Agua de azar

Fox en el limbo

Así está el ex presidente: ya sin partido político, aunque con filiación declarada; ya sin la banda, pero con un rancho a toda madre; ya sin discursos obligatorios, pero con conferencias que se pagan en dinero contante y sonante.

Supongo que es más cómodo —y parece más sano— dejar pasar inadvertidos los parlamentos necios y las imbecilidades que babean los que —aparentemente— no afectan el transcurso diario de nuestros días. Supongo que hay que inventarse una caparazón emocional y dejar que la estupidez e intransigencia ajena floten en el etéreo como polución verbal que no respiramos los demás. A diario hacemos ojos ciegos ante el flagrante sujeto confeso que ha violado abiertamente nuestra confianza o ante el reconocido y descubierto ratero que ha tomado descaradamente algo nuestro como si fuese de su propiedad, y hacemos oídos sordos cuando de sobremesa somos testigos presenciales de quien declara abiertas mentiras y calumnias, todo en abono de no echar a perder el postre, no echarle a perder la conciencia a los niños y no echar a perder la fotografía oficial. Sin embargo, allí están las mentiras, los robos y las simulaciones y —supongo— que es mejor hablar de los desasosiegos precisamente porque no merecen amnesias.

En una reciente entrevista aparece el ex presidente Vicente Fox en amena conversación con un periodista profesional que logra con habilidad un sortilegio inusual: entretejer sobre la pantalla la revelación de un doble enigma. ¿Cómo es posible que este señor llegó a ser Presidente de México?, y ¿qué raras fallas de sinapsis hacen que un ser humano parezca racional y cuerdo al pronunciar sin tartamudeo algunos conceptos irracionales, axiomas equivocados y pésimas bromas? En tan solo veinte minutos que duró la charla, se ve al señor Fox de pie, sonriente, desenvuelto y con esa seguridad en la mano extendida con la que intentaba marcar rumbos durante su desangelada gestión de la silla presidencial, pero se le sale decir que la pensión de jubilado —el sueldo vitalicio como ex mandatario— “apenas le alcanza para comer sus frijolitos”, y más adelante lamentarse de que por problemas de espalda no solo ya no calza sus famosas botas, sino que no ha podido salir a dar la vuelta en su Harley Davidson, “que está rebonita”, quizá tanto como los hermosos caballos que por ahora solo puede contemplar desde el estribo de su Centro Fox, mal llamado think tank, con por lo menos 28 personas en nómina (a quienes en un momento de la entrevista se refirió como “changos” y corrigió al instante para que “no pasara como le pasó al futbolista”).

Supongo que todo demente —en tanto no sea ofensivo ni represente peligro inminente para la sociedad— tiene pleno derecho de salir al quiosco y lanzar sus prédicas. Supongo que todos tenemos instantes de mala conexión eléctrica entre las neuronas y se escapa algún mal chiste, alusión o metáfora, y sí recuerdo haber dicho que el señor Fox no tenía por qué saber cómo se pronuncia Borges y más en un país donde una inmensa mayoría de no-lectores tampoco habían leído jamás a Borges, pero soltar que a uno apenas le alcanza la lana para frijolitos habiendo sido Presidente de una República con cuarenta millones de pobres es traicionar o por lo menos tomar muy a la ligera la propia vergüenza. Con la misma desfachatez con la que Fox declara que las cacareadas reformas del presente —que lo han convertido o motivado para declararse peñista— tenían que haber entrado en vigor desde hace 18 años bajo su mandato, y que eso no sucedió porque fueron bloqueadas (revelando así que, en realidad, el poder está acotado, afortunadamente limitado y ya no dependiente de una sola voluntad), habla de que él y su señora (que se dan el primer beso del día apenas amanece) llegan a tener problemas para pagar la nómina de su Centro Fox… y luego, revelar los esquemas de financiamiento con los que cobran la venta de las supuestas ideas que transpira el mal llamado think tank. Minutos después, hablar del antojo pueril y quizá dinámico de rolar en un triciclo —perdón, motocicleta— o cabalgar hacia el atardecer sobre hectáreas bardeadas en propiedad privada sin miedo alguno, o posibilidad de ver a lo lejos a una familia que se arremolina ante un caldero de agua hirviendo con comida de pobres.

¿En dónde están los posibles resultados de las cacareadas reformas que han de transformar el paisaje de nuestros nietos? ¿En dónde se verifican las esperanzadoras cifras de los estadísticos económicos y las utopías globalizadoras de quienes urgen “más administración y menos política” y, en suma, en dónde está Fox? Ya sin partido político, aunque con filiación declarada; ya sin la banda, pero con un rancho a toda madre; ya sin discursos obligatorios, pero con conferencias que se pagan en dinero contante y sonante. Está claro: este señor, y muchos que hablan y piensan como él, están en el limbo.

j.f.h.l.1962@gmail.com