Agua de azar

Literatura como juego

Con tanto que irradia José de la Colina, solo se me ocurre imaginarlo andando con su gorra, absorto en la lectura de unos papeles arrugados... Por el momento, ya es inmortal.

José de la Colina se llama en realidad Novel, el nombre libre que su padre anarcosindicalista no tuvo que ir a ningún templo para bautizar. Novel nació el 29 de marzo de 1934 en Santander, sin poder imaginar que su tierra se convertiría en páramo de pólvora, su biografía en un enrevesado andamio apuntalado por el incansable afán y empeño de su madre por sacarlo adelante, huyendo de los horrores de eso que Colina llama la Guerra Incivil, un transtierro que los llevó de Francia a Bélgica y de allí a Santo Domingo y luego Cuba, hasta llegar al México que hoy lo honra en voz de todos sus escritores con el merecido premio Xavier Villaurrutia 2014. Es un premio para grandes escritores que otorgan sus pares, y no merece volver a caer en gazapos irracionales; es un premio en el que esencialmente se esfuma como nube el ánimo puro que rodea a quienes escriben de veras. Cuentan que el abuelo del José de la Colina llevaba de la mano al niño Jenaro que sería su padre. Dicen que el abuelo de pronto se quedó paralizado y con una mano temblorosa le señaló al niño el paso de un hombre, abrigo bufanda, sombrero y bigotes como pintados al óleo. El abuelo le dijo nervioso a quien sería padre de Novel José de la Colina: “Ese hombre es el hombre más grande de España. Es más grande que el Rey y que todos los ministros”, y helados a su paso, sin atreverse a saludarlo, abuelo e hijo vieron pasar, como quien cambia de página, a don Benito Pérez Galdós.

José de la Colina, recién cumplidos los 80 años, recibe hoy el merecido premio que más honra a los hombres de letras en México, a pesar de los errores con los que se había otorgado en otras ediciones a por lo menos un plagiario y no pocos cochupos imperdonables. Esos acomodos deshonraban no solo a los escritores sino a los lectores mismos, que son precisamente quienes nutren el oleaje del ancho mar de la literatura por donde navegan los hombres de libros de verdad, los que se juegan la vida en madrugadas anónimas en busca de un adjetivo preciso, el ripio perdido de una metáfora y el párrafo que se llena de pronto de neblina de andenes antiguos de trenes que ya no van a ninguna parte. De la Colina es un maestro del contagio de la palabra ajena y surtidor constante de los versos que se vuelven memoria: en su conversación siempre aparecen como veleros a la mar las películas que ha visto, guiones que ha leído, libros que memoriza desde su encuadernación y las miles de cuartillas que ha labrado en el noble oficio de la reseña crítica, el artículo al vuelo, la nota del día y las instantáneas perfectas de sus cuentos.

Otrora Novel, José de la Colina hizo el casting para la película Los olvidados, de Luis Buñuel, y fue el propio director estrábico y surrealista quien le dijo que la cinta iba de mexicanos y arrabaleros, donde no cabía en escena un santo niño blanquito que no negaba ser exiliado, jamás llamado gachupín. Sin embargo, el agua del azar hizo que con los años Buñuel se volviera no solo amigo de De la Colina sino íntimo confidente de las bitácoras pormenorizadas de todas sus películas, y queda como ejemplo el instante fantasma en que, sabiéndose enfermo, Buñuel se despidió de él con un simple apretón de manos, las gracias de veras y una primera edición de Las mil y una noches en la traducción de Burton.

Si esto fuese una ficha habría que subrayar que De la Colina solamente pasó por una escuela, el Colegio Madrid, donde concluyó su primaria y de allí zarpó al ancho mar del trabajo tipográfico en imprentas y rotativas, en programas de radio donde prestaba la voz y en las noches interminables donde empezó a escribir las hojas que hoy mismo no ha terminado de conjugar. De la Colina ha jugado el juego de la literatura en cada ocasión en la que camina por la ciudad de neblumo con cuentos bajo la gorra y crónicas urbanas en la mirada, con todas las vidas de tantos coetáneos y contemporáneos que se volvieron mexicanos con la mar en medio, entre las eternas primaveras del cantinflismo y el ninguneo y la saudade por una España que dejó de ser cómo era. Ya de cine y todos sus camarógrafos o de libros y todos sus párrafos, De la Colina condujo durante ilustres lustros el semanario cultural del periódico Novedades, donde no pocos escritores en ciernes vieron por primera vez la epifanía de saberse publicados, puestos en tinta los primeros cuentos o reseñas que el propio De la Colina criticaba, editaba y encauzaba hacia el puerto incierto de ser leídos más allá de las tertulias y las sobremesas de familia.

Por toda una vida de navegación en letras merece el Villaurrutia José de la Colina, pero en particular se lo han concedido los escritores de este año por su más reciente volumen: De libertades fantasmas o de la literatura como juego (FCE, 2013), un sabroso libro que celebra el contagio de las letras, la imaginación pura en tiempos de plagio, la creatividad que se concentra en sílabas y no las famas de quienes solo buscan apañar presupuestos. La primera “Agua de azar” de este año celebraba precisamente la aparición de este libro y allí consta lo que dice el sabio De la Colina cuando explica que “cuando Cervantes intuye el Quijote en la cárcel, cuando cualquier prisionero improvisa cantando una canción de amor o de burla, entran en el reino de la libertad, es decir: ejercen las libertades fantasmas”, y con una mínima pausa, añade en punto y aparte: “Quizá no existan otras”.

Hoy habría que agregar la evocación de nuestros fantasmas compartidos, la definición del cine como un reino de muertos que vuelven a la vida como fantasmas en pantalla, el silencio que se impone cuando parece que unos versos inmortales se vuelven a escribir en el instante exacto en que alguien los deletrea y la libertad fantasma de un abrazo a la distancia. Sabiendo que es impagable la deuda de gratitud con tanto que irradia José de la Colina, solo se me ocurre imaginarlo andando con su gorra, absorto en la lectura de unos papeles arrugados. Por hoy, no me atrevo a acercarme. Por el momento, ya es inmortal.

jorgefe62@gmail.com