Agua de azar

José Alfredo en la banca

Con la coreografía ranchera que ha logrado sincronizar el entrenador, con el esfuerzo del equipo en comunión y con la camiseta verde, es evidente que hoy el ánimo ha cambiado, pero la ilusión permanece intacta.

Nació en Dolores y dedicó cientos de canciones para la prevención, digestión y posible remedio de los mismos. Se llamó José Alfredo Jiménez Sandoval y pocos saben que jugó de portero en el Oviedo y en el club Marte de la primera división del futbol mexicano; alternaba con el que se volvería legendario Cinco Copas, Antonio Tota Carbajal, y en miles de otras copas con el polifacético y sorprendente Jorge Hernández, Gargantilla, que lo imitaba y hasta parece mimetizarse con su parecido en más de una fotografía. Mi padre atesoraba cientos de anécdotas de juergas interminables, filosofía al filo de una barra, disquisiciones sobre el arte de amar en amaneceres rancheros e incluso una servilleta donde el poeta de Dolores escribió al vuelo los versos de “El Coyote” sobre la mesa de la cafetería de la vieja XEW, donde llegaron a cantar a dos voces: Gargantilla como comodín que llevaba en las cuerdas vocales las voces de Cantinflas, Agustín Lara, Jorge Negrete o Pedro Vargas, engañando al público auditor con duetos increíbles con el verdadero José Alfredo, poeta pedestre y por hoy, portero en la banca, mientras Memo Ochoa siga demostrando que puede solo.

En realidad, José Alfredo está en la banca con las estentóreas y contagiosas celebraciones del entrenador Miguel Herrera, que se convierte en una entrañable masa humana deforme, capaz de dejarse tirar al piso con el abrazo de cualquiera de sus jugadores, brincando al son de un mariachi sin música donde miles de camisetas verdes explotan muchos más allá de los gritos nefandos y el “Cielito Lindo”. La música callada de José Alfredo está en el callado y sereno nerviosismo con el que espera en la banca Javier Chicharito Hernández el minuto exacto donde lo dejan entrar a la cancha para hacer lo que normalmente hace: meter goles con la cabeza, la rodilla, el tobillo o la espalda, y luego soltarse a llorar de verdad, como quien se va rodeando veredas para evitar el área donde le hiera el recuerdo. Está en las triangulaciones perfectas que realiza la trigonometría mágica de Giovani dos Santos y en los tiros de larga distancia de Héctor Miguel Herrera o los regates increíbles de Oribe Peralta, ambos responsables del notable cambio en el perfil estético de la belleza mexicana.

José Alfredo Jiménez en la banca como el fantasma pintado al óleo en la barra de una cantina ya inexistente a escasos pasos de la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato, la mirada vidriosa, un caballito de tequila medio lleno (o medio vacío, dependiendo el ánimo) y un limón chupado sobre una mínima escarcha de sal. A lo lejos, en los cerros que parecen morados al atardecer va cabalgando el jinete Guardado que comparte melena con el portero Ochoa y lanza un centro templado, un balón bombeado donde se alza como estatua el capitán Rafael Márquez… Entonces, es inevitable: la camiseta verde no me dejará mentir sobre el inevitable orgullo. Márquez es también capitán del glorioso equipo León, bicampeón de la liga de la primera división mexica y próximo rival del Barcelona en el estadio Camp Nou, donde casi jugará de local por la genial ocurrencia de Ángel Fernández de bautizar el estadio guanajuatense como Nou Camp, enrevesando el destino del Universo.

En algún ayer, el León fue equipo de los amores de José Alfredo y, por supuesto, del Gargantilla, que se vestía de Cantinflas para tirarle penales a La Tota Carbajal en el calentamiento previo a los partidos en la vieja catedral-estadio de La Martinica e incluso, en épocas en que México jugaba con camiseta vino sobre pantalón corto azul, el León viajó como representación de México a unos Juegos Panamericanos donde quedó claro que somos PanzasVerdes no por comer lechugas, sino por la camiseta que ya es sinónimo de trabajo incansable, afán inmarcesible, tesón en cada lance tal como en las tenerías los horarios y los químicos de las faenas con cada cuero manchan de verde los delantales de los obreros que se la rifan. Y así, en el equipo de México sube y baja Márquez como Káiser del Bajío, otrora baluarte blaugrana, y en la media cancha Carlos El Gullit Peña, repartidor de milagros que merecería un tiempo compartido en el Cerro del Cubilete y allí, como saeta de Silao, el enigma de José Juan Vázquez, tres jugadores que llevan el verde del León bajo la camiseta de México.

Pero en la banca está junto al fantasma de José Alfredo otro jugador del León que está sin estar. Estos párrafos son para Luis Chapito Montes, cuyo apodo redefine el nombre que asociamos al más grande narco de todos los tiempos. Sucede que, por una equivocada entrada en un partido de exhibición, El Chapito tuvo a mal quebrarle la rodilla a un ecuatoriano al tiempo que se rompía él mismo la tibia y el peroné. Pertenezco a la generación que lloró una desgracia similar en el Mundial de 1970, tres días antes del partido inaugural contra la entonces URSS, cuando Alberto Onofre entregó un hueso de su pierna en un lance insulso; seguimos creyendo que, de haber jugado ese tótem, la historia de Occidente habría vivido un viraje insólito. Con la coreografía ranchera que ha logrado sincronizar el entrenador, con el esfuerzo de equipo en comunión y con la camiseta verde, es evidente que hoy el ánimo ha cambiado, pero la ilusión permanece intacta. En realidad, José Alfredo, la vida no vale nada, y hay partidos que comienzan siempre llorando nomás de ver la emoción con la que cantan el himno los aficionados disfrazados de Caballero Águila o Chapulín Colorado y así llorando, se acaban… pero en la pirámide de jugadores verdes que se amontonan sobre cualesquiera de los guerreros capaz de romper históricas frustraciones con el milagro instantáneo de un gol.

j.f.h.l.1962@gmail.com