Agua de azar

Golpe de calor

De aquí no se va nunca quien aprende a amarle cada piedra, leerle cada párrafo y cada persona de este mar de gente, descifrando el marasmo de páginas que envuelven la inmensa roca pulida que refleja el rostro de quien la mira siempre por primera vez.

Consta en una novela que quien llega a Madrid, vuelve. Quién sabe de dónde, pero vuelve como si permanecieran intactos los lugares que, por azares inexplicables, ya no existen en realidad y como si todos los fantasmas de madriles pasados sobrevivieran el paso de tantos años. Por una plaza acalorada corre la sombra de un tal Quevedo, capa en vuelo tras las botitas azules de una dama que parece caerse por las escaleras del Metro, y en una acera que sigo llamando banqueta me pareció verme adelgazado con casi treinta años menos sobre la melena sin canas y una barba que no viene al caso en este calor que marea y confunde los horarios.

Un par de despistados creen cantarle su presencia de columnas cacarizas por las balas a la eterna Puerta de Alcalá, sin reparar en que pasa elevada por encima del suelo —con la poca ropa que exige el verano— una emperatriz en potencia; en el Museo del Prado parecen oscilar los óleos como si se derritieran ya de tan vistos, y la Cibeles —supuesta estatua de mármol inmóvil— guiñó un párpado y lanzó besos a un taxista en estos días de canícula insoportable que no parecen coincidir con la mayoría de los pasados: de un Madrid con nieve insólita, de gabardina para lluvias de llanto y de ese Madrid de atardeceres perfectos que parecen dilatarse precisamente para que nadie —vecino o forastero— se quede sin calificarlos de velazqueños.

Pongamos que hablo de la vieja ciudad de siglos que siguen improvisando el coloquio de las corralas de Lope de Vega, las obritas de teatro instantáneas que se escuchan en todos los patios interiores de los edificios sin fecha: los ronquidos del conserje que se levanta antes que toda España, la conversación necia entre dos hermanas que inexplicablemente se llaman ambas Maruja, el fragor de un amor apasionado —con el erotismo que aporta la imaginación y el morbo de solo poder escuchar sus gemidos— para que al día siguiente todo el auditorio desvelado, todos los vecinos en cotilleo, se pregunten qué pareja de qué piso logró desvelarnos una vez más con una función de tres equis, sabiendo que eso no lo pasaban por la tele. Pongamos que hablo del olor de los combustibles y del afán casi medieval de envolver perfectamente en papel —como si fueran regalos— casi todo lo que se le ocurre comprar a cualquiera: un bolígrafo se vuelve adelanto de navidades y los bombones envueltos parecen no derretirse en esta ciudad de cuarenta grados a la sombra con poco desodorante, y ahora la novedad de frigoríficos ambulantes: el Metro con clima, los autobuses con nubes frías de vapor en sus asientos, las decepciones recurrentes de los políticos de siempre, las canciones de verano que se han de olvidar en cuanto llegue el otoño y un mar de libros, muchos libros, todos libros que se leen al vuelo, en la playa del veraneo o en la quietud de cientos de bares que no cierran hasta agosto.

Ayer le seguí la sombra a Miguel de Cervantes, que salía al amanecer de su casa para revisar pruebas de imprenta en un taller de Atocha, donde dicen que ha cuajado una obra inmortal sobre la genial incongruencia de un congruente enrevesado, y hoy mismo seguí por la calle de general Pardiñas a la sombra de Alfonso Reyes —con un pañuelo empapado en la cabeza, anudadas las cuatro puntas sobre el cráneo— y alcancé a escuchar que murmuraba: “Así, a veces, durante varias horas: vagas alusiones en torno a una realidad que escapa a la mente misma de los que quisieran asirla. Una tenuísima corriente de evocaciones pasa cosquilleando el espíritu. No se define nada. Precisar, duele. ¡Oh, voluptuosidad! Rueda por las terrazas de Alcalá —calle arriba, calle abajo— un vago rumor de almas en limbo”.

Tienen razón los sabios y los abuelos que reñían con los taxistas; lo sabían las mujeres que fregaban los pisos cantando zarzuelas y los jóvenes que forjaron barricadas con sacos de arena para que aquí no pasara nadie, que no pasa nada… Lo saben las niñas que caminan siempre con prisa y los vendedores de barquillos dispuestos a apostarle al azar con un giro de manivela; lo saben todas las conversaciones de sobremesa que se quedaron ya para siempre en repetición de silencio sobre el mármol del Café Comercial, que ayer cerró sus puertas de siglos, y lo saben los párrafos anónimos que cuelgan en el Gran Café de Gijón en el Paseo de los Recoletos, donde se lee la entrañable gratitud que se le puede dispensar a un cerillero que fue anarquista, prestador de dineros y mi amigo a la fecha.

Pongamos que hablo de Madrid, dice Sabina, y pongamos que me convenzo de que todos los pasados que la pueblan, en tinta o bajo el hipnótico calor de este verano, se conjuntan para revelar que, en realidad, todo aquel que cree irse de Madrid se queda. Quién sabe cómo, pero de aquí no se va nunca quien aprende a amarle cada piedra, leerle cada párrafo y cada persona de este mar de gente, descifrando, sin tener que lograrlo, el marasmo de páginas que envuelven a inmensa roca pulida que refleja y refracta el rostro de quien la mira siempre por primera vez, la cara que se contempla en su mapa. Por eso Madrid es espejo y su afecto se percibe tierno, incluso con un golpe de calor.

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