Agua de azar

Epicteto en media cancha

Ganen el primer partido, hágannos olvidar la oprobiosa manera con la que calificaron para el torneo y el vergonzoso, corrupto e intocable fango en el que se hunden la Federación Mexicana de Futbol y la mentada FIFA.

Afuera, millones de ciudadanos brasileños se rebelan contra el poder omnímodo de la FIFA, la inmensa ballena que lleva en su panza a más países afiliados que los que podría contar la ONU, la empresa poliedro que vende cada cuatro años la ilusión de un despegue económico y una fiesta internacional que dura poco más de un mes, desparramando ganancias para todas las empresas que se anuncien en ella, todas las cervezas que se beban con ella y casi todas las fritangas y papas fritas que se consuman a sus sombra.

De pronto, en la media cancha del estadio aún vacío, aparece Epicteto. Parece nombre de jugador brasileño, pelo rizado, torso imperial, piernas en mármol… Va descalzo sobre el césped recién podado para otra inauguración. En realidad, Epicteto nació esclavo hace más de veinte siglos en el extremo oriental de lo que fue el Imperio Romano. Habrá quien reconozca sus facciones en algún defensa italiano o en la mandíbula de un croata concentrado en la ceremonia de los himnos. Quizá se filtre el brillo de su mirada en los vidriosos ojos de un delantero de Camerún que llore un autogol o en la ilusión encendida de millones de niños, al margen de toda la politiquería que rodea a los juegos, ilusionados con esa magia efímera, instantánea y eléctrica que llamamos ¡Gol!, a voz en cuello y entre signos de admiración.

Epicteto estableció la escuela de la filosofía estoica proponiendo 33 ingeniosas, sesudas y útiles máximas o axiomas. Treinta y tres (que son las que lograron sobrevivir la amnesia de los tiempos) recomendaciones prácticas entre las que podría citar de memoria: “Conoce todo aquello que puedas controlar y lo que no”, “Distingue las apariencias”, “Armoniza tus acciones con la vida misma”, “Nunca reprimas un impulso generoso”, “Blinda tu razón”, “Cuida bien con quién convives… y conversas” y casi podría hilar las 33 sentencias, si no tuviese que resumirlas con decir aquí que en todas sus recomendaciones Epicteto intenta recordarnos que no hay un solo ser humano que pueda controlar eso que llamamos vida, pero sí las respuestas y reacciones que tenemos ante ella.

Nacido en Hierápolis (que también suena a ciudad brasileña), Epicteto fue esclavo en casa de Epaphroditus, quien lo envió por su inteligencia práctica y su serenidad constante, como alumno de Gayo Musonio Rufus en Roma, donde el esclavo se convirtió en maestro hasta el año 94, en que Domiciano expulsó a los filósofos por su notable influencia en las ideas. Epicteto se refugió en Nicópolis, al noreste de Grecia, y dedicó su vida a las Meditaciones, donde se pregunta y nos hace preguntarnos a diario, cada partido y cada cuatro años de Mundiales personales, ¿cómo puedo llegar a vivir una vida plena y feliz? Y además ¿cómo puedo ser una buena persona?

Al morir en el año 135, Epicteto a media cancha, descalzo y estoico deja para hoy y ya para siempre, no una lista de tintorería de pasos a seguir para ser felices en este mundo, ni unos párrafos a la Paulo Coelho con bossa nova en chill out de fondo: simplemente toma el balón y hace malabares con el pecho y cabeza, toca y toca la esfera del mundo, sin dejar que la pelota toque la cancha y concentra toda su sabiduría en convencernos de que una vida plena no es más que sinónimo de llevar una vida virtuosa. Es decir, dominar los deseos de claudicar, reprimir las dudas o arrepentimientos que suelen bañarse con la baba de la nostalgia y concentrarse en hacer lo que tenemos que hacer, hacer lo que queremos hacer e incluso lo que a menudo no queremos hacer, pero sobre todo pensar, pensar y pensar cada 45 minutos con tiempos extra por si hay empates en quiénes somos, quiénes ya no somos, quién podemos llegar a ser y cuáles son las relaciones que establecemos de veras con los demás.

Epicteto, hace 20 siglos, hoy mismo a mitad de la cancha del Maracaná bien podría murmurar sin megáfonos hacia su propio corazón o a la nube en el cielo que cada quien elija como guía: “Concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las que sí puedo y la sabiduría para reconocer y distinguir la diferencia”. Dicho lo cual, en este México en que millones de ilusiones se concentran en opinar, afirmar, negar, discutir, asegurar, pronosticar o descartar el posible milagro de que la selección nacional de futbol llegue a jugar por segunda vez en la historia un quinto partido en el Mundial de Brasil 2014, entro por la banda izquierda, balón bombeado, centro perfecto y remato con el siguiente cabezazo: el quinto partido es en realidad el primero y cada partido. Ganen el primero, hágannos olvidar la oprobiosa manera con la que calificaron para el torneo y el vergonzoso, corrupto e intocable fango en el que se hunden la Federación Mexicana de Futbol y la mentada FIFA, que canaliza sus cuantiosos patrocinios.

jorgefe62@gmail.com