Agua de azar

Cuarenta y tres

Hubo tiempos en que los conflictos de guerra devolvían a los derrotados los cadáveres de sus caídos, y que del pincel de un genio surgiera una irrefrenable labor de testimonio por encima de las mal llamadas “verdades históricas”.

En el cementerio de la Florida, en Madrid, están sepultados los restos de 43 patriotas españoles, fusilados durante la madrugada del 3 de mayo de 1808 por las tropas francesas en la montaña de Príncipe Pío. La escena quedó congelada en el tiempo por Francisco de Goya y Lucientes, de los grandes pintores de todo tiempo que captó, en alta definición y sin bocinas, lo que ahora llaman tiempo real. El cuadro cuelga en el Museo del Prado al lado de otra pintura del Sordo Goya, en la que refleja el asalto de las masas, Madrid cuchillo en mano, a los caballos aparentemente invencibles de los mamelucos franceses en su asalto a la Puerta del Sol.

Hubo tiempos en que los conflictos de guerra devolvían a los derrotados los cadáveres de sus caídos, y que del pincel de un genio surgiera una irrefrenable labor de testimonio por encima de las mal llamadas "verdades históricas" o mentiras oficiales que se enredan en un marasmo siempre asociado al silencio, como si dejar pasar el tiempo concediera la cómoda pátina de su impunidad. Por los horarios enrevesados, el dolor de la distancia y las meras ganas de preguntar vuelve el eco de los 43, cuyos cuerpos no se devuelven a sus deudos. Ante tanto funcionario engreído que malamente ha querido maquillar el pretérito inmediato, a cualquier cuevanense se le enredan las palabras entre muchos oídos sordos, sin príncipe pío a la vista, tan cerca de la Autopista del Sol, y se siguen sumando meses de excusas y pretextos mamelucos en clara postergación para que la desidia colectiva lo selle todo con la lápida del hartazgo y la caducidad del mismo.

Los 43 fusilados de la Moncloa no fueron todos los mártires de aquella noche que habría de prolongarse incluso con consecuencias trascendentales para un país que aún se llamaba Nueva España. Entre las verdades que provocaron el primer grito al parirse México se escuchó un ¡Viva! para Fernando VII, el monarca depuesto por los franceses en una de las coyunturas que alentaron el optimismo independentista de más de un cura cuevanense y, por supuesto, los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa no son las únicas víctimas en el sangriento palmarés de los pasados años en un México enredado en tanta mentira y difuminación, pero se suman a los gritos que echamos todos los días con cada vez menos ¡Vivas!

Cuarenta y tres es la mínima suma de exigencias y explicaciones que merece la inmensa mayoría de mexicanos que engrandecen al país por encima de la descarada necedad de muchos de sus gobernantes, pero principalmente la insalvable incapacidad de Enrique Peña Nieto: parecía experto en teleprompting y corbatones de ancho nudo, y resultó decepcionante simulación de variadas distracciones baladíes. Hoy poco importan los tres libros de su dudosa lectura ante su incapacidad para enfrentar —incluso con artimañas telenoveleras— la violencia incontenible a lo largo y ancho del territorio, el asedio continuo y matanza consuetudinaria de periodistas que ejercen la, por ende, peligrosísima tarea de informar, y sí, la solución de una vez por todas de las muertes de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en la alargada noche de Iguala.

Agreguemos la vergüenza ante el descaro de la Casa Blanca y ese tufillo de auténtico desprecio por el pueblo y la equivocada idea de México que tienen en Los Pinos y en sus cuentas que inevitablemente se cuela en sus enredos discursivos o en su desapego catatónico. Está claro que el número ya quedó tatuado para siempre: 43+1. Uno, usted mismo y uno que no se queda callado, o uno que viva para revelar las mentiras o uno que sobreviva para pintar o escribirlo.

El Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes cerró su informe entre niebla de controversias que en nada favorece a lo que inicialmente habíamos visto como la serena vía para juntar los pedazos del rompecabezas, entrevistar a los protagonistas clave, hilar los relatos diversos y pintar en palabras el mural de la infamia irracional de la madrugada del 27 de septiembre de 2014... algo similar a lo que hizo de madrugada de un 3 de mayo como hoy un pintor sordo que prestó oídos a la noche, recogió gritos al óleo y congeló en el tiempo el instante exacto en el que mataban a balazo y bayoneta a 43 almas ya en pena que no caben en la tela. Contra la amnesia, las miles de voces con las que pintamos el milagro de todos los días allende la estulticia de los malos gobiernos y contra el anonimato, los 43 nombres de los enterrados en San Antonio de la Florida y en algún lugar de la selva de Guerrero. Más Uno.

jorgefe62@gmail.com