Agua de azar

Madrid, que te quedas sin gente

Hablo del afecto incondicional de amigos intemporales, de la hospitalidad cómplice y la solidaridad imbatible de quienes siempre me han apoyado en cada paseo, cada párrafo y cada pendiente que tengo en esta ciudad.

Cada vez que se tenía que despedir de Madrid, mi padre reinventaba una anécdota que alguien le regaló en otra víspera de sus cruces trasatlánticos. Decía de un pícaro del Siglo de Oro que, habiendo importunado a quién sabe cuántos vecinos, había sido llevado casi en andas hasta la Puerta de Toledo; entre dos gendarmes alabarderos lo columpiaron para lanzarlo fuera de la ciudad. El anónimo expulsado se levantaba desempolvándose con serena dignidad y, antes de emprender el camino que lo alejaba de la Villa y Corte, lanzó a voz en cuello la despedida que imitaba mi padre: “¡Adiós, Madrid, que te quedas sin gente!”

Cuando mi bisabuela tuvo que abandonar Guanajuato se quejó escribiendo que se mudaba a León, “donde hay mucha gente pero muy pocas personas”. Entre ambas anécdotas intento, con estas líneas, forjar mi gratitud con tantísimas personas que hacen de Madrid mi hogar —habiendo tanta gente que la habita, visita, transita y olvida sin conocerla. Hablo del afecto incondicional de amigos intemporales, de la hospitalidad cómplice y la solidaridad imbatible de quienes siempre me han apoyado en cada paseo, cada párrafo y cada pendiente que tengo en Madrid, pero también de los camareros viejos y nuevos, los taxistas que parecen ser los mismos de décadas pasadas, los nuevos ciclistas, los autobuses renovados con aire acondicionado y señales de wifi, los modernísimos vagones del Metro que parecen confundirse con viejos vagones de hojalata que me vieron viajar con mochila de estudiante cuando recién se instalaban los cajeros automáticos en un Madrid que ya no existe y, sin embargo, es el mismo, el que fue que se renueva en cada amanecer.

Aquí, los primeros pasos de mi infancia, a pocos metros del monumento a Cervantes y su Quijote, y por décadas, palmo a palmo, todos los días que se suman desde que anclé en Madrid en 1987 para iniciar un doctorado en Historia que extendí más allá de las aulas de la Universidad Complutense. Persiste el fantasma del necio en todas las tascas, el impertinente en todas las librerías, el niño en todas las tiendas de soldaditos de plomo y trenes a escala, el asiduo de papelerías donde envuelven cada lápiz que se compra, el goloso de las panaderías, el glotón de las hosterías, el espasmo en los tendidos, el lector de barandales y escritor de cafés con mesas de mármol. Me veo idéntico en las caras de los que ahora escriben directamente en tipografías cambiantes, en tabletas de memoria instantánea y en teléfonos de bolsillo. Siendo el mismo ya no soy el confundido incauto, el inocente engañado, el curioso impertinente que parecía siempre quedarse en vilo.

Me hallo tan bien en Madrid que confirmo ser solo un buscándome en otras ciudades que habito, mientras aquí me encuentro siempre en los parques y callejones, caminando allá adelante con menos años encima, o en el reflejo de los escaparates donde parece que peino más canas, reflejado en un vidrio de lustros por venir. Soy el fui y el seré, mas no el es cansado que mentaba Quevedo y el ilusionado desvelado que confunde la Plaza Mayor con el Zócalo, Chapultepec con el Parque de El Retiro y los kebabs con tacos al pastor; soy el empedernido insaciable de las libretas con tinta morada, argonauta de los archivos, contertulio de fantasmas porque fui de los que vieron cómo desenterraban bombas añejas de una guerra insensata que no estallaron en Ciudad Universitaria, y conocí a antiguos greñudos que fueron torturados en sótanos de Sol, mala metáfora para toda una época de sombra.

Fui de las víctimas de las palomas que siempre vuelan bajo por las plazas, y de los hipnotizados con una alfombra de claveles en plena Gran Vía o por la silueta de escritores monumentales discutiendo en silencio en una esquina del Gran Café de Gijón. Soy de los que extrañan los tranvías que ni conocí, y la alpargatería que cerró por abusos de la crisis, de los que coreaban noventa minutos de futbol parados en las gradas, y de los que buscaban refugio en la antigua estación de trenes de Atocha para recibir el amanecer como un recién llegado, o salir en el primer vagón para fingir que uno se va de Madrid sabiendo que en realidad nadie se va nunca de los lugares entrañables, de los rincones donde parece que se ventila siempre eso que llaman felicidad, aunque sea nomás para abrir la ventanilla y repetir el simulacro de despedirse de una ciudad a la que bromeamos con espetarle que se queda sin gente, sabiéndola poblada por tantísimas personas, todos los párrafos intactos y tantas páginas de porvenir.

jorgefe62@gmail.com