Agua de azar

Negar el saludo

En medio de la multitud se distingue el rostro que parece revelar un gesto de incredulidad cuando en realidad está ejerciendo una muestra insólita de dignidad.

Confieso —no sin cierta culpa— que hay gente a quien le niego el saludo, a contrapelo de tantas personas a quienes de veras deseo el bien con abrazarlos como oso en medio del bosque de las peores desolaciones. Sé perfectamente a quién no quiero ni tengo la menor necesidad de estrechar su mano, manchada de mentira, engaños, hurtos y vilezas aunque ostenten comodidades ficticias y farden tautologías en sus definiciones de palabras básicas o confundan etimologías de los sentimientos primarios supuestamente comunes que deberían identificarnos. A menudo, el carismático que se siente realizado en cualquiera que sea su nefando oficio cree merecer amnistía y amnesia instantánea por sus etílicas embarradas o sus engreídos exabruptos; es el mismo mal que padece quien confunde hacerse el chistosito y creer que cae bien al mundo, cuando en realidad no tiene verdadero sentido del humor y en verdad cae mal, aunque caiga siempre parado. Hablo de quien dicen que es ungüey muy cagado (como metáfora de simpatía) cuando en realidad riega su estercolero imborrable sobre su más íntima biografía; hablo también de los líderes hipnóticos, los políticos nefastos, las doñas del engaño sindicalizado o las fulanas de toda falsedad. Sobre todo, hablo de quienes encarnan el Mal con mayúscula —quizá sin saberlo a ciencia cierta, aunque lleguen a pensar, en algún desliz delirante, que sus atropellos no son más que “bienes necesarios para el equilibrio” del ominoso poder que ostentan.

El 13 de junio de 1936 (que es como decir el domingo pasado) una nítida fotografía en blanco y negro congela el momento en que cientos de trabajadores de los astilleros Blohm und Voss, de Hamburgo, extienden sus brazos derechos en estricto saludo nazi al paso de quien llamaban Führer. Cientos de brazos firmes, en ángulo recto a los pechos erguidos, todos a una, menos uno: en medio de la multitud, se distingue el rostro que parece revelar un gesto de incredulidad cuando en realidad está ejerciendo una muestra insólita de dignidad. Se trata de August Landmesser, que al momento de la fotografía se hallaba enamorado y comprometido a casarse con la judía Irma Eckler, ese día en que Adolfo Hitler lanzaba a la mar el buque-escuela Horst Wessel.

Landmesser vivió un instante ejemplar de dignidad. Ahora sabemos que fue hijo único y que su biografía pareció garantizarse un futuro cuando se afilió al partido nazi, que le garantizaba un trabajo en los astilleros de Hamburgo. En 1935, al intentar registrarse para casarse con Irma Eckler, fue expulsado del partido omnímodo, y en octubre de ese mismo año nació su hija Ingrid. Seis meses después, el enano del bigote ridículo hacía zarpar el mentado barco y alguien con lupa de muy mala leche tomó nota del insólito valiente, el hasta entonces anónimo héroe que se atrevió a negarle el saludo (aún de lejos y con posibilidad de simularlo con una mentada de madre) al todopoderoso e incuestionado mandamás.

En julio de 1937 (que es como decir el próximo fin de semana), Landmesser, su mujer y la pequeña Ingrid fueron detenidos en su intento por huir. Ella estaba nuevamente embarazada y él fue declarado culpable de “deshonrar a la raza aria”, de acuerdo con las leyes raciales promulgadas en Núremberg. Ambos declararon desconocer si ella era realmente judía, o lo que llamaban “totalmente judía”; por falta de pruebas, la pareja fue liberada a condición de que suspendieran su relación. Al año siguiente, en mayo de 1938 (como quien dice hace apenas ayer), fueron nuevamente arrestados al ser denunciada la continuidad de su relación, con Ingrid en el regazo y un embarazo ya más que avanzado. Hoy mismo, 15 de julio de 1938, Landmesser fue arrestado por la Gestapo y enviado al campo de concentración Börgemoor y su mujer a la cárcel Fuhlsbüttel, donde dio a luz a Irene, segunda hija de ambos.

Landmesser pasó del campo de Börgemoor al trabajo forzado en Warnemünde en 1941, y tres años después fue obligado a enrolarse en el Batallón 999 de la Wermacht, donde fue declarado “perdido en acción” durante una batalla en Croacia en octubre de 1944 y pronunciado oficialmente muerto hasta 1949. Su mujer pasó de la prisión Fuhlsbüttel a tres campos de concentración: Orianienburg, Lichtenburg y Ravensbrück, hasta que fue ejecutada en el Centro para la Eutanasia de Bernburg; la niña Ingrid fue entregada a sus abuelos maternos hasta 1953, cuando, al morir ellos, pasó en adopción a una familia anónima, como había ocurrido con su hermana. Ambas recuperaron oficialmente su apellido Landmesser hasta 1951, cuando se reconoció de manera retroactiva el matrimonio de sus padres.

Debemos a Irene Eckler el testimonio de esta infamia en el libro Die Vormundschaftsakte 1935-1958: Verfolgungeiner Familie wegen “Rassenschande” (La custodia. Documentos 1935-1958: Persecución de una familia porDeshonrar a la raza”), que incluye no solo documentos, fichas y papeles que dan fe de su familia desgarrada, sino cartas de la madre Irma desde los campos donde la concentraron, y fotografías, entre ellas en la que su padre niega el saludo al dictador, en medio de un centenar revuelto de convencidos, abnegados, hipócritas o callados brazos que jamás se atreverían a hacer lo que hizo este hombre solo y sólo con infinita serenidad y callada valentía, sin saber que su gesto sería una añadida circunstancia a su desgracia y la de su familia.

Sabemos de quienes se niegan a cruzarse de brazos ante la ocurrencia xenófoba, misógina, racista o ideológica de cualquier chistoso, pero Landmesser es precisamente el ejemplo de quien, cruzándose de brazos, al filo de su propio abismo, por lo menos le negó el saludo a quien por ningún poro posible de su piel engreída merecería siquiera mirarlo directamente a los ojos.

j.f.h.l.1962@gmail.com