Agua de azar

Encuerados

Confieso que el recurso me ha servido para sobrellevar noticieros y soportar horas enteras de soporíferas ceremonias cívicas y académicas con el íntimo y silencioso placer de evadir el entuerto.

Para el miedo escénico o el simple nerviosismo que exige hablar ante cualquier tipo de público se recomienda imaginar desnudos a los asistentes. Sea una ceremonia familiar, baile de quince años, comida de fin de año o la ponencia semestral en el Congreso de Taxidermistas, a alguien se le ocurrió que el orador espontáneo puede superar el trance con tan solo imaginar al público sin ropa alguna. Todos encuerados pierden su posible amenaza de rechifla o escarnio: la señora de la primera fila que promete mirarnos atenta se convierte en una apacible marmota de 140 kilos, y su discreto acompañante un flaquillo inofensivo que parece necesitar un urgente baño de sol.

Desconozco quién es el autor de esa recurrente sugerencia, que trasciende épocas y fronteras. He visto que se menciona en teleseries estadunidenses y en películas francesas, mas no se sabe que esté consignado en algún ensayo de Freud ni que alguien haya advertido que con solo imaginar al público encuerado se corre el riesgo de empezar el discurso entre carcajadas. Se le pierde el miedo a la hablada en público, pero se abre la posibilidad de que la risa se vuelva incontrolable y, de no ser contagiosa, caer en el ridículo de una mayor incomprensión. En ese caso, el auditorio podría pensar que el orador solo vino a burlarse de todos o que los anfitriones tienen la obligación de informar el motivo exacto de la risa.

Confieso que el recurso me ha servido para sobrellevar noticieros y soportar horas enteras de soporíferas ceremonias cívicas y académicas con el íntimo y silencioso placer de evadir el entuerto con tan solo imaginar que el diputado Fulano de Tal lleva veinte minutos enredándose con una necia explicación sobre garantías constitucionales como Pedro Picapiedra: encuerado pero con corbata. O que el catedrático Polinesio González, de la Universidad del Archipiélago, farda quién sabe qué teoría sobre los cuentos de Borges en perfecta horrenda desnudez. De las veces en que me divierte ver en la tele encuerados imaginarios, lamento que la realidad parece haberse acoplado ya al placebo y poco a poco se multiplican los noticieros globalizados donde las chicas que informan sobre el clima ya salen prácticamente encueradas… dejando ya casi nada a la imaginación.

De eso se trata. Precisamente, de imaginación, y con estas líneas pretendo hacer público un consejo recurrente en talleres de escritura creativa. Allí donde se empieza a complicar el nudo de un cuento, quizá convenga encuerar literalmente a los personajes involucrados, y la escena se dirige entonces a una feliz resolución o allí donde la novela parece haberse estancado cuando ya toda la trama iba de maravillas: encuerar al protagonista al filo de que lo sorprenda su pareja en el segundo párrafo del capítulo XXVII, para así allanarles el camino hacia su inevitable final en tinta. Habrá entonces quien infiera que el propio Cervantes deja encuerado y a la luz de la Luna a su Don Quijote para que El Caballero de la Triste Figura pueda evocar sin ambages las tribulaciones y pendencias de su vera adoración por Dulcinea. Y no falta el lector que se pregunte si esos discretos silencios que intercala Flaubert en variados párrafos de Madame Bovary son precisamente para que el lector se la imagine encuerada, sin que la prosa necesariamente hable detallada y explícitamente sobre cada poro y pliegue de su destapada belleza. La ardiente pasión al desnudo no siempre tiene que especificarse con ilustraciones o fotografías, pues muy lejos del filo de toda pornografía, la imaginación de la lectura misma pinta la escena.

Íntimo e imaginario el instante en el que el jefe de Estado se imagina totalmente encuerado al Congreso de la Unión, efímero alivio del momento en que el joven graduado imagina desnudos a la plantilla entera de sus profesores para cumplir con el discurso de la entrega de su diploma. Qué frágil se ve desnuda la estupidez ajena y qué grotesco es en realidad cualquier poder al desnudo. Así que por hoy, celebro la callada ocurrencia cuando el autor desviste completamente a los personajes del relato para así volverlos más palpables y verosímiles, pero también sutil versión de la venganza con la que por hoy me río a carcajada batiente con solo imaginar encuerados en estas líneas a todos aquellos que creen tener siempre la razón, los mentirosos que creen siempre salir impunes, todos los que abusan de próximos y prójimos con la estulticia de su ensoberbecida autoridad fingida.

jorgefe62@gmail.com