Agua de azar

Fluye azar

Al Abuelo le prometí que si algún día se me concedía tener una columna periodística donde pudiera hilar coincidencias y serendipias, fijaría su ánimo y periodicidad honrándolo con el título que él convertía en juego de palabras cantadas.

La justificación de esta columna reposa sobre su título, que intenta anunciar una corriente constante de azar, coincidencia, serendipia o chiripada. Desde la primera entrega —hace 14 años— he intentado transcribir un raro ánimo subyacente que se aparece casi todos los días (desde la infancia), donde algún nombre que alguien pronuncia en voz alta aparece inesperadamente en el párrafo que leo en ese preciso instante o en inexplicables sucesiones de números que resultan coincidir con una deuda pendiente y con la dirección de la casa de un amigo que me cita precisamente para pagarme otra deuda que yo olvidaba y que equivale exactamente con la que toca liquidar mañana mismo. Agua de azar como metáfora de una rara geometría inofensiva que no deja de helar de vez en cuando la sangre o, por lo menos, enchinar la piel con su inexplicable sincronicidad.

Desde luego, cada semana no falta el atento lector que me aclara —a veces con indignación— que azar escrito con hache, como agua de azahar, es en todo caso zumo o perfume de la flor del naranjo, que bien refresca como agua de colonia y que puede utilizarse en el arte de la repostería para que no se caigan los pasteles al hornearse, y, de vez en cuando, alguien pregunta de dónde llegó el título para esta columna, y no pocos se sorprenden al saber que me lo sugirió un indigente, un viejo entrañable que deambulaba por la colonia Del Valle preguntando de casa en casa por “alguna novela que le sobre”. Cuando lo conocí pensé que era broma orquestada por unos amigos poetas, pero resultó verídico: el Abuelo pedía novelas, pues tenía garantizada por lo menos una comida al día gracias a una familia samaritana que lo auxiliaba; garantizado también su hospedaje en un lote baldío (donde acampaba al calor de una fogata alimentada por las novelas que no le gustaban) y una dosis generosa de bebidas alcohólicas que se compraba con dinero donado en algunas casas donde solo daban limosna y nunca novelas.

Escribí sobre el Abuelo en otro periódico donde colaboraba entonces (mucho antes de que se fundara MILENIO), y muchos lectores reían con la verificable circunstancia de que el Abuelo no aceptaba ni poemarios ni libros de cuentos, mucho menos crónicas y se declaraba abiertamente “enfermo de novelas”, como un increíble Quijote de finales del siglo pasado que se ha esfumado en la noche de los tiempos: el terreno donde dormía con algún perro de compañía es ahora un edificio de 14 pisos y casi nadie lo recuerda en el barrio, pero a mí jamás se me olvidará que en una de sus visitas —que fueron tantas y puntuales (cada jueves como el día en que aparece esta columna desde hace ya casi tres lustros)— que mis hijos llegaron a saludarlo de beso y a preguntarse si realmente era su abuelo. Decía que en una de sus visitas, en lo que expurgaba los libreros de novelas para regalarle, el hombre cantó en voz baja y en perfecto italiano varios pasajes de un disco de operas de Mozart, donde se reproducían momentos memorables de Don Giovanni, Cosífan tutte y de remate, en no tan mal pronunciado alemán, el Abuelo cantó entonado unas estrofas de La flauta mágica.

Le aplaudí de pie e hice el enésimo intento por sacarle información: que me confiara su verdadero nombre y que confesara qué o quién había sido él en su vida antes de convertirse en dipsómano y perderse en un llano de la colonia Del Valle… pero el Abuelo solo decía que todo eso era “Agua de azar” y le prometí que si algún día se me concedía tener una columna periodística donde pudiera hilar coincidencias y serendipias, fijaría su ánimo y periodicidad honrándolo con el título que él convertía en juego de palabras cantadas. Así pasen los años, intento evocar cada jueves al raro personaje que mendigaba lecturas y navegaba el enrevesado destino de su biografía con la fe inquebrantable en esa suerte de “álgebra del misterio”, según lo definió Fernando Pessoa.

Dicho lo anterior, pienso cada jueves con la insistente confirmación del título que justifica estas líneas y cada semana vuelvo a creer en la magia, a menudo inútil, de tararear una melodía cuando pasa un automóvil con esa misma canción retumbando a todo volumen en sus bocinas, o la tétrica sincronía de pensar en alguien en el instante en que —según me entero a toro pasado—exhalaba su último aliento de vida o las veces en que sueño rostros de desconocidos que luego se encarnan en el conductor de un tren o en el anónimo entrevistado que aparece en la portada de un diario que leo con el primer café. Es un territorio más afín a los viejos guiones televisivos y en blanco y negro de la serie The Twilight Zone (aquí llamada La dimensión desconocida) que a cualesquiera de las místicas explicaciones religiosas o fanáticas enredaderas esotéricas con las que han intentado diagnosticarme a lo largo de los años.

Busco hilar simetrías, insinuar sincronías o señalar coincidencias, sobre todo con escritores y lectores, con libros más allá de novelas y con todo cuento que se enrede como en espejos. Que la voz que sueño llame en ese preciso instante para hablarme por teléfono o que abro los diccionarios exactamente en la página donde viene la definición de la palabra que me intriga es un sortilegio que quizá se parece a la palindromía instantánea o a la tormentosa memoria de un Funes, pero me alegra así, sin más, descubrir hoy que La narración de Arthur Gordon Pym (que en su título en inglés añade fromNantucket) publicada en 1838 por Edgar Allan Poe, cuenta el naufragio de un barco donde cuatro sobrevivientes, ya sin agua y comida, echan suertes para saber quién será el canibalizado que se merendarán los tres restantes. En la novela se comen al joven grumete, pinche de cocina, llamado Richard Parker. En 1884, medio siglo después de la publicación de la novela de Poe, naufragó un barco en las costas de Nantucket y sobrevivieron cuatro marineros en un bote salvavidas, donde al paso de los días se quedan sin agua potable y sin comida. Tal como en la novela, deciden jugarse al azar cuál de los cuatro se convertirá en comida para salvar a los tres restantes, y el mártir sacrificado resultó ser el más joven de ellos, a la sazón grumete y pinche de cocina… cuyo nombre verídico y verificable fue en vida real: Richard Parker.

jfhdz@yahoo.com