Agua de azar

Lloran los niños

Ojalá la FIFA destine un poco de los 40 mmdd que obtiene como ganancia para “el reconfortante y engrandecedor beneficio” de los infantes brasileños más necesitados.

Quizá las imágenes más tristes del desastre brasileño por la goliza sufrida ante una máquina aceitada de futbol que se llama Alemania sean las miles de caras llorando, las lágrimas sin palabras de los miles de niños cariocas de todas las edades que asistieron al estadio de Belo Horizonte para confirmar dolorosamente que los catorce mil millones de dólares que invirtió el gobierno de Brasil para la celebración de su Mundial 2014 no bastan para que gane el anfitrión. Hablo de los infantes, pero también de los jugadores que quizá —obnubilados por una suerte de capoeira nacionalista y una dudosa fe en un equipo improvisado— realmente creían estar en el jogo bonito, cuando en realidad afloran sospechas de que hubo incluso intentos por sobornar cuanto factor arbitral y mediático se dejara influir para asegurar una cita con la felicidad que, como dijo Valdano, “se volvió un acercamiento al precipicio”. Hablo también de millones de niños brasileños que no tenían ni manera para acercarse a las inmediaciones de los estadios y, aun así, se dejaron soñar con una alegría que en el fondo ahora se convierte en resignada explicación de lo absurdo: por mencionar solo un sinsentido, al día de hoy queda cerrado hasta nuevo aviso el megaestadio de Manaos, uno de los más caros del mundo, construido a sudor y sangre en medio de la selva, lejos de todo, en donde todos los materiales para izarlo tuvieron que llegar por barco… en una localidad que no cuenta con equipo de futebol, ni de lejos en Primera División, y que no resulta atractivo para otro tipo de espectáculos al estar tan lejos de cualquier posible mercadotecnia para colmar su asistencia.

Hablo también de la más que preocupante crisis humanitaria que viven cerca de cien mil niños en la frontera de México con Estados Unidos. Alrededor de setenta y cinco mil niños centroamericanos y una veintena de miles de niños mexicanos se encuentran en un limbo migratorio apuntalado por un vado de utopía no del todo imposible: consta que de los cincuenta mil menores indocumentados que fueron detenidos el año pasado en esa frontera, sin acompañamiento de adultos, solo dos mil fueron deportados a su país de origen por un lapsus burocrático en donde consta que los niños detenidos en tal situación pasan a custodia del Departamento de Salud y Servicios Humanos del gobierno norteamericano, que al paso de cuatro o cinco semanas, al no poder albergar a tantos niños perdidos, los colocan en una suerte de adopción temporal con familias samaritanas y altruistas a la espera de un juicio en cortes especializadas que puede durar años. Este es el reducto que les espera a los niños indocumentados centroamericanos, pues a los menores de nacionalidad mexicana —e incluso, aunque improbablemente, los canadienses—, son deportados automáticamente, por lo que es de suponerse que más de un mexicanito tenga que fingir acento nicaragüense o afirmar que come pupuchas salvadoreñas y bailar como hondureño para optar por el salvoconducto burocrático que le permita vivir a la espera de un mejor futuro lejos de las guerras del narcotráfico, reclutamientos forzosos del crimen organizado, así como miles de menores centroamericanos prefieren cruzar toda la cancha de la geografía norteamericana con tal de no quedar encerrados en su propia área chica de las bandas tatuadas, dueñas del balón de su propio bienestar.

Durante los ensayos previos al estreno de Peter Pan en Londres, su autor, J. M. Barrie, había instado a los miembros de la orquesta para que amainaran el volumen, o incluso dejaran de tocar y aplaudieran rabiosamente para incitar al público a hacer lo mismo al terminar el
monólogo inicial (antes de que se levantara el telón), en el instante en que el sofisticado, enjoyado y supuestamente acartonado público londinense fuera sorprendido por el vuelo en pleno proscenio de una niña-niño vestido de verde que, al posarse como pájaro mágico, iniciara el rito teatral con la pregunta: “¿Creen ustedes en las hadas? Pues si de veras creen, ¡agiten sus pañuelos y aplaudan!”. Consta en las crónicas que no hubo necesidad de que la orquestra indujera los aplausos, pues el público en masa irrumpió en un estruendoso aplauso, envuelto en pañuelos agitados, rodeados de tres docenas de niños que el propio Barrie había infiltrado entre las butacas. Según un diario de la época, “la élite de la sociedad londinense sucumbió en ese momento al embrujo de Barrie… y la actriz que protagonizaba el papel de Peter Pan lloró desde el primer vuelo de su papel estelar”.

George Bernard Shaw criticó el libro de Peter Pan y su puesta en escena como una sórdida artimaña “impuesta por adultos sobre los niños”, mientras que Mark Twain defendió a Barrie y a su obra como “un reconfortante y engrandecedor beneficio para esta sórdida época enloquecida con el dinero”. Se sabe que Barrie inspiró a los “niños perdidos” que pueblan la Tierra de Nunca Jamás tanto en su hermano David, que murió ahogado en un lago congelado a los trece años de edad, y en los hijos de Arthur y Sylvia Llewelyn Davies, náufragos aparentemente rescatados por la compañía e imaginación del dramaturgo al hacerse amigo íntimo de su madre. Merece otra crónica la tragedia de que, ya de adultos y huérfanos, dos de los “niños perdidos” Llewelyn Davies fueron suicidas y otro murió en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, pero valga para estos párrafos insinuar que si acaso la FIFA pudiera destinar unos cuantos miles de los 40 mil millones de dólares que obtiene como ganancia con el Mundial Brasil 2014 para “el reconfortante y engrandecedor beneficio” de los niños brasileños más necesitados, y si de verdad servirá de algo el presupuesto emergente que ha solicitado el presidente Obama para hacer temporalmente frente a la crisis en la frontera o, como bien escribe Carlos Puig en este diario, “el problema es de tal complejidad que se necesita una gran idea. Una. Regional. Con mucho, mucho dinero atrás. Los pequeños gestos humanitarios de alivio serán muy poco frente a lo que viene”, y eso es como recibir, gol tras gol, un naufragio de derrota histórica en la propia conciencia de casa.

j.f.h.l.1962@gmail.com