Agua de azar

Lector al abismo

DICEN QUE EL hombre perdido en sus libros volvió a los tiempos no tan remotos en que podía caminar leyendo sin caer en baches, sin toparse con el prójimo y anudar las historias con las que alimentaba su mente en una neblina de imaginación pura

Dicen que se hartó de las noticias y que por eso volvió a refugiarse en libros. Prefería perderse en la trama de una novela de enredos que en los enredos de las diferentes tramas y traumas de la política nacional; prefería hilar los cuentos que contienen sorpresas en el último párrafo o línea, y evitar las informaciones donde se acumulan corrupciones, robos y plagios que, con el paso del tiempo, quedan impunes. Perdido en páginas de clásicos empastados, el hombrecillo dio en caminar por las calles con la nariz hundida entre los lomos de su libro en turno, provocando miradas de asombro en un mundo donde ya todo mundo parece haberse acostumbrado a ver gente que camina con la mirada perdida en la pantalla del teléfono, en los audífonos de música íntima, pero no en las páginas de un libro.

Dicen que el hombre perdido en sus libros volvió a los tiempos no tan remotos en que podía caminar leyendo sin caer en baches, sin toparse con el prójimo y anudar las historias con las que alimentaba su mente en una neblina de imaginación pura que le permitió sentir que realmente alcanzaba la felicidad en cada trayecto. Logró domeñar sus horarios de sueño y coordinar mejor sus participaciones en sobremesas, aumentó su vocabulario cotidiano y abrió las puertas de sus propias libretas, donde anotaba posibles aventuras supuestamente inalcanzables, al tiempo que se liberaba del mar de chismes sobre narcotraficantes, políticos y actrices, se alejaba de la inminente desesperación por las finanzas y el inevitable coraje ante los planes de estudio en las escuelas de sus hijos. Se limpiaba del lodo de las transas y corruptelas, se lavaba la mirada de todo el fango de los engaños y mentiras, se inmunizaba su alma en reflexiones filosóficas y ponderaciones meramente literarias, al tiempo en que le crecían virtudes de detective en tinta, navegante de océanos imaginarios, astronauta de galaxias inventadas. Llegó incluso a sentir que flotaba por encima del tráfico de todos los automóviles que lo rodeaban y notó al paso de pocas semanas que nadie en el Metro ni en los autobuses se le acercaba con un solidario afán de dejarlo volar en sus lecturas, sin molestarlo ni alterar el ritmo con el que a veces murmuraba parlamentos.

Hombre libre en libros, como si todo lo que le rodeara no tuviera la menor importancia para sus travesías de todos los días, el hombrecillo se convertía en una suerte de ejemplo para la comunidad, un hombre que fija la mirada sobre las páginas sin tener que ver la calle por donde transita, el paisaje que amanece alrededor, la paridad del peso, la fluctuación de las finanzas, el barril del petróleo, la cara del diputado, el disfraz del capo de todos los narcos, las piernas de la diva en turno, el chisme de la cantante falsa, la corbata del plagiario galardonado, el video de los imbéciles que hipnotizan a la internet con la broma de unas luces de bengala o la foto de un gatito que se vuelve viral en la generalizada algarabía del vacío... pero de tanto leer y perderse en el libro, el hombrecillo corre el riesgo de enfilarse a su propio abismo y es quizá entonces, responsabilidad samaritana, mínima piedad solidaria, avisarle que de seguir perdido en párrafos corre el riesgo de sufrir una estrepitosa caída al infierno inconcebible de la nada.


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