Agua de azar

Lluvia de pétalos

El domingo pasado un joven anónimo entró en la Galeria degli Uffizi de Florencia y se desvistió lentamente ante "El nacimiento de Venus" pintado por Botticelli...

Le decían Sandro y Botticelli era su apodo. Se llamaba Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi y, según Giorgio Vasari, su obra es el despertar de “La edad de oro”, temprano dintel de eso que llamamos Renacimiento. Quien ha escudriñado sus pinturas encuentra secretas revelaciones de un alma enrevesada y más de una insinuación de que sus trazos fueron bendecidos por la gracia. Sea en los diferentes cuadros donde retrata a la Virgen María o en otros rostros que solo podría dibujar un enamorado, dicen los que saben que Botticelli evocaba en realidad el rostro de Simonetta Vespucci, una mujer casada con Otro que seguramente sirvió como modelo imaginario para su pintura más célebre y eléctrica.

El nacimiento de Venus fue pintado por Botticelli en 1486 y quizá sea efectivamente el homenaje al rostro de su Simonetta, a pesar de que ella falleciera mucho antes que el artista, esposada con un innoble aristócrata que creía tenerla atada con sus finanzas, sin saber que todo artista que se postre ante la belleza de su musa conquista y la honra tan solo con lluvias de pétalos o palabras de verdad. Es el rostro de Simonetta —nacida por pura agua de azar en Portovenere, “puerto de Venus”— y al mismo tiempo es la cara de toda mujer que, como todas las mujeres del mundo, vive un instante exacto en que se sabe la mujer más bella del mundo. Según Platón, la Venus era un milagro bipolar: Diosa celestial que inspiraba intelectualmente a los hombres y al mismo tiempo, Diosa absolutamente terrenal que despertaba los calores del erotismo carnal. Aun así, hay quienes ven en la pintura de Botticelli un velado homenaje a Lorenzo de Medici, su mecenas, cuando salta a la vista que se trata precisamente de un silencio rojo de amor puro a contrapelo de quienes equivocadamente creen que conquistan con imposiciones de poder, mentiras pueriles, errores imperdonables y mareos etílicos.

Ella, recién salida del mar, envuelta en su propia cabellera y en la brisa que soplan seres alados, a punto de ser cubierta por una sabana de seda, bajo esa llovizna de pétalos que son silencio y la cordura indefinible de la sinrazón enamorada. Al morir en 1476, sin haberse casado jamás, Botticelli pidió ser sepultado a los pies del sepulcro de Simonetta, y dicen que hay tardes en que la lluvia llora los pétalos de las rosas que dejan sobre esas, sus tumbas los amorosos anónimos.

El domingo pasado un joven anónimo entró en la Galería degli Uffizi de Florencia y se desvistió lentamente hasta quedar completamente desnudo ante El nacimiento de Venus pintado por Botticelli. Antonio Natale, director del museo, declaró que “entre un millón 900 mil visitantes puede haber personas inquietas, apasionadas, turbadas. Quizás él resultó afectado por el síndrome de Adán”, y aunque se mantiene el anonimato del joven, agradezco que las autoridades ni me mencionen como probable Adonis: el joven encuerado —fotografiado y filmado por un asombrado grupo de turistas, guiados por Susanna Mantovani— tiene, como yo, un esculpido talle esbelto, tórax, brazos y piernas de moderada musculatura, pies perfectos y arrodillado ante Venus alcanzó a lanzar hacia la pintura una callada lluvia de pétalos, al tiempo que decía en español “Esto es poesía”, mi ya clásica frase al salir de baños públicos y gimnasios de prestigio vecinal.

Tal como en la pintura, el joven (hoy posiblemente identificado como ciudadano español) fue cubierto por una sabana que portaban los alados guardias del museo que llegaron volando a la escena de lo que, para muchos, es un crimen contra el arte con mayúsculas, al tiempo de que crecen en las redes sociales los adeptos a las fotografías que subiera la guía Mantovani con comentarios que insinúan que se trataba quizá de una alocada manifestación artística o, como suelen descalificar a los lances enamorados, “una locura pasajera”. Consta que el joven, al ser retirado de la sala, clamaba en perfecto inglés: “Freedom!, Freedom!”, otro grito que he acuñado al sentir claustrofobia en elevadores de algunos edificios.

A pesar de ciertos parecidos en glúteo, tríceps y pectorales, es mi obligación declarar de una vez por todas que no soy el encuerado. Hay dimensiones anatómicas que nos distinguen (algo que por cierto también me sucede con el David de Miguel Ángel) y ni conozco Florencia. Sin embargo, celebro el descabellado instante en que alguien se siente poeta sin necesidad alguna de fingirlo, murmurando versos en silencio sin el auxilio etimológico de la ropa, arrodillado ante la belleza que parece siempre recién salida del mar. Celebro eso que parece no más que la pasajera locura del enamorado en verdad, el amoroso que calla, el que habla como quien oye llover cuando cambia el mundo en el instante exacto en que dos se besan.

Desde luego que no pretendo desnudarme ante la descuartizada Coyolxauhqui en mi próxima visita al Museo del Templo Mayor, o lloverle flores anaranjadas a la Coatlicue en el Museo Nacional de Antropología, y advierto que no es recomendable que se vuelva costumbre cualesquier lance de locura enamorada ante las grandes obras de arte que se resguardan en museos y galerías. A pesar de que siempre he querido meterme personalmente en el inmenso cuadro de Las Meninas, de Velázquez, y saludarlo, jugar con el perro y contarle algún chiste a la Maribárbola o la Infanta, me conformo con seguir siendo la misteriosa sombra vestido de negro y no desnudo que mira de frente, desde la puerta del fondo, a los Reyes que posan para el retrato y se reflejan en un juego de espejos donde quien observa de veras mira lo que el Otro no alcanza ni a ver. Lluvia de pétalos ante toda alma, el fondo del alma de la belleza que no merece reclamo, encono ni agresión; neblina invisible que obnubila los ojos de los necios, la misma que ilumina la vista de quienes intentan vivir cada instante como quien traza un verso en silencio o pinta un cuadro con flores.

jorgefe62@gmail.com