaba que el niño venía del Infierno donde pereció cada uno de los miembros de su familia entera. Cuenta Hamill que al niño Lev, muerto su tío, lo envían al orfanato siniestro de Brooklyn tan solo para ser salvado por los Tres Reyes Magos en persona (y toda una pandilla de niños, entre ellos Pete), que logran ayudarlo a escapar en Nochebuena. Los niños supieron luego que una pareja adoptó a Lev en Miami y el autor respira tranquilo en la última línea del cuento, pues sabe que el niño Lev, que venía del Holocausto, al fin había llegado a la calma que merecía. Yo también.