Agua de azar

Mujer con cámara

… una callada mujer que fotografiaba el silencio, filmaba la nada, a menudo posando en absoluta seriedad inmóvil frente al juego de los espejos...

Aunque no se precise la partitura exacta del destino, a uno le llegan milagros por azar. Sin esperarla, aunque sea largo tiempo soñada, la mirada exacta de un Sol de pronto se revela en medio de una cabellera de noche oscura, como una Luna roja de madrugada. Toda la energía que se desprende de un descubrimiento así contiene el oscuro misterio del centro del universo, las aguas de todos los mares y las palabras que apenas se escuchan en silencio, lejos de los ruidos del mundo y sus enconos. El gran teatro de la realidad que nos rodea se vuelve entonces un escenario en blanco y negro, donde los rostros de prójimos y próximos quedan congelados en imágenes, instantes convertidos en memoria y, a veces, en fotografía.

Vivian Maier nació en 1926 y murió en 2009, luego de resbalarse sobre una acera de hielo en alguna calle de Chicago. Vivió los últimos meses de su callada vida en un hogar para ancianos que pagaron los tres señores de la adinerada familia Gensburg que habían sido criados por ella; Vivian fue su niñera, institutriz, maestra, consejo… segunda madre durante décadas y al llegar adultos, le habían conseguido un apartamento para su retiro de una larga vida que ellos atesoran como milagro vital: la mujer los llevaba en excursiones al campo en busca de campos de fresas, les ayudaba a estudiar meticulosamente las aves que se posaban en las ramas de los parques, les corregía tareas de números en línea, dibujos a granel, los nombres de la Historia con mayúscula y los mandaba a dormir temprano siempre con la más estricta orden de que jamás entraran a sus aposentos, donde ella había exigido a los padres de la familia Gensburg la instalación de una chapa infalible. A su habitación en la azotea no entraba nadie hasta que la penuria y las mudanzas provocaron un embargo y así, por pura agua del azar, el ahora famoso John Maloof compró en una subasta de bodega un arcón que contenía poco más de cien mil negativos y diapositivas (la mayoría sin revelar y en blanco y negro) que poco a poco fue completando al lograr comprar otras cajas, cajitas y baúles que también fueron subastados sin que nadie supiera que la fotógrafa languidecía en un hogar para ancianos, celosa de su anonimato aunque quizá consciente de que algún día se revelarían las miles de imágenes, fotografías invaluables, instantes fantasmas que ella fotografiaba todos los días en sus recorridos de niñera, en los trayectos por la ciudad de Nueva York y luego, Chicago, captando las sombras de las escalerillas para incendio, los rostros de los desamparados, la cara de una negra que se vistió de gala para cantar un góspel en misa, la red con la que se cubre el pelo canoso una millonaria con estola de mink, el secreto que se confían dos niñas rubias y la cara ajada de los dipsomaniacos montados en el potro de sus resacas.

Por azar y gracias a un librero sabio compré hace pocos años el primer libro que reúne las fotografías de Vivian Maier. Desde entonces, he regalado tres ejemplares a personas que creo comparten el mismo secreto ánimo por la revelación del instante, por la fotografía como máquina del tiempo donde queda ya para siempre —aunque quizá no se mire jamás— la carcajada de un demente a media calle, el descendiente de esclavos negros que cabalga sobre un inmenso percherón de siglos pasados a la sombra de la estructura metálica por donde viajan miles en trenes del pleno siglo XX. Sus fotografías son precisamente el testimonio de varios mundos del ayer y sabemos que la mayoría de los rostros retratados han fallecido sin haberse jamás visto impresos. La mayoría de las imágenes jamás palpadas ni por la propia fotógrafa que las congeló en el tiempo.

John Maloof no solo organizó los miles de negativos, sino que además ha descubierto no pocos metros de película a colores y además, rollos de imágenes en movimiento.

Vivian Maier nació en el Bronx, de padre austro-húngaro y madre francesa. Pasó su juventud en Francia, donde Maloof ha encontrado huellas de que recibió consejos e influencia de la célebre fotógrafa de paisajes Jeanne Bertrand, que también pasó a los Estados Unidos. Vivian volvería a Nueva York ya más que aficionada a las cámaras, aunque mantenía su pasión como una secreta propensión al silencio acumulando negativos en cajas, archivando papeles y más papeles, recibos de tintorería y restos de vida en sus aposentos como bóveda. Con el reciente estreno del documental FindingVivian Maier, Maloof muestra la aventura del azar desde la subasta donde pujó por el misterioso baúl hasta las entrevistas con diversas personas que la conocieron como un enigma andante, una callada mujer que fotografiaba el silencio, filmaba la nada, a menudo posando en absoluta seriedad inmóvil frente al juego de los espejos o acercando mucho el lente a las caras de niños y ancianos que se dejaban fotografiar sin saber que en realidad posaban para el paso del tiempo.

Decía Winston Churchill que Rusia y los rusos eran “una adivinanza envuelta en un misterio envuelto en un enigma, pero quizá contenga alguna clave” y el fantasma de Vivian Maier quizá viene envuelto en el puro azar de la intimidad, el silencio de un fantasma que en realidad jamás procuró que los demás compartieran su arte, a diferencia de tantas biografías en sombra que escriben sus memorias en secreto sabiendo que algún día alguien las leerá. Hoy mismo, una mujer sin nombre mira al mundo con ojos de amanecer continuo; mira los rostros y digiere todos los dolores y felicidades de la vida, congelando en memoria lo que nunca ha de olvidar, lo que vale la pena atesorar y, por supuesto,
lo que ya pertenece al olvido.

jorgefe62@gmail.com