Agua de azar

Yo, Leo

El TrasFondo de InCultura Económica que transpira la ortodoxia neoliberal finca sus confianzas en estadísticas endebles, fórmulas algebraicas y geométricos modelos...

El TrasFondo de InCultura Económica que transpira la ortodoxia neoliberal finca sus confianzas en estadísticas de encuestas endebles (aunque se presenten como inapelables), fórmulas algebraicas (a menudo, ajenas a la suma de voluntades o a la resta de vidas humanas) y geométricos modelos de laboratorio (donde el supuesto éxito de una fórmula en Finlandia debe cumplirse —caeteris paribus— en Silao, Guanajuato). A contrapelo, la literatura, que es vida legible de la realidad contradice esos principios: por ejemplo, que el precio de equilibrio de un litro de leche en Berlín equivalga a cien pesos mexicanos no justificaría la germanización de las vacas en Querétaro para empatar marcadores, o que las isocuantas, sumatorias y el despejar todas las X posibles para que algún (P)recio que ha de enfrentar la (D)emanda responda debidamente a la (Q)antidad con la que cuenta la (S)oferta, podría llenar el pizarrón (o el iPad) en una gráfica donde algún genio en Chicago sugiera el exterminio de todos los desempleados para beneficio de la tabla de la mano de obra (L), en el escenario cibernético donde los genios mantienen el trapecio del (Y)ngreso, (G)asto de gobierno, (Tx) impuestos y bla, bla, bla, o bien, esa ciega confianza en las estadísticas de encuestas que, particularmente en México (y curiosamente en asuntos electorales) arrojan sus resultados para espetar de vez en cuando que, dentro de sus porcentajes supuestamente infalibles, hay una suma que para ellos simplemente …no cuenta.

Yo leo quizá desde la primera edición de El laberinto de la soledad, de Octavio Paz (Fondo de Cultura Económica —FCE—, 1950) o la primera edición de Pedro Páramo, de Juan Rulfo (FCE, 1955) o la primera edición de La región más transparente, de Carlos Fuentes (FCE, 1958), llegados a mis manos heredados de mi padre, publicados gracias a los editores, correctores, impresores y todo el personal de FCE, y mi lectura escapa toda estadística (o la nutro multiplicándola más allá de las fórmulas) al pasar de mano, recomendarse de boca a boca y heredarla ahora a mis hijos. Incluso, gracias a la idea aún intacta de don Daniel Cosío Villegas por crear en México un fondo editorial de textos —en español o traducidos— de cultura económica, estudié la licenciatura en Economía en el ITAM (cuando era una casa más humanista que la distinguida aeronáutica espacial que ahora rige su oferta académica), y ante mi fracaso en las gráficas (y por ser más asiduo oyente de la carrera de Historia en la UNAM) hasta hoy me convenzo de que, esencialmente, yo, Leo, he leído y seguiré leyendo gracias a que editoriales como el FCE publican a precios accesibles para todos (tanto para los que “no quieren” ni necesitan subsidios, como para los millones que no necesariamente aparecen en las encuestas) los mejores títulos que abaten las neblinas del TrasFondo de InCultura Económica que ahora insinúa su caducidad; además, el catálogo del FCE ha publicado y seguirá publicando a autores que, lejos de la utopía de la autopublicación que ahora fardan como licuadora de moda los apóstoles del mercado, en realidad no serían publicados en editoriales comerciales. Yo, Leo, también he visto en la ronda de generaciones cómo mis hijos se volvieron lectores gracias al catálogo para niños y jóvenes lectores del FCE, allá en la orilla del viento y al margen de las estadísticas, donde textos de Francisco Hinojosa o Juan Villoro llegaron a manos de los hijos de sus lectores coetáneos y sí, también Leo de historia en los muchos libros que conforman esa colección, y me volví lector de ciencia, y asiduo lector trimestral de economías que nada tienen que ver con la simplona y descuidada sentencia de sugerir la desaparición del FCE por considerar que, al ser paraestatal (y sin que yo niegue que sus entrañas sean impolutas) toda política de publicación, edición y distribución cumple un papel de complicidad con el Estado. Al contrario, a muchos nos consta que en esa balanza ha privado más la dignidad intacta de Arnaldo Orfila Reynal, Joaquín Díez-Canedo, Alfonso Reyes, Daniel Cosío Villegas y muchisísimos otros, auténticos hombres de letras que mantiene independiente el ánimo esencial del FCE: la posibilidad de que muchos mexicanos podamos leer, diga lo que diga la sumatoria siempre deprimente de las estadísticas y que los ejemplares que subrayamos pasan de generación en generación y de mano en mano en bibliotecas públicas (que no porque sean más feas que las de Boston deberíamos eliminar) y en sobremesas al vuelo (donde quizá ningún comensal traiga corbata de seda).

Suponer por InCultura de TrasFondo que Kafka andaría hoy autopublicándose por ser lo de hoy, deshonra el hecho de que en realidad, Franz mandó quemar sus cuadernos y, en realidad, no quería publicar, ni asistir cada año al gran espectáculo de la FIL de Guadalajara o cobrar regalías a través de un agente sagaz, pero también se deshonra el legado aún vigente de quienes realmente viven de letras, los incansables esfuerzos de los editores y reseñistas (porque no todo es tan fácil como subirlo a tu blog), los diseñadores, impresores, todos; inclusive los autores que pueden de veras sentirse honrados por publicar en una casa como el FCE (y no tanto en el invisible condominio de Amazon), dentro de un catálogo que reúne títulos y autores entrañables, indispensables, inolvidables y por ello, también Escribo.

jorgefe62@gmail.com