Agua de azar

Mirando al mar

Entre la dicha y la tiniebla, los versos de Eliseo Diego evocan al hombre en el ámbito del miedo, la página en blanco, los viejos jardines y La Habana como un menudo laberinto hundido en el mar para siempre.

Hay días en que la visita obligatoria a las librerías o repasar el oleaje de una biblioteca personal se asemeja al remanso y solaz de un paseo por las orillas del mar. Llego a las mesas de novedades editoriales o invierto la madrugada ante un estante cercano con la tentación de quitarme los zapatos y calcetines para probar la espuma de sus portadas y medir la temperatura que indican las cuartas de forros o las primeras páginas. Las más de las veces me retiro sin haber nadado en lo hondo del librero, sin flotar por los libros que ya he leído y me voy con los pies frescos. Pero hay días en que un solo libro es capaz de volver a sacudir mi intriga y, aún más, despertar entusiasmo, como si fuera una botella con un mensaje, revoloteando sobre la arena, pidiendo a gritos su rescate.

Hay hombres que lidian con la vida como quien mira al mar. Desde la ribera personal de su serenidad y desasosiegos, hay hombres que saben mirar hacia el azul infinito para navegarlo sin necesidad de desplazarse. En el caso de Eliseo Diego, el horizonte del mundo fue un oleaje constante de versos, una marejada lírica que formaba las palabras que sienten todos los hombres y los nombres de todas las cosas. Fue un poeta con cara de marinero, o si se quiere, un cubano universal que se parecía a Joseph Conrad, navegante en prosa.

Hace 20 años murió en la Ciudad de México Eliseo Diego como quien se hace a la mar, y con afortunada frecuencia vuelven sus versos como telegramas amanecidos en una playa desierta y sus ensayos parecen llevar bocinas donde escucho la claridad llorosa de su voz. Como si fuera un salvavidas, me libra de todo naufragio la Obra poética de Eliseo Diego, un grueso volumen que combina la fina tipografía y arduo empeño editorial de la casa DGE-Equilibrista con el prestigio y amplia distribución del Fondo de Cultura Económica. Es un libro que imanta desde la fotografía de su portada: Eliseo Diego, barba y pipa, mirando al mar, oteando el universo desde la punta de un mástil intemporal, aunque en realidad lleva el mar a sus espaldas, metáfora de eso que llaman eternidad.

Descalzo, leo las lúcidas páginas que lo prologan, escritas por Rafael Rojas y el íntimo párrafo firmado por Josefina de Diego que abre el dintel al mar de letras que nos legó su padre. Como ya es costumbre, no puedo leer un libro de poesía de cabo a rabo, y vuelvo a nadar al azar, abriendo las páginas con caricias, sin intenciones necias, como si fueran las piernas de una amante soñada o los brazos de mis hijos, a los que quiero siempre volver a cargar sobre mis hombros. Me hundo, sin ahogarme, en versos que me confían que “El yo que está en la página no es mío/ puede ser tú muy bien y en paz quedamos, sólo un menudo abismo nos separa,/ quién sabe qué tal vez quizás la lámpara,/ pero su luz en ti y en mí es la misma,/ que esté siempre encendida lo que importa”.

Me alejo de la costa de todo desconsuelo y me dejo llevar por las diferentes corrientes que cantó Eliseo Diego, que son como ríos en medio del vasto océano de su propia obra: la vida, los niños, los juegos y la muerte, la memoria, la ciudad y los animales. Nítidas imágenes se forman con palabras, como si las cantara una sirena y se hicieran eco entre los ruidos indescifrables que gimen los manatíes. Aquí está la soledad cantada, el acompañamiento en silencio, los fervores de la lectura y las profundidades insondables de la desolación. Aquí están intactas, como una laguna en altamar, las sílabas que forman la palabra amor y sus flores, derivaciones y dones. Pasa flotando una vasija india, una bicicleta y los naipes dispersos de una baraja española, los papeles que fueron vidas de escritores traducidos y a lo lejos veo nadando a la muchacha de la boina. Entre la dicha y la tiniebla, los versos de Eliseo Diego evocan al hombre en el ámbito del miedo, la página en blanco, los viejos jardines y La Habana como un menudo laberinto hundido en el mar para siempre. Y la lluvia como un llano ajeno que me baña la cara.

En la poesía de Eliseo Diego se baña Rudyard Kipling y Walter de la Mare, William Butler Yeats y Langston Hughes, mi entrañable Chesterton y todos los hombres que somos uno a la luz de una vela frágil, bajo la clara brisa de una cabellera intocable y ante la constelación inalterada de nuestros juguetes. Se escucha fielmente la voz del poeta que murmura desde estas páginas. Es una voz que tiene aliento de tabaco y ron, que se esconde entre los pliegues de una guayabera blanca y se despliega con la lectura como un conjunto de velas al viento. Es la voz del silencio, la voz de nadie, la voz de todos… es el poeta que supo que “la eternidad por fin comienza un lunes.”

Si estos párrafos, que he escrito sin ser crítico literario ni entendido de poesías, pudieran convertirse en un abrazo fuerte, quiero que sean para su bella mujer, sus hijos imbatibles y la esperanza de sus nietos en cada sílaba. Van para todos los lectores que somos como sus hijos en la clara sombra de sus versos infinitos y sus ensayos de sencilla luminosidad, y van para Eliseo Diego a 20 años así pasen los siglos: el Poeta (con mayúscula) que ha encarado desventuras y quebrantos, desfaciendo entuertos como quien mira al mar, porque creo que solamente él comprenderá que la deuda de gratitud se basa en el callado gozo que me produce leerlo, con el atrevimiento descarado de sentirme su semejante y compartir la epifanía luminosa de que “con la punta del cigarro escribo/ en plena oscuridad: aquí he vivido”.

jorgefe62@gmail.com